Perdón
por intolerarlos
Vivir
en el error
En
primera persona. Uno de los riesgos que se asumen sin mucha atención al contar
con el privilegio de redactar una columna es creer que la primera persona lo es
todo. Lo que me pasa a mí, sólo por el hecho de ocurrirme, es de interés
público, bastan algunas lecturas, un poco de corrección y empeño en forjar un
estilo para que el lector se interese en lo escrito, para que busque mi
opinión.
¿Por
qué no dejarse ir en ese tobogán si es tan simple? Sería tan simple compartir
con el otro, bastaría sentarse ante el procesador de palabras y comenzar a
redactar, el hecho que fuera, sin importar el origen de la información, desde
la mera reproducción de una noticia (tamizada por la opinión) hasta un acto íntimo
del amor, cualquier cosa podría ser escrita a la sombra del pretexto de que al
otro le interesa lo que digo.
Simplificando,
esta columna podría vencerse a la tentación de escribir sobre Carlos Fuentes,
al amparo de una cita de Cumpleaños
(¿Quién podría arrebatarme el privilegio del asombro?) y bajo el título de
“vehemencia” compartir con el lector la íntima tristeza reaccionaria que siente
quien redacta ante las muestras de mezquindad de parte de varias generaciones
de escritores que arrollados por la sorpresa del fallecimiento no han acertado
más que a deslindarse o a la chanza simplona, es decir, declarar que no han
leído y no leerán a Fuentes porque es un ejemplar del intelectual hegemónico
producto de un régimen priísta o bien elaborar ingeniosas frases en 140
caracteres para indicar que lo único que pueden decir es que lo envidian porque
murió rico, viejo y reconocido… ¿y la obra?, es lo que menos importa, el gran
truco del opinador reside en no
comprometerse con nada mientras se deslumbra con un fulgor de ingenio.
O
bien, se puede uno vencer hacia otro de los extremos, el de la confesión que se
aparta del trajín diario, de la horrorosa realidad que todo lo contamina para
concentrarse en el acto íntimo y caer en la trampa de comprobar inútilmente que
al lector lo que le interesa es el comadreo. Escribir, por ejemplo: “hice el
amor con una mujer maravillosa y estoy agradecido”, para así atraer el morbo
del lector dando algunas pistas que le permitan compartir la sensación de que
también vivió la experiencia. Al utilizar así un espacio en los medios de
comunicación se corre el riesgo de “sólo” hacer literatura y pasar por alto que
en el espacio de un diario existe un lector que se acerca en busca de un
diálogo que le permita obtener datos sobre la realidad en la que vive.
En
mi caso, confieso, que he tropezado con ambos extremos de esa cuerda y que ante
la falta de señalamientos de los lectores, cada vez con mayor frecuencia,
olvido el propósito de estas líneas semanales, que es dejar constancia.
El
acto de escribir –insisto en la primera persona– se compone en gran parte de un
momento maravilloso (me disculpo por el pobre adjetivo) de la anagnórisis, la
revelación a uno mismo de su identidad y, con ello, de sus propósitos, los
cuales difícilmente coinciden con lo que se enuncia públicamente. Para explicar
mejor al lector, a mí mismo, quizá valga la pena una cita de Ryszard
Kapuscinski, abrigado también en que el columnista, por momentos, se parece
mucho a un periodista, dice el autor de “Los cínicos no sirven para este
oficio”:
“…mucha
gente piensa que nosotros los periodistas podemos decidir sobre un conflicto
pero eso es falso, nosotros no podemos cambiar nada, sin embargo, si podemos
escribir sin odio, podemos usar las palabras para que sean útiles a la gente.
El periodismo debe tener como misión la búsqueda de la paz y el entendimiento
mutuo entre la gente. Es una misión que los cínicos no pueden cumplir”.
Escribir
una columna entonces, debería tratarse, reitero, de dejar constancia, testimonio
de lo que uno percibe para que no se pierda en el como “lágrimas en la lluvia”,
con la idea clarísima de que nuestras palabras no cambiarán el mundo por sí
mismas y, sin embargo, sí pueden incidir en el lector, de forma tal que las
haga suyas, luche o se amiste con ellas y forme una opinión que derive en un
análisis de la realidad.
Esta
larga, ya larguísima disertación personal se podría reducir a una sola línea de
canción de los Beatles: “I read the news
today, oh boy!” y apostar a que del otro lado de la página alguien
entenderá. Desconfiado por naturaleza, justifico mi perorata al amparo en mi
propia sorpresa, quisiera hablar de que he hecho el amor o que se murió Fuentes
(me rindo, ese tipo de redactor soy), pero no me es posible por una sola razón,
ante la lectura de los medios impresos y su reacción a la manifestación a favor
de un voto informado del sábado pasado, no me lo puedo permitir, mejor comparto
con el lector el asombro y la sospecha ante las primeras planas de un montón de
medios que no acaban de comprender su función, que en la búsqueda desesperada
de seguir manteniendo el apoyo gubernamental, ante el miedo de perder la
protección del subsidio de palacio, deciden omitir la realidad y colocar en su
portada un anodino comunicado de prensa antes que darle espacio a la
manifestación de los jóvenes, o bien, en la misma actitud, de quienes pretender
restarle importancia a una manifestación cuestionando los motivos o acusándolos
de manipulados.
El
sábado pasado en varias ciudades del país, en Aguascalientes, los jóvenes se
manifestaron, creo sinceramente que más que una expresión antipartidista, las
marchas fueron una llamada de atención a los medios de comunicación. Sí nos
leen y sí esperan algo de nosotros, sí están buscando representación, eco de
sus dudas, ¿en verdad lo único que tenemos que ofrecerles es nuestra
suspicacia?, ¿no se supone que son el futuro y por tanto nuestro destino?, ¿así
vamos a responder a sus reclamos, con indiferencia? Repito: I read the news today, oh boy!
Sé
y ofrezco disculpa porque mucho de estas líneas tienden al ditirambo, ojalá se
perciba la intención de no vivir en el error, de notificar sobre el hecho: los
jóvenes salieron a la calle y lanzaron un aviso, en que asumo como una prioridad
la responsabilidad de atender su llamado, desde la idea de que no importa si
fueron 300 o mil, uno solo basta para advertir su llamado. En ese sentido, hoy
como siempre, agradezco a La Jornada Aguascalientes, al equipo (todos) que hace
este periódico ser congruente con el proyecto que dio vida a este diario y no
permitirse caer en el cinismo.
Dejar
constancia, que es tan poco desde esta idea de que no se puede cambiar el
mundo, y es tanto en esta realidad tan necesitada de establecer un diálogo con
el otro para no quedarse chiflando en la loma, satisfecho, pero solo, cínico
pues.
Publicado
en La Jornada Aguascalientes (21/05)

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