Balance
En
varios momentos de la entrevista que le hicieron a Felipe Calderón en el
programa Tercer Grado, el entusiasmo de los participantes por preguntarle daba
como resultado que todos hablaran al mismo tiempo y en ese barullo se quedaran
truncas las respuestas o no se profundizara en los argumentos presentados.
Uno
de esos momentos fue cuando Calderón dijo que le gustaría hacer un periódico,
al cual llamaría “Balance” y que dividiría en dos la primera plana para
presentar de un lado una noticia “buena” y del otro una “mala”. Carlos Marín lo
interrumpió para decirle que nadie leería eso y el jolgorio de voces ya no
permitió que se explicara la diferencia entre una y otra nota.
La
idea de clasificar la información de esa manera más que un despropósito, pone
en evidencia el papel que el poder desea que jueguen los medios de
comunicación, una relación de sumisión que acota la función periodística a eco,
un amplificador que replique sin análisis el mensaje elaborado por el poder, la
“realidad” se anula, no hace falta que el reportero salga a la calle a
buscarla, ¿para qué si ya se le ha dado un comunicado, un boletín, una
declaración?, ¿qué más necesita? Además, esa clasificación moralista da muestra
de la realidad que le interesa al poder que se transmita, se reduce a dejar
testimonio de los logros alcanzados, eso es lo “bueno” y todo lo que se oponga
será lo “malo”.
Detrás
de ese ajuste de la realidad se encuentra un mal mayor, el deseo de adulación.
Para el gobernante toda acción emprendida debe ser considerada un logro, se
deja de considerar para qué fue contratado, cuáles son las obligaciones del
cargo que ocupa y su responsabilidad como servidor público.
Esta
idea no es exclusiva de Calderón, está generalizada y forma parte central del
discurso de casi todos los políticos. Basta ver cuál ha sido la respuesta de
los gobernantes a la veda electoral impuesta por el Instituto Federal
Electoral. La ley es clara, sin embargo, los consejeros del IFE tienen que
salir a explicar una y otra vez las limitaciones a los servidores públicos para
difundir durante 90 días las campañas con sus logros de gobierno, eso y nada más,
pero la pobreza discursiva de los gobernantes y la búsqueda de la alabanza
convierten ese mandato en una orden de silencio.
Ese
callarse la boca porque no vaya a ser la de malas refleja la triste idea que
sobre el servicio público tiene la clase política, como todo es considerado un
“logro” pues entonces no se puede decir nada, y ni hablar del tratamiento que
se da a la sociedad, pobres de nosotros, somos tan simples, tan incapaces que
no se nos puede tocar con el pétalo de un spot y caigamos en el engaño.
Bajo
esta lógica de todo o nada, callarse es lo más cómodo para los gobiernos, no
hay necesidad alguna de pensar, no se requiere distinguir las acciones de
gobierno de las que se está obligado a informar, mejor dejar todo en la urna de
logros y sentarse a ver las campañas.
No
tengo duda de que la medida de la veda se justifique por décadas de un
comportamiento corrupto, pero la radicalidad con que la disposición es tomada
no permite que desarrollemos soluciones a esas prácticas de engaño, se nos
exige como adultos pero se nos trata como niños.
Además,
se restringe a los gobiernos para dejar el campo libre a los candidatos,
quienes tienen la misma idea perversa de lo que es un logro, basta echarle un
ojo a los comunicados de prensa de los suspirantes para notar cómo se pervierte
la idea del servicio público, antes que exigirse inteligencia para sintetizar
sus propuestas, claridad para exponer las razones por las que merecen nuestro
voto, se abandonan al facilismo, creen que basta calificar de idea cualquier
acto minúsculo y banal para que tenga importancia.
Lo
que vamos a leer de aquí a las elecciones son comunicados de prensa en donde un
paseo por el mercado o la colonia se transforme en un importantísimo encuentro
con “diversos sectores de la sociedad”, donde un desayuno o comida sea
presentado como “foro de intercambio” y las conversaciones insulsas sean vistas
como trascendente encuentro del candidato o candidata.
Y
luego nos preguntamos por la baja calidad de nuestra democracia.
Coda.
“Balance” llamaría Calderón a su periódico ideal, quizá sería bueno que leyera
algunos medios impresos de Aguascalientes y la evidente adulación al gobernador
para darse cuenta que no es tan buen idea, ¿o se puede considerar como “bueno”
el lisonjerismo desatado de los tundeteclas que transforman las declaraciones
cantinflescas en actos heroicos? En su muy particular estilo, Carlos Lozano
anuncia ante la veda que en su gobierno “ni se baja la cortina, y el que quiera
bajar la cortina pues puede bajar la de él, pero se va del gobierno. Al revés,
yo creo que hay que intensificar. Yo creo las posibilidades que nos ha dado el
alineamiento de muchas cosas que están pasando muy rápidamente para el
gobierno. Ayer alguien me decía, conocido de todos ustedes, ‘oiga pues ya no esté
anunciando cosas, ya bájele, cómo va terminar con ese ritmo de estar pasando
cosas importantes en el estado’. Pues van a seguir pasando cosas importantes en
el estado”; y ese enredo casi con emocionadas lágrimas en los ojos el redactor
zalamero lo convierte en la declaración de la semana, muestra del compromiso
con bla bla bla… En fin, así las cosas.
Publicado
en La Jornada Aguascalientes (02/04)
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