■ Entrevista con Alberto Barrera Tyszka,
narrador y guionista venezolano
■ Su novela Rating, una reflexión sobre la telenovela como género en América
Latina
Javier Moro Hernández.
Alberto Barrera Tyszka es de
Venezuela, y escribió junto a la periodista Cristina Marcano la primera
biografía documentada del presidente de aquel país, Hugo Chávez. Pero además es
narrador y poeta, ganador en el año 2006 del Premio Herralde de Novela con su
novela La enfermedad, libro en donde retrata de manera fehaciente una de sus
obsesiones: el paso del tiempo sobre el cuerpo humano.
Ahora
nos presenta su nueva novela, Rating,
en donde nos habla de otra de sus obsesiones y pasiones, las telenovelas,
género al que Barrera le ha dedicado veinte años como escritor de guiones.
JMH: Sé que trabajas escribiendo
telenovelas y quería preguntarte: ¿cómo fue el génesis de Rating?
AB: Fíjate que no lo tengo claro,
eso me hace pensar que quizás desde el principio, desde el primer momento que
yo entré en la televisión, empecé a sentir que ahí había un mundo que contar,
que relatar, que ahí había material literario. Yo ubico que a mí me empezaron a
interesar mucho algunas partes de cierta tradición literaria que se basa en
este tipo de experiencia. Por ejemplo recuerdo los cuentos de Scott Fitzgerald
en donde habla de su experiencia, de su paso por Hollywood, las cartas de
Raymond Chandler, todo eso me fascinaba y que hay había una poco esa visión de
los escritores en las grandes industrias. Entonces yo creo que poco a poco ahí
fue madurando esta idea que finalmente fue una novela y cuando pensé en qué
historia quería contar, me salió natural pensar en esto, pero también creo que
en Rating hay toda una reflexión sobre la telenovela como género en América
Latina. También creo que era algo que yo tenía ahí y que quería analizar.
JMH: La tele, como materia de una
novela, es poco estudiada en América Latina, por lo menos, en donde tenemos un
género como la telenovela, que es el género dominante, en la educación
sentimental de muchas personas.
AB: Yo creo que también forma
parte del desdén que en los círculos intelectuales y creativos de América
Latina ha habido siempre por la industria de masa. Por lo menos en el siglo XX,
o en gran parte de él. Pero es un desprecio a todo nivel: por el cómic, por la
historieta, la radio, que por ejemplo siempre fue muy importante, muy
interesante. La recuperación de esos géneros populares ha sido muy lenta.
Empezó con la música, el bolero, el tango, pero con la televisión siempre ha
existido como un prurito. Que yo recuerde es poco lo que se ha hecho en el
mundo literario sobre los medios masivos: Vargas Llosa en La Tía Julia y el
escribidor, en el personaje de Camacho que era un escritor de radionovela; pero
sí, es verdad que no hay un punto donde interesa para narrar historias,
posiblemente sí para satanizarlo en algunos puntos, incluso desde el ensayo; en
los setenta hubo una gran crítica a los medios en general.
JMH: Uno de tus personajes,
Manuel Izquierdo, el guionista, hace una reflexión sobre los personajes que lo
van marcando a él como escritor de telenovela pero que además son los grandes
gurús de la telenovela. Y eso me hace pensar en esa larga tradición que tiene
en América Latina el género, que viene desde la radionovela, que Monsiváis
diría que en realidad viene de más atrás, desde las novelas del siglo XIX.
AB: Pero ojo, que estás nombrando
a uno de los autores que entendió que había un punto importante en la
conformación de la identidad latinoamericana, incluso Monsiváis decía que la
cursilería era una de las señas de identidad, de unidad, con respecto a esa
sensibilidad. Y yo sí creo que de repente al continente le hace falta
reconciliarse con eso, para saber que hay algo nuestro en esa versión
melodramática de la vida, nos guste o no, pero ahí está presente. Y sí hay una
larguísima tradición industrial con respecto a la radionovela y a la telenovela.
JMH: Me llama la atención la
construcción que haces de los dos personajes centrales, de Pablo Manzanares y
de Manuel Izquierdo, que son antítesis, pero al mismo tiempo terminan
conformando una sola voz al final de la novela.
AB: Incluso pueden verse, siendo
tan distintos y opuestos, por lo menos en su relación con la literatura, con lo
literario, también como complementarios. Yo quería construir este juego de dos
voces, dos figuras que se cruzan, se afectan de alguna manera, que uno le pasa
al otro algo de lo que tiene, pero que también pueda darse esa lectura que tú
acabas de hacer, en donde al final es cierto, textualmente terminan siendo una
sola vez, pero además podían verse como uno con la voz del cincuentón, con
cierta nostalgia con la que mira algo que podría ser su propia juventud, con
las diferencias del caso y en todo caso, el joven que está viendo de frente a
su futuro, y sí conforman una sola voz, disímil, irregular, pero que puede ser
una única experiencia, que es la de la creatividad dentro de la gran industria
del entretenimiento.
JMH: En ese sentido, ¿cuánto de
Alberto Barrera hay en Izquierdo?
AB: Pues yo creo que en los dos.
Creo que como en toda novela hay mucho de tono personal, no necesariamente autobiografía,
pero hay mucho de mi experiencia y de mi vida en ambos personajes, de alguna
manera se van filtrando de mí y de otros compañeros y amigos míos que han
trabajado en la industria y así como hay partes que son inventadas y
ficcionalizadas, que surge de cosas que nunca vi, pero que oí, me contaron o
que simplemente soñé, inventé. Pero sí obviamente en Izquierdo hay una
construcción literaria que no me pertenece, en donde yo no tengo que ver, en la
medida de que es alguien que tiene un gran desdén por la literatura, que es
alguien que nunca ha escrito. En los dos personajes hay una parte que es
construcción literaria pura, para que me funcione como ficción, para que
cumplan estos arquetipos literarios, que llevan adelante la narración.
JMH: La oportunidad que tienes de
ver la industria desde adentro te permite ser muy irónico sobre ella. Hay
frases lapidarias en contra de la construcción de las telenovelas, pero al
mismo tiempo al lector le permiten entender y conocer a la industria y a la
telenovela como género predominante.
AB: Ahí hay una especie de
elaboración, de lo que es mi reflexión sobre la experiencia de la telenovela,
una mirada dura sobre la industria, en la que además yo reconozco unos
hallazgos, unas tentaciones, unas cosas interesantes, a la que yo le agradezco
como escritor, poder haber vivido veinte años de escribir en ella. Sigo
trabajando en ella, ahí yo conseguí un nicho, porque yo no tengo una
satanización de la telenovela, aunque tampoco la sacralizo, y creo que como
todo escritor se podrían hacer novelas así sobre el periodismo, sobre la bolsa
de valores, sobre la industria farmacéutica, sobre la Iglesia, claro yo apelo a
mi experiencia que me permite tener una visión desde adentro profunda del
género.
JMH: Por otro lado, la forma en
la que esta misma visión desde adentro, te permite acceder a otros géneros, por
ejemplo la idea del reality show, que
también está tocado en la novela. También me permite pensar que la misma
televisión está perdiendo cierta identidad.
AB: No sé si crítica, pero por lo
menos hay un relato que constata eso. Te lo digo porque no sé si tengo una idea
clara sobre eso. Creo que la televisión se está moviendo, en estos momentos se
está moviendo más que nunca porque los cambios tecnológicos le dan una impronta
totalmente nueva y que nosotros no sabemos hacia dónde va. Yo he dicho que
estamos en un momento en donde el poder está pasando del medio al usuario a una
gran velocidad y es una cosa que de alguna manera destroza una cantidad de
paradigmas. Ahorita que hablábamos de la izquierda de los setenta que criticaba
a los medios y a la televisión, cómo enfrenta ahora al Internet, cómo enfrenta
a la multiplicidad de las pantallas. Todo eso estaba basado en la idea de que
los poderosos eran unos medios, una sola y única pantalla controlada por un
grupo económico, poderosísimo y sus intereses. Pero ahora resulta que los
usuarios deciden cuándo ven, qué ven y termina por darse el caso de que ese
grupo no decide ni el horario, ese grupo no sabe en dónde está el mercado. Todo
eso va a terminar por configurar una nueva televisión y lo está haciendo, pues
ahora mismo hay unos cambios de formatos. Un poco eso va a pasar.
Hay una cosa que a mí me interesa
y que es el reality llega a la
televisión a venderse como el máximum de la vida misma en la pantalla. Es decir
aquí no hay posibilidad porque no hay ni siquiera actores, entonces al no haber
no hay ficcionalización esto es lo más auténtico, sin embargo, si uno se pone a
escarbar empieza a ver que se reproducen, que hay un método y que sí hay un
guión, que aquello que es la autenticidad se parece demasiado a la ficción que
está en la telenovela. Entonces jugar un poco con eso es parte del juego de la
vida y del juego de estas sociedades mediatizadas ¿Qué es lo real y qué es la
ficción? Ya no es posible oponer realidad a ficción, ya no es posible oponer
verdad a mentira, en ese mismo paradigma, todo se complementa, toda forma parte
de múltiples versiones que vamos teniendo de la vida, de lo que ocurre.
JMH: Tú vas desgranando el
género, a través de la voz de Quevedo, de Izquierdo, del mismo aprendizaje de
Manzanares. De alguna manera estás regalando o compartiendo tus secretos de
escritor de telenovelas.
AB: No todos, pero sí muchos,
digamos. Por lo menos del ABC de una telenovela tradicional. Ahí se muestra el
decálogo. Es decir, Izquierdo relata el decálogo de cierto tipo de telenovela y
de cómo se hace, pero también de los procedimientos y el funcionamiento
interior de esas piezas, eso es verdad. Ahora qué es lo que pasa, el escritor
de telenovelas no es el que conoce esos secretos, el escritor de telenovela es
el que pasa ocho horas escribiéndolas. Conocer los secretos no te hace escritor
de telenovelas, como en todo ahí hay un problema industrial, la disciplina es
fundamental, la capacidad de resistir en el tiempo.
JMH: Quería preguntarte, ¿cómo
fue el proceso de escritura de la novela? Me dices que lo habías pensado
durante varios años.
AB: Pues no salió tan rápido, a
pesar de eso. Yo decanto mucho las historias, las voy rumiando mucho y entonces
fui como asentando el material y probando muchas veces estos dos personajes,
hasta tenerlos. ¿Quiénes eran y qué podían hacer? Incluso tenía pruebas sin las
voces, digamos, contando todo por un narrador omnipresente, omnisciente, que
narraba toda la historia, y poco a poco en la misma escritura me fue saliendo
un poco esto de armar las dos voces. La escritura es un proceso que te depura
muchísimo y que te clarifica de la mejor manera para encontrar intuiciones,
porque las hay, hay pálpitos que tú tienes y que al escribir encuentran forma.
Entonces ahí fue que yo descubrí, fui entendiendo estos personajes y que la
novela tenía que estar construida de esta manera. Posiblemente fue a la mitad
de lo que tenía escrito y eso me obligó a volver al principio, pero eso incluso
es algo que a mí me encanta, el proceso de rescribir. Entonces ahí fui
reordenando y trabajando. Lo más difícil en todo caso fue conseguir las voces,
encontrarlas y después ver cómo las iba a mezclar, cómo iba a lograr esa
velocidad, que fueran terminando con ese tono único. Un juego que fue muy
sabroso, de ver qué desafíos podía hacer yo conmigo como escritor y después con
el lector, sí el lector iba a poder seguir y de qué manera estas voces.
JMH: Porque, además, los
capítulos comienzan con la voz de Pablo y no hay una transición, un cambio que
te indique, pero de repente está hablando Izquierdo.
AB: Después la tercera persona, y
después en el capítulo seis empiezan a mezclarse y cada vez son más veloces y
hay menos indicaciones, pero con la confianza de que el lector ya haya
identificado las voces y no haga falta decirle y señalarle los cambios. Al
final mezclo un par de párrafos en los que ya no hay siquiera signos de
puntuación, y el lector tiene que decidir qué hace con eso, y yo a puesto a que
lo consiga, él decide quién es quién y era un poco lo que yo quería como
propuesta formal.
JMH: Por último, no se nota tanto
como en La enfermedad, pero hay una obsesión por el cuerpo, la degradación.
AB: Sí, yo al leerlo pensé, esto
es una obsesión de Alberto Barrera. Uno descubre leyendo sus propios misterios
y sus obsesiones. Yo empiezo a ver en mis cuentos, en La enfermedad, aquí
mismo, que el tiempo, la forma del cuerpo y su relación con el tiempo, el
problema de las formas y el lenguaje que también están presentes y como todas
esas cosas van gravitando alrededor de las obsesiones fundamentales de los
seres humanos que están presentes. Pero en mi caso sí hay un gran interés en
esos temas, en el proceso de descomposición del cuerpo, en la pérdida.
Publicado
en La Jornada Aguascalientes (25/03)