A opinión. El regreso de Quetzalcóatl
Si algo distingue al común de los mexicanos es nuestra propensión a creer en los presagios, por ejemplo, el regreso de Quetzalcóatl. Quetzalcóatl es invitado por Tezcatlipoca quien lo emborracha con pulque. Después de eso, Quetzalcóatl fornica con su hermana y avergonzado se acerca a Tezcatlipoca que le muestra un espejo donde Quetzalcóatl ve realmente quien es y se horroriza, se va y promete regresar en un año propicio para él. El mundo azteca esperó durante mucho tiempo ese presagio, el regreso del buen hombre, de Quetzalcóatl, del mesías. En El Espejo Enterrado, Carlos Fuentes lo cuenta así:
Llegó en el tiempo previsto: Ce Ácatl, el año Uno Caña, precedido por un año de portentos en el mundo azteca. Las aguas del lago sobre el cual estaba construida la ciudad de Tenochtitlan se agitaron formando inmensas olas, derrumbando casas y torres. Los cometas recorrieron durante largas horas los cielos. Los espejos reflejaron un cielo lleno de estrellas en pleno mediodía. Extrañas mujeres deambularon por las calles a la medianoche, lamentando la muerte de sus hijos y la pérdida del mundo. Aun los aliados más cercanos del emperador azteca, Moctezuma, después de observar el firmamento noche tras noche, admitieron que las profecías estaban a punto de cumplirse; que el mar, la montaña y el aire mismo temblaban con premoniciones. Quetzalcóatl iba a regresar.
La profecía del dios rubio y barbado iba a convertirse en realidad, Tan seguro estaba de ello el rey de Texcoco, que abandonó su reino, despidió a sus ejércitos y le recomendó a sus súbditos disfrutar del poco tiempo que les quedaba. Y el emperador Moctezuma, quien rara vez repetía el uso de su ropa y era atendido por una multitud de doncellas, inició una larga penitencia, barriendo su propio palacio con un una escoba y vestido sólo con taparrabos, mientras los augurios del desastre se acumulaban sobre la ciudad aterrada. ¿Estaba acaso terminando el tiempo del Quinto Sol?
Y el hombre barbado llegó, pero no era el mesías, era Hernán Cortés, y eso tomó desprevenido y sin atención alguna a Moctezuma. Justo como nos dejó a la oposición la llegada de Andrés Manuel López Obrador, tanto hemos esperado el cambio que hemos decidido estar con un taparrabos, barriendo nuestro propio palacio, buscando cuáles son los errores que comete el Presidente o el líder de la Cuarta Transformación, sin argumentos, acusándolo de mentiroso, pero sin ninguna propuesta. Esta leyenda, este mito, esta herencia del mundo azteca que sufrimos hoy los mexicanos, nos tiene cegados y mudos, señal de que López Obrador no es un mesías, es un hombre, es un político, que, sí, puede cambiar a México, pero no necesariamente para bien.
Comentarios