Acto de comunión
Invariablemente, cuando alguien me dice que debo escuchar a
Calle 13, lo primero que me aparece en la mente es la imagen del cantante (del
que no sé el nombre y no me importa) posando feroz para las cámaras, un joven
en camiseta que luce sus tatuajes y sabe cuál es el ángulo preciso en que debe
salir fotografiado para que se aprecie su detallado corte de pelo, un indignado
en toda la extensión de la palabra.
No, me dicen, no lo veas, escúchalo. Insisten, porque saben
que pertenezco a una generación que logró ver videos musicales a través de MTV
(así de viejo estoy) y que siempre me quejo de que la propuesta musical tenga
que estar acompañada de la parafernalia visual (mucho ruido y pocas nueces).
Así que cedo a la presión y escucho a Calle 13, en verdad lo
intento, incluso lo he hecho buscando la complicidad de quien sí lo disfruta y
se enternece con la letra de Latinoamérica, pero no llego muy lejos, me gana la
risa cuando para generar pertenencia el joven dice que es un “una canasta de
frijoles”, hasta ahí llego, a pesar del estremecimiento al escuchar que ser
latinoamericano es ser “una fábrica de humo, mano de obra campesina para tu
consumo, frente de frio en el medio del verano, el amor en los tiempos del
cólera, mi hermano”.
Me aguanto la risa provocada por la pena ajena, tampoco se
trata de insultar a quienes no encuentran la similitud de la rima facilona
entre Calle 13 y Arjona, o no logran relacionar una sintaxis atropellada por el
lugar común en pos de la consigna que despierte la conciencia revolucionaria.
Me rindo pues y me quedo atrás, muy atrás de quienes me invitan a descubrir a
este ícono de la rebeldía, imagen refulgente del pensamiento radical. Me rindo
porque todavía me revuelve el estómago escuchar que alguien vea en una sonrisa
“una guerrilla, una aventura, un movimiento. Tu lenguaje, tu acento. Yo quiero
descubrir lo que ya estaba descubierto. Ser un emigrante, ése es mi deporte”.
Quienes me insisten con Calle 13 me explican que lo que no estoy
entendiendo es que detrás de “eso” está una elaborada burla, me guiñan el ojo y
apuntan: una broma intelectual, eso que estás escuchando, no es reggaetón, es
algo más elaborado, usa guitarra eléctrica, acordeón, saxofón… Le doy vueltas y
no, no encuentro dónde está la broma, ¿en qué René es un niñato clasemediero
que finge ser radical?, tampoco le encuentro el chiste, la calle está poblada
de jóvenes con la camisa del Che Guevara maquillado como Cepillín, ¿dónde
reside el valor que se me escapa?, qué, que soy incapaz de corear febril cuando
suena “Lo mío es soltar la lengua y que resbale por la pista/ Yo tengo del
respeto que no se compra con plata/ Soy un tipo decente sin tener que usar
corbata/ Rimando con franqueza soy todo un académico/ Soy más polémico que
Michael Jackson y su médico/ Siempre digo lo que pienso”
Culpo a mi infancia y mi formación católica, no hay más. Dos
cosas aprendí en esa época: la solemnidad de la comunión y que no se habla con
la boca llena. Y como creo que escuchar música es un acto de comunión, me niego
a repetir en voz alta la exhibición poco imaginativa de otro quien proclama que
su mayor valor es decir siempre lo que dice y demanda mi atención porque es
quien me recuerda que estamos jodidos.
Quizá, sólo quizá, es la edad, que me pasaron de noche las
tertulias en que con camisa de bordado indígena, morral al hombro y huaraches,
era obligatorio compartir la pena con Silvio Rodríguez porque había perdido su
unicornio, o buscarse una novia que se llamara Yolanda para susurrarle miles de
veces su nombre, por decir lo menos, porque también me pasaron por alto la
indignación sin memoria de quien anhelaba pisar nuevamente las calles de
Santiago de Chile, ya sin sangre, ante esas invitaciones siempre preguntaba si
sabían qué estaban cantando y la respuesta, también era invariablemente la
misma: no, para después acusarme de no tener conciencia revolucionaria.
Entonces, sí, es la edad y que considero que escuchar música
es un acto de comunión, al que se acude para generar un espacio de intimidad
entre quien canta y quien escucha, un lazo que se genera entre dos y sólo para
ellos. En silencio, para que en ese espacio, se genere lo que no está, como una
ofrenda. Le creo pues a Leonard Cohen, cuando pide ese espacio en uno de los poemas
más entrañables e iluminadores de La
energía de los esclavos:
Hago esta canción para ti,
Señor del Mundo,
que lo tienes todo,
menos esta canción.