mayo 21, 2012

Vivir en el error


Perdón por intolerarlos
Vivir en el error

En primera persona. Uno de los riesgos que se asumen sin mucha atención al contar con el privilegio de redactar una columna es creer que la primera persona lo es todo. Lo que me pasa a mí, sólo por el hecho de ocurrirme, es de interés público, bastan algunas lecturas, un poco de corrección y empeño en forjar un estilo para que el lector se interese en lo escrito, para que busque mi opinión.
¿Por qué no dejarse ir en ese tobogán si es tan simple? Sería tan simple compartir con el otro, bastaría sentarse ante el procesador de palabras y comenzar a redactar, el hecho que fuera, sin importar el origen de la información, desde la mera reproducción de una noticia (tamizada por la opinión) hasta un acto íntimo del amor, cualquier cosa podría ser escrita a la sombra del pretexto de que al otro le interesa lo que digo.
Simplificando, esta columna podría vencerse a la tentación de escribir sobre Carlos Fuentes, al amparo de una cita de Cumpleaños (¿Quién podría arrebatarme el privilegio del asombro?) y bajo el título de “vehemencia” compartir con el lector la íntima tristeza reaccionaria que siente quien redacta ante las muestras de mezquindad de parte de varias generaciones de escritores que arrollados por la sorpresa del fallecimiento no han acertado más que a deslindarse o a la chanza simplona, es decir, declarar que no han leído y no leerán a Fuentes porque es un ejemplar del intelectual hegemónico producto de un régimen priísta o bien elaborar ingeniosas frases en 140 caracteres para indicar que lo único que pueden decir es que lo envidian porque murió rico, viejo y reconocido… ¿y la obra?, es lo que menos importa, el gran truco del opinador reside en no comprometerse con nada mientras se deslumbra con un fulgor de ingenio.
O bien, se puede uno vencer hacia otro de los extremos, el de la confesión que se aparta del trajín diario, de la horrorosa realidad que todo lo contamina para concentrarse en el acto íntimo y caer en la trampa de comprobar inútilmente que al lector lo que le interesa es el comadreo. Escribir, por ejemplo: “hice el amor con una mujer maravillosa y estoy agradecido”, para así atraer el morbo del lector dando algunas pistas que le permitan compartir la sensación de que también vivió la experiencia. Al utilizar así un espacio en los medios de comunicación se corre el riesgo de “sólo” hacer literatura y pasar por alto que en el espacio de un diario existe un lector que se acerca en busca de un diálogo que le permita obtener datos sobre la realidad en la que vive.
En mi caso, confieso, que he tropezado con ambos extremos de esa cuerda y que ante la falta de señalamientos de los lectores, cada vez con mayor frecuencia, olvido el propósito de estas líneas semanales, que es dejar constancia.
El acto de escribir –insisto en la primera persona– se compone en gran parte de un momento maravilloso (me disculpo por el pobre adjetivo) de la anagnórisis, la revelación a uno mismo de su identidad y, con ello, de sus propósitos, los cuales difícilmente coinciden con lo que se enuncia públicamente. Para explicar mejor al lector, a mí mismo, quizá valga la pena una cita de Ryszard Kapuscinski, abrigado también en que el columnista, por momentos, se parece mucho a un periodista, dice el autor de “Los cínicos no sirven para este oficio”:
“…mucha gente piensa que nosotros los periodistas podemos decidir sobre un conflicto pero eso es falso, nosotros no podemos cambiar nada, sin embargo, si podemos escribir sin odio, podemos usar las palabras para que sean útiles a la gente. El periodismo debe tener como misión la búsqueda de la paz y el entendimiento mutuo entre la gente. Es una misión que los cínicos no pueden cumplir”.
Escribir una columna entonces, debería tratarse, reitero, de dejar constancia, testimonio de lo que uno percibe para que no se pierda en el como “lágrimas en la lluvia”, con la idea clarísima de que nuestras palabras no cambiarán el mundo por sí mismas y, sin embargo, sí pueden incidir en el lector, de forma tal que las haga suyas, luche o se amiste con ellas y forme una opinión que derive en un análisis de la realidad.
Esta larga, ya larguísima disertación personal se podría reducir a una sola línea de canción de los Beatles: “I read the news today, oh boy!” y apostar a que del otro lado de la página alguien entenderá. Desconfiado por naturaleza, justifico mi perorata al amparo en mi propia sorpresa, quisiera hablar de que he hecho el amor o que se murió Fuentes (me rindo, ese tipo de redactor soy), pero no me es posible por una sola razón, ante la lectura de los medios impresos y su reacción a la manifestación a favor de un voto informado del sábado pasado, no me lo puedo permitir, mejor comparto con el lector el asombro y la sospecha ante las primeras planas de un montón de medios que no acaban de comprender su función, que en la búsqueda desesperada de seguir manteniendo el apoyo gubernamental, ante el miedo de perder la protección del subsidio de palacio, deciden omitir la realidad y colocar en su portada un anodino comunicado de prensa antes que darle espacio a la manifestación de los jóvenes, o bien, en la misma actitud, de quienes pretender restarle importancia a una manifestación cuestionando los motivos o acusándolos de manipulados.
El sábado pasado en varias ciudades del país, en Aguascalientes, los jóvenes se manifestaron, creo sinceramente que más que una expresión antipartidista, las marchas fueron una llamada de atención a los medios de comunicación. Sí nos leen y sí esperan algo de nosotros, sí están buscando representación, eco de sus dudas, ¿en verdad lo único que tenemos que ofrecerles es nuestra suspicacia?, ¿no se supone que son el futuro y por tanto nuestro destino?, ¿así vamos a responder a sus reclamos, con indiferencia? Repito: I read the news today, oh boy!
Sé y ofrezco disculpa porque mucho de estas líneas tienden al ditirambo, ojalá se perciba la intención de no vivir en el error, de notificar sobre el hecho: los jóvenes salieron a la calle y lanzaron un aviso, en que asumo como una prioridad la responsabilidad de atender su llamado, desde la idea de que no importa si fueron 300 o mil, uno solo basta para advertir su llamado. En ese sentido, hoy como siempre, agradezco a La Jornada Aguascalientes, al equipo (todos) que hace este periódico ser congruente con el proyecto que dio vida a este diario y no permitirse caer en el cinismo.
Dejar constancia, que es tan poco desde esta idea de que no se puede cambiar el mundo, y es tanto en esta realidad tan necesitada de establecer un diálogo con el otro para no quedarse chiflando en la loma, satisfecho, pero solo, cínico pues.

Publicado en La Jornada Aguascalientes (21/05)

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