
Perdón por intolerarlos
La traición de Sicilia
Tras el encuentro de Javier Sicilia con Felipe Calderón, nada de lo que pueda decir el poeta saciará las voces que hoy lo califican como traidor, qué le vamos a hacer, así es la masa vociferante, en el fondo todo lo que quiere es un mundo sin matices, es decir, sin obligaciones ni responsabilidades, sólo derechos, entendido lo anterior como la facultad de quejarse porque nadie hace las cosas exactamente como ellos quieren.
Para quienes hoy califican como decepcionante, por decir lo menos, el hecho de que Sicilia aceptara reunirse con Calderón el ideal era que rechazara el encuentro para seguir en una eterna marcha por toda la República a la que pudieran unirse para colgar creativas mantas o desatar todo el ingenio posible en consignas y actividades donde los poetas locales pudieran usar el dolor de una perdida para leer sus textitos en la plaza.
Una vez que Sicilia se encontró con el espurio, como les gusta llamar a Calderón, cualquier gesto deja de representar algo, hoy incluso se le critica porque fuma, usa chaleco, pero sobre todo porque se atrevió a manifestar su fe. Hoy los que califican de traidor al poeta apenas se dan cuenta que es católico (claro, antes no lo habían leído) y entonces les disgusta la entrega de un escapulario, horror de horrores.
Si ayer Sicilia representaba el testigo mejor del dolor de las víctimas, por haberse encontrado con el poder hoy ya no es nadie, hoy ya no lo necesitan, las plumas flamígeras lloriquean y proclaman que con o sin el poeta seguirán pidiendo que termine la guerra, amantes del éxodo y la marcha, seguirán buscando que se cumpla la utopía, un país donde las únicas razones que se atiendan sean las del corazón.
¿Cuál fue la traición de Sicilia? Según los seguidores desencantados el haber tenido la oportunidad de poner de rodillas a Calderón (aja) y obligarla a ofrecer una disculpa, y ya entrados, entregarle la mentada colectiva transmitida en las redes sociales o los millones (aja) de “Me gusta” que se colectaron en Facebook para que dejara Los Pinos. Nada de eso hizo Sicilia, no llevó la irritación facilona de los comentarios en el Twitter ni la descalificación súbita, por eso: traidor.
¡Guadalupano, Cristiano, Mesías!, así buscan descalificarlo ahora los de la masa vociferante, no sólo los abajofirmantes de siempre, también los columnistas siempre correctos que en la absoluta chabacanería intelectual, esa que no requiere de ideas sino de provocaciones, se ocupa de decir que está bien y que no, ahí está Heriberto Yepez como ejemplo, quien escribió:
“Su fe católica —ningún poeta mexicano contemporáneo ha sido más abiertamente cristiano que Sicilia— y su figura mesiánico-social son incongruentes con una postura de izquierda.
“Por otra parte, su credo cristiano es el mismo que ostentan televisoras y derecha panista. (Y AMLO y Peña Nieto).”, y en la misma parrafada fustiga: “Sicilia se cree Jesús”. ¿Es necesario probar algo?, no, basta con provocar, así no es necesario hablar de la teología de la liberación o de la larga tradición latinoamericana de sacerdotes de izquierda. ¿Comparten credo el PAN, Televisa, Televisión Azteca, López Obrador y Peña Nieto?, ¿en verdad?, qué importa, no es necesario comprobarlo, basta con enunciar.
Acerca de si Javier Sicilia se cree Jesús, lo que refleja esa afirmación es la orfandad en que dejó a los vociferantes el encuentro en el Castillo de Chapultepec, que Sicilia fuera con los representantes del Movimiento por la Paz a dialogar con el gobierno federal deja sin un mesías a la masa.
Ocurre una y otra vez y en todos los ámbitos, social, académico, político: ante la necesidad de una acción se busca quién nos represente, una figura a la cual cargar con la responsabilidad, alguien que guíe y encarne todo los anhelos, un Salvador.
En el fondo, que siempre es superficie, la búsqueda de esa figura no es más que la capitulación de la creencia en la acción individual como motor para cambiar el mundo, la desconfianza en que el cambio inicia con uno mismo, en el espacio individual. Hacer y hacer bien lo que a cada uno corresponde, desde lo que aparentemente es intrascendente como colocar la basura en su lugar o respetar al peatón hasta el actuar como ciudadano que ejerce sus derechos y obligaciones.
Los vociferantes buscan un Mesías para así no cargar con la responsabilidad de actuar, porque saben que al final nadie estará a la altura de las expectativas colectivas y, tarde o temprano, terminará siendo indigno de la confianza depositada. Con toda alevosía se busca un redentor al cual seguir, sabiendo que con el tiempo se podrá convertir en villano, alguien a quien se podrá culpar de todo lo que no fuimos capaces de hacer.
Hoy, el traidor es Sicilia, ¿quién sigue?
Publicado en La Jornada Aguascalientes (junio 27, 2011)





