abril 01, 2012

Cecilia acierta

Texto leído en la presentación de Para viajeros improbables de Cecilia Eudave, organizada por Casa Laberinto y Casa Terán


Cecilia acierta

Me había prometido que al presentar Para viajeros improbables de Cecilia Eudave (Ediciones Arlequín, 2011) no mencionaría a Italo Calvino. Me explico: sufrimos una época de “opinadores precoces” que en el afán de apantallar, de obtener seguidores, hacerse de un nombre, fingirse escritores, usan el camino fácil de la cita para establecer contacto con el lector, pero sobre todo, bañarse de la inteligencia ajena para así parecer más brillantes. Eso explica, al menos parcialmente, la abundancia de plagiadores, pues ya no se trata de crear, sino de apantallar; para esta horda qué mejor lugar de encuentro que el lugar común y si un libro habla de ciudades, pues se hace referencia a Las ciudades invisibles de Calvino. Todos contentos, el opinador precoz ya dejó su impronta en los ojos del lector y el lector se siente un poquito más culto porque reconoce la referencia; es una de las sensaciones que Calvino usa como ejemplo para caracterizar a los libros clásicos: es un libro que ya se ha leído aunque nunca haya sido leído.
Mientras preparaba estas líneas pensé en la manera mejor de volver a decir lo opino de la escritura de Cecilia, en resumen la considero una autora indispensable en el panorama nacional, es simplemente brillante y, libro tras libro (Técnicamente humanos, Registro de imposibles, Bestiaria vida), sólo logra afinar su talento para escribir desde la explosión de todos los sentidos. Para viajeros improbables no es la excepción, otra vez es posible encontrar en sus textos una disposición a dejarse asombrar por el mundo a través de la exploración de todos sus pliegues, los intersticios sólo aprehensibles para el curioso o, lo que es lo mismo, quien emprende un viaje despojándose del disfraz medroso de turista y se arriesga como viajero.
Tenía pensado comentar que el método “sensual” en que considero se basa la escritura de Cecilia implica recrear la realidad con el cuerpo todo: vista, tacto, oído, olfato, gusto, estar alerta siempre a los detalles mínimos y ser capaz de relacionar un absurdo con otro para, una vez condensado, pasarlo por la emoción y así contar una historia. Sin embargo, mientras releía este conjunto de cuentos, me di cuenta que necesariamente tendría que hacer referencia a Calvino, ni modo, corro el riesgo de pasar por “opinador precoz”, aunque establezca que si bien las primeras diez piezas que componen Para viajeros improbables constituyen una guía para visitantes semejante a la narrada por Marco Polo en el libro del italiano, una vez que se sale de ese capítulo queda claro que la propuesta de Cecilia es otra.
Si se suma a la decena de ciudades del capítulo primero las 17 criaturas y 10 bestias (contando el cocodrilocabezas) que componen el libro, se advierte que más que una guía para turistas donde se establecen las bondades, dulzuras y sitios que no se pueden pasar por alto en la visita a un lugar, Para viajeros improbables es la bitácora de una perseguidora de fulgores.
Lo que al lector es dado vislumbrar en este libro no es solamente un país (aunque ahí estén nombrados), ni un personaje mitológico (aunque a ellos se haga referencia: la sirena, el cíclope, el centauro, dragones y minotauros) o monstruos (hombres lobos, momias y “gregoriosamsas”), no son esas las historias que se cuentan, no es la cosa en sí, sino el efecto de “eso” sobre el mundo, no lo que genera el resplandor sino lo que provoca percibir los efectos de esa luz. Lo que logra Cecilia con estos breves y brevísimos es hablar de la condición humana puesta a prueba ante o por el miedo, la pasión, el placer, la crueldad, la ternura misma.
Mientras escribía estas líneas pensaba en la necesidad de no dejarme ganar por la emoción, que no se note el absoluto fan que soy de Cecilia, mejor dicho, que se note, pero que se justifique, porque de otra manera, bastaría con narrar las muchas ocasiones en que he intentado imponer mi gusto a mis amigos. Yo creo que intento, apasionadamente, mantener una conversación, compartir mis certezas, verificar mis descubrimientos, aunque a ellos más bien les suena a demanda fulminante: “tienen que leer a Cecilia Eudave”; o bien que Bestiaria Vida, la nouvelle de Cecilia, junto con La estación violenta, es el libro que más veces he regalado, tanto así me emociona esta autora.
Para no dejarme vencer por el groupie interno, pensé que lo mejor era buscar una frase concisa para lograr interesarlos en Para viajeros improbables. La primera fue “a que no puedes leer sólo uno”, pero me parece que ya está tomado; seguí pensando, pasé por otras frases publicitarias, pero fue hasta que pensé en para qué se escribe cuando (creo) di al clavo.
Creo que se escribe para compartir el asombro. Toda escritura es un intento de conversación en que se ofrece un “pedazo” del mundo tamizado por una visión personalísima.
Los cuentos de Para viajeros improbables son efectivos representantes de la minificción, cada uno es la invitación a compartir el pacto ficcional, ofrecen las características esenciales del minicuento, más allá de su brevedad requieren de la intervención del lector para completarse, con su estructura proteica, convidan al juego a través de hallar el cuento bajo las características del ensayo, la poesía, el ensayo o los instructivos.
Cecilia Eudave siempre lo logra, establece esa conversación, comparte y atrapa. Sus cuentos son fulgor capturado. Cecilia consigue, a través de la brevedad, contener el resplandor y exponerlo, esa es su forma de abordar la realidad, un ir constante hacia el centelleo de un instante, aprehender no la luminosidad de la anécdota sino de las sensaciones. Respuestas personalísimas a preguntas universales, ¿por qué nos duele?, ¿por qué sentimos eso en tal momento?, ¿cómo es una sonrisa amarga?, ¿cuál es el sitio de alguien en el mundo?
Y es aquí donde vuelvo a Calvino e incumplo mi propósito. El “secreto” de cómo Cecilia consigue compartir el misterio, su método corresponde a lo que Italo caracteriza como Rapidez en su lección americana. En una de las Seis propuestas para el próximo milenio señala:
“He apuntado siempre a la imagen y al movimiento que brota naturalmente de la imagen, sin ignorar que no se puede hablar de un resultado literario mientras esa corriente de imaginación no se haya convertido en palabra. Como para el poeta en verso, para el escritor en prosa el logro está en la felicidad de la expresión verbal, que en algunos casos podrá realizarse en fulguraciones repentinas, pero que por lo general quiere decir una paciente búsqueda del mot juste, de la frase en la que cada palabra es insustituible, del ensamblaje de sonidos y de conceptos más eficaz y denso de significado. Estoy convencido de que escribir en prosa no debería ser diferente de escribir en poesía; en ambos casos es búsqueda de una expresión necesaria, única, densa, concisa, memorable”.
El asombro es esa búsqueda de la palabra exacta, recalco: “única, densa, concisa, memorable”.
Si no bastara y para sumar citas, es posible que sea como señala Octavio Paz: “Cada lector busca algo en el poema. Y no es insólito que lo encuentre, ya lo llevaba dentro”, en Para viajeros improbables, yo lo encuentro, Cecilia acierta.
Quizá es algo más simple y sólo comprobable en la lectura del libro, una línea que Cecilia entrega como si fuera poco describir el milagro, como quien regala un fulgor, dice: “Todo es real cuando te fijas bien en ello”. Reitero, Cecilia acierta, otra vez, siempre.

Publicado en La Jornada Aguascalientes (01/04)

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