enero 31, 2011

perdón por intolerarlos: aquiescencia

perdón por intolerarlos

aquiescencia


En Luz de la materia (Ediciones Era, 2010) el poemario más reciente de Malva Flores me deslumbran el poder evocador de los siguientes versos:

No está hecho de mansedumbre el árbol

Lo que vemos cuando se mueve el aire

es aquiescencia

detengo la lectura, en el fondo sé que estoy entendiendo algo que puede estar equivocado, releo, ¿qué significa “aquiescencia”? Tengo claro qué entendí, pero algo me hace dudar de lo que creo saber acerca de la palabra. El primer impulso es voltear hacia el monitor de la computadora, abrir el navegador y teclear en busca del significado. El equipo está apagado. Voy al librero, la página 228 del Diccionario de uso del español de María Moliner me da la respuesta. Aquiescencia: quedarse tranquilo, consentir, de “quiescere”, descansar. Estoy a punto de regresar al poemario y reparo en el gesto, ¿hace cuánto que no abría el diccionario para realizar una consulta así?, después me distraje, pensé en todos los otros momentos, en todos los otros lugares, cuando para aclarar una duda preferí utilizar la computadora a un libro, de ahí salté a las personas que conozco y cómo ante la misma situación, su primer impulso es también realizar una búsqueda en internet.

Google nos lo resuelve todo, al teclear aquiescencia en el buscador, en tan sólo 0.16 segundos cuento ya en la pantalla con aproximadamente 254 mil resultados. Cómo no preferir, si se tiene acceso, esa herramienta a la del diccionario. En un comercial de televisión dos adultos gritan aterrorizados ante una araña, una pequeña teclea algo en su teléfono celular y encuentra la solución: una trampa de espuma de afeitar pone un alto a la amenaza del arácnido, en internet, uno supone están todas las respuestas, basta la conectividad.

Lo que el comercial se está saltando, es el proceso de selección de la información, algo que influye de manera determinante en nuestra forma de interactuar con el mundo.

En un artículo publicado en el número julio/agosto de la Atlantic Magazine (Is Google Making Us Stupid?), Nicholas Carr cuenta que en los últimos años ha tenido la sensación incómoda de que alguien, o algo, ha estado jugueteando con su cerebro, en que no está pensando en la forma en que antes lo hacía, ejemplifica con las dificultades que enfrenta al leer, antes le era fácil “sumergirse” en un libro de prosa densa o en un artículo largo, ahora pierde la concentración después de un par de páginas, “Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. La lectura profunda que me venía de modo natural se ha convertido en una lucha”.

El autor de The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains da una pista acerca de lo que cree que le está ocurriendo: “he estado pasando mucho tiempo en línea, buscando y navegando y a veces añadiendo a la gran base de datos de Internet. La red ha sido una bendición para mí como escritor. Puedo hacer en minutos la investigación que en un tiempo requería días en salas de la biblioteca o de las publicaciones periódicas. Unas pocas búsquedas en Google, algunos clics rápidos en hiperenlaces y obtengo el dato revelador o la cita sucinta que buscaba. Incluso cuando no estoy trabajando, es probable que esté hurgando en la espesura de la información de la red: leyendo y escribiendo correos, escaneando titulares y blogs, viendo videos y escuchando podcasts o sencillamente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas al pie, a las que muchas veces se asimilan, los hiperenlaces no sólo señalan obras que guardan relación con el tema, sino que te lanzan hacia ellas.) Para mí, como para otros, la Red se está convirtiendo en un medio universal, el conducto de casi toda la información que fluye a mis ojos y oídos y entra en mi mente”.

En el artículo mencionado, Carr establece que toda ayuda tiene un precio, que el uso de la red está transformando la forma en que pensamos (“Mi mente espera ahora captar la información del modo en que la red la distribuye: en una corriente de partículas en rápido movimiento”).

Coincido con lo que plantea el artículo como a quien se le revela una realidad evidentísima. Mis conocidos, yo mismo, hemos cambiado los hábitos de lectura y consulta cuando convivimos demasiado con la red. Si bien el artículo establece otras prioridades como tesis, al momento de citarlo no puedo desligarlo de la rendición de cuentas, de cómo las autoridades han transformado las obligaciones que establece la ley para que sus portales brinden acceso a la información pública en un simple listado o bien, la entrada a un laberinto establecido a propósito para perder al buscador de información.

Quise volver al poemario de Malva Flores, pero me quedé pensando en que a partir del 1 de febrero, el Instituto de Transparencia del Estado de Aguascalientes (ITEA) comenzará la revisión de la información que por ley deben de difundir los “sujetos obligados”. En como hasta ahora, lo que podría ser una herramienta para el conocimiento y la exigencia de cuentas, se ha transformado en un simple pase de lista que revisa someramente que las autoridades digan que sí muestran lo que deben mostrar.

Si organismos como el ITEA reducen su tarea a una simple revisión de las páginas gubernamentales, a palomear si encontraron o no lo que por ley debe de estar a disposición del público, es más que sencillo que los “sujetos obligados” encuentren la forma de “cumplir” en forma utilizando una y mil artimañas para, finalmente, no proporcionar la información.

Es decir, no basta con que el portal de un gobierno coloque enlaces o responda a las solicitudes de información, en indispensable el cómo lo hacen, de otra manera, los ciudadanos navegaremos de un enlace a otro sin encontrar respuestas o recibiendo mensajes de que nuestra solicitud de información no procede porque no fue formulada adecuadamente, es información clasificada o algún impedimento administrativo como el costo de una fotocopia impide atender el requerimiento.

Si ya ha llegado el tiempo de reflexionar acerca de cómo Google está modificando nuestra forma de pensar el mundo, creo que es tiempo también de proponer que los organismos que deben defender los derechos de los ciudadanos, como el ITEA, hagan un esfuerzo por mejorar el uso de las herramientas que las nuevas tecnologías proporcionan para una más intensa participación ciudadana.

Y una vez escrito lo anterior, pude volver, al fin, al poemario, sin distracciones.


El artículo de Nicholas Carr en The Atlantic:

http://www.theatlantic.com/magazine/archive/2008/07/is-google-making-us-stupid/6868/

Publicado en La Jornada Aguascalientes (31/01/2011)

enero 24, 2011

perdón por intolerarlos: usted está aquí

perdón por intolerarlos
usted está aquí




En la esquina de dos avenidas por donde transita todos los días, al menos de lunes a viernes, se detiene, alza la vista y desde el puesto de periódicos se lanza sobre su mirada la fotografía que en la primera plana de un tabloide expone a un ejecutado, colgado de los pies y con las manos atadas a la espalda. No tiene cabeza. Ningún auto cruza por el puente donde lo encontraron.

Es una imagen inmóvil, de dos dimensiones, y sin embargo, es posible sentir el ligero vaivén con que se ha mecido el cuerpo, cómo se fue deslizando la sangre por los senderos de la ropa, hasta formar una mancha en el suelo. El fotógrafo ha tenido el temple para buscar un ángulo preciso que muestra, a la derecha, las señales que indican la bifurcación de la carretera, un camino lleva a una ciudad costera, el otro indica México (aunque en este país, ya lo decía Jack Kerouac en On the road, todas las carreteras cuentan con un señalamiento que apunta el número de kilómetros que faltan para llegar a “México”).

Al fin logra quitar la vista del tabloide, pero la imagen lo sigue, se le queda pegada, se le aferra a los ojos y aunque cierre los párpados aparece con la fuerza luminosa de un relámpago, así, instantánea y cruda en toda su violencia. Un hombre torturado al que colgaron de un puente para darle una lección a alguien, los motivos nunca son del todo ciertos, sólo se puede adivinar, quizá cometió una indiscreción, entonces se le aniquila para que los otros aprendan qué se puede decir y qué no, se coloca el cuerpo en exhibición como quien dobla la hoja de un libro para recordar en qué parte se quedó; tal vez es algo más simple, pero no por eso menos aterrador: venganza, el que se las hace, tarde o temprano tendrá que pagar y el único efectivo que salda las cuentas es la vida; quizá sólo es otra señal en el camino, para que aprendan a respetar el territorio, para que sepan de una vez por todas a quien pertenece la plaza.

Usted agita la cabeza para desprenderse de la imagen que se le ha quedado incrustada, pero ahí sigue, entonces recuerda esa lectura del libro de Kerouac y comienza a bordar sobre lo que implica esa frase del escritor que señala que desde el momento en que cruza la frontera, siempre hay señalamientos hacia México.

Lo que al escritor le llamó la atención nosotros lo dejamos pasar por costumbre (fuera de México todo es Cuautitlán), porque sabemos que esas señales, en realidad, indican el camino para llegar a la capital de la República, sólo que no se utiliza Distrito Federal, México dicen los señalamientos, como si el país todo se aglutinara en las delegaciones que forman esa entidad. No importa dónde se encuentre, hay un señalamiento que indica dónde está ese lugar y cuánto falta para llegar.

Es posible que en alguna parte del camino, entre una ciudad y otra, uno busque esos señalamientos para ubicarse. Lo más seguro es que entre un punto y otro no encuentre referencia alguna al lugar más cercano; eso sí, un señalamiento a México, no dude, ahí va a estar, aunque esté a cientos de kilómetros, aunque no sea su destino.

Mejor transformar el equívoco de esos señalamientos en un signo propicio. Omitir la información de los kilómetros y concederles la razón, México está ahí, nadie dice Estados Unidos Mexicanos, la señalización es incorrecta en cuanto a las distancias, pero precisa en su motivo, eso que está atrás del cerro, la playa cercana, el siguiente poblado, la ciudad que viene, también es México.

Por un instante ha logrado que la imagen del colgado se desvanezca, al menos ya no lo persigue con la intensidad de hace unos pasos, el puesto de periódicos ha quedado atrás, junto con los pasquines policiacos que se revuelcan en la miseria ajena, que venden la consecuencia de la violencia diaria con el pretexto de mantener informado a los lectores, cuando la explicación más cercana es sacar ganancia del morbo.

Entonces elige bajar la mirada, evadir la exposición sangrienta, caminar pensando en otra cosa, no en la búsqueda de los culpables, elegir otro destino al pensamiento. Recuerda entonces un artículo reciente del encargado de Derechos Humanos en el estado, el texto que seguramente alguien le escribió y en el que hablaba de las vejaciones a las que son sometidos los presos en las cárceles mexicanas. Una prosa aséptica, correctísima, en la que se ponían en alto las funciones que tiene que cumplir la comisión a su cargo para que no se violente a quienes están presos. La memoria no sirve de mucho, a pesar de comprender la necesidad de que un organismo de ese tipo exista, lo necesario que es, no entiende cómo es que el ombudsman eligió ese tema, en ese momento, como si lo único que quisiera evadir fuera la realidad de la violencia que está afuera de los penales, la que toca todos los días, la que salpica hasta las orillas de las casas. Peor aún, la facilidad con que cualquiera, usted mismo, puede mal interpretar ese texto y pensar que los derechos humanos, al final, no se encargan de las víctimas y terminan protegiendo a los victimarios.

Sacude la cabeza, piensa en el derecho a la intimidad, en cómo esa comisión podría hacer algo para detener esa exposición sangrienta. Rápido se deshace de ese pensamiento. Sabe que no va a ocurrir, sabe que el encargado de derechos humanos sólo se preocupa de cobrar su sueldo mensual y no pisar los callos de ningún editor.

Seguirá caminando y, seguro, se encuentra otra de esas portadas, otro de esos periódicos, con una imagen distinta en primera plana, pero igual de desoladora: seis cuerpos en bolsas negras dispuestos a la orilla de la carretera; un torturado en un lote baldío; los restos de un hombre deshaciéndose en un tambo; el cuerpo desmembrado de alguien; la muchacha que reposa en una silla con nueve balas en el pecho, todavía con el gesto de sorpresa al ver bajar de una camioneta negra (siempre una camioneta) a dos de sus ejecutores.

A lo largo de la avenida lo esperan más y más puestos de periódicos, más fotografías dispuestas a salpicarlo de su violencia, que una y otra vez le señalarán la imposibilidad de escapar, muchas otras señales que le indican: México: usted está aquí.

Publicado en La Jornada Aguascalientes (24/01/2011)

enero 19, 2011

Alan Pauls

Una de las cosas que más molesta a los escritores es reconocerse en las imágenes que les devuelve la prensa y creo que la histeria es lo que permite resolver eso de algún modo: me hace responsable y a la vez me desresponsabiliza.
Cuando dije que la idea de ser un escritor inventado me parecía atractiva, era absolutamente sincero. Efectivamente, no tiene por qué existir la figura del escritor, la literatura no necesita del asistente de la figura del escritor para producir efectos, para razonar, para transmitirse, para circular, para producir malentendido, para estirar otras literaturas, otras lecturas, etc. Para mí, hay una cierta violencia en la necesidad de que la figura del escritor haya de acompañar los libros, me incomoda. No entiendo por qué está pasando con la literatura lo que está pasando con el cine, en el sentido de que los cineastas se ven obligados a acompañar su película por el mundo. Me da la impresión de que, desde hace diez o quince años, pasa exactamente lo mismo con la literatura. Los libros, que son justamente objetos absolutamente portátiles, que se pueden mover por el mundo sin ningún problema, mucho más que las películas, de repente ahora necesitan estar acompañados por sus autores para hacer las pequeñas “tournées” que se organizan en las ferias del libro.
Y por otra parte, efectivamente, me gusta hablar de lo que hago. No soy de los escritores que dicen “todo lo que tenía para decir, lo dicen mis libros y todo está ahí”. Me gusta hablar, me cuesta decir que no, básicamente porque me gusta hablar y porque siempre pienso que la conversación es un teatro de pensar, un teatro en el que suceden cosas. Cuando discuto con alguien de mi trabajo, o del trabajo de cualquier escritor o artista, siempre encuentro que algo pasa ahí que puede ser tan artístico como la produc¬ción artística en sí. Entonces, si me invitan a hablar o a poner la cara, para acompañar un libro o para intervenir en un coloquio, no veo por qué les voy a decir que no. No tanto porque me interesa la figura (del escritor) sino porque me interesa el género de la discusión o de la conversación.

Alan Pauls en entrevista con Pénélope Laurente
Revista Letral
Incluye el relato: Noche en Opwijk

enero 17, 2011

perdón por intolerarlos: el constante impulso de teclear F5

Perdón por intolerarlos
El constante impulso de teclear F5

Uno de los placeres instantáneos del uso de las redes sociales es la sensación de estar en algo, no sólo formar parte de un círculo, club o grupo de interesados en el mismo tema, además formar parte activa de ese conjunto. Lo que uno dice (escribe), importa, es tomado en cuenta, hay otros cientos de miles que están viendo lo que uno puso en su muro, la frase aportada, la fotografía que se sube.

La anécdota de ser descubierto por otro usuario, ya es un lugar común, nunca falta el comentario de quien señala que alguien a quien no conocía le escribió para decirle que coincidía con su postura y comenzó un intercambio. El número de contactos a los que jamás les hemos visto el rostro o escuchado el tono de su voz, crece con una facilidad a la que ya no se le impone las preguntas de por qué o para qué. Estamos contectados, el otro me escucha, atiendo al otro, eso basta.

De la misma manera se incrementan las entradas en el anecdotario donde se reseñan los beneficios de formar parte de esas comunidades, que abarcan todo el abanico de posibilidades, desde lo banal hasta cambios trascendentes en la vida profesional o personal: quien es invitado a una fiesta, hace un nuevo amigo, encuentra un libro para su tesis, se le brinda la pista para encontrar a su hijo perdido, renueva el intercambio con alguien a quien había perdido en la infancia, establece una conversación con un familiar al que había de dejado de ver, le ofrecen un trabajo que llena sus expectativas… la que usted guste, son miles y miles las historias en que alguien sale ganando por el “simple” hecho de estar conectado.

Cierto es que muchas de estas anécdotas son ahogadas por la banalidad. El relato del provecho que se obtiene al formar parte se pierden en el estruendo del dato inútil, casi siempre relacionado con el mundo del espectáculo, saber en tiempo real dónde está comprando el cantante de moda, a quién le metió mano el actor de segunda de una película de tercera, la muchachita que cayó ante el acoso de la estrellita televisiva. Y junto con esas olas de banalidad, las de la irritación. Miles, por no decir millones, de usuarios que no encuentran mejor forma de formar parte de una comunidad que no sea a través de la rabieta.

Un ejemplo: me encuentro en Twitter a un pobre diablo al que no sé porqué sigo, pero su actividad tuitera consiste en describir lo que come y reenviar noticias que le parecen interesantes. Dejo de seguirlo. Si se da cuenta, me cuestiona sobre las razones, se las digo. En el mundo real eso debería bastar, no nos conocemos, lo que te leo no me interesa, fin. En el peor de los mundos virtuales, el pobre diablo se dedica a quejarse de que lo han dejado de seguir, radicaliza posiciones entre él y yo. Si eres inexperto, entras a la discusión y después ya no sabes de qué están hablando, porque la facilidad de escribir en forma grandilocuente es una amenaza constante. Todos perdemos nuestro tiempo, el pobre diablo que se queja de que lo llamé pobre diablo, yo que tengo que justificar por qué lo llamé así, los otros que participan en la conversación y, la mayoría de las veces, ya no saben de qué se está hablando, pero saben que tienen que tomar una posición, así de simple: a favor o en contra, me gusta o no. Cero ideas, pura sensación.

Ejemplos sobran. El acoso interrogador al que sometió Carlos Loret de Mola a Kalimba, cantante al que acusan de violación. El conductor de Televisa insiste durante media hora en convertirse en juez, en nombre del rating se erige en verdugo, el final de la entrevista es exasperante.

Media hora de entrevista que no lleva a ningún lado. Es un noticiero que se transmite por las mañanas, el cantante insiste una y otra vez en que no ha agredido a nadie, Loret de Mola se refocila en su papel de inquisidor. Las últimas preguntas del entrevistador son una muestra de lo bajo que se puede caer cuando se tiene el micrófono: ¿Usaste tu fama para seducir a esta menor de edad? / ¿Violaste a esta menor de edad? / Última oportunidad ¿Tuviste relaciones sexuales con esta niña? / ¿Fue una relación sexual fuerte, así, de carácter? No sé cómo llamarla, con fuerza, con vigor, con algún grado de fuerza.

La reacción en las redes sociales no se hace esperar, todos tenemos algo que decir acerca del asunto, pero ¿cuál es el asunto?, quién sabe, en pocas horas las opiniones se radicalizan, ahora se trata de hablar mal o bien de Kalimba, mal o bien de Loret de Mola y con eso de Televisa, los intercambios se dirigen entonces a denostar a la televisora.

Eso es una banalidad. En estas fechas se encuentra en marcha la campaña No más sangre. Parece mentira, pero le sucede lo mismo que a Kalimba. Se discute no ya el propósito de la campaña, sino quién la propuso y contra quién va. Quienes defienden la pertinencia de este tipo de esfuerzos se empeñan en justificarla porque la propusieron los moneros o los intelectuales, quienes la denostan, parte de los mismos puntos, quienes las propusieron fueron los intelectuales y los moneros. De ahí no vamos a pasar.

El placer instantáneo que mencionaba al inicio de este texto, se queda en la sensación de estar en algo, y pareciera que la forma más efectiva de estar es generando polémica, no importa si no se aportan ideas, si el comentario se traduce en alguna acción, no, lo que interesa es acumular el mayor número de seguidores, de visitas al perfil, de retuits, qué más da si es un chiste malo, un ataque. Escriba en su muro Puto el que lo lea, tiene asegurada la respuesta, la fama instantánea (y efímera), así de triste.

Al final de la película de David Fincher sobre el creador de Facebook, Red social, el abatido Mark Zuckerberg (Jesse Eisenber actuando espléndidamente) se queda solo en una oficina, sobre la pantalla aparecen los resultados del juicio del que hemos sido testigos: tendrá que colocar el nombre de Eduardo Saverin como cofundador, llega a un acuerdo con los hermanos Cameron y Tyler Winklevoss… en resumen, Zuckerberg perdió y ante eso, su única respuesta es enviar una solicitud de amistad y apretar obsesivo la tecla F5 para actualizar la pantalla.

No sé, de hecho no me importa discutir la calidad de entrevistador de Carlos Loret de Mola, creo que la mejor opción sigue siendo cambiar de canal o apagar la televisión. Creo en el poder del consumidor y del usuario que puede proponer apoyado en las redes sociales, que las usa como punto de partida y no como arena para demostrar que es más guapo, más inteligente o que googlea a mayor velocidad. No sé si vale la pena discutir quién propuso la campaña No más sangre, si su diseño es bonito o feo, si funciona o no porque la propuso cierto grupo, detenerse en esos tópicos es banalizarla mientras afuera de los monitores la realidad sigue aportando su cuota de muertes y violencia.

El final de Red social, creo, es un ejemplo contundente de lo que nos está sucediendo en cuanto al uso de la red para la discusión: el constante impulso de teclear F5, para que la realidad se actualice y se acomode al molde que han elaborado nuestros deseos… pero la realidad sigue afuera de la pantalla, requiere algo más que teclear frenéticamente.


Publicado en La Jornada Aguascalientes y Crisol Plural (17/01/2011)

enero 14, 2011

guardagujas, enero 2011

guardagujas número 18, enero 2011




Ya puedes descargar el suplemento cultural de la jornada aguascalientes en la nueva dirección del blog:

http://lja.mx/guardagujas/

textos de:

juan álvarez / arturo vallejo / elma correa / mercedes luna fuentes / óscar david lópez / fernando reyes / minerva delgadillo / francisco fernández


fotografía de la portada: gilberto barrón




enero 13, 2011

La bonita retórica y los caballitos de batalla

Carlos Salinas en Aguascalientes
La bonita retórica y los caballitos de batalla
Presentación del libro Democracia Republicana, ni Estado ni mercado: Una alternativa ciudadana


Veni, vidi, et vendidit
Un consejo para el artista que visite la Villa de Nuestra Señora de la Asunción de las Aguas Calientes: cuando no tengas nada que decir pero requieras interactuar con el público, cuando entre la audiencia hidrocálida y tú se establezca un silencio incómodo, no sufras, acude a la letra de Pelea de gallos y grita a todo pulmón: “¡Viva Aguascalientes’n!”, eso es todo, enseguida los aplausos, las cabezas que asienten contentas, la sonrisa cómplice. Con esa frase serás coreado como todo un rockstar, qué más da si viene al caso o no, se trata de obtener una reacción; si lo tuyo no es gritar, menciona a José Guadalupe Posada, otro caballito de batalla que permite salir al paso ante cualquier situación, la que sea, nombrar al grabador te gana la complacencia de los espectadores.


Es una argucia comprobadísima, Carlos Salinas de Gortari lo sabe y aplicó esa artimaña durante la presentación de su libro Democracia Republicana, ni Estado ni mercado: Una alternativa ciudadana, en el patio del Museo Posada. El ex presidente no propuso absolutamente nada pero se llevó las palmas de la clase política, que acudió al evento como si las administraciones entrantes regalaran ratificaciones de puesto.

Los funcionarios públicos invitados presenciaron un bonito ejercicio de retórica y salieron con su mamotreto de 300 pesos bajo el brazo, deslumbrados por el fulgor de una estrella política en franco declive, eso sí, un astuto vendedor de libros que vino, vio y vendió.

Es mediodía en el Jardín del Encino, los compañeros de la prensa pululan de declarante en declarante, haciendo tiempo para que aparezca el enemigo público número uno o el mejor presidente que ha tenido el país (usted elija la simplificación que prefiera). En la puerta del Museo Posada las edecanes detienen al incauto que cree poder asistir a la presentación de un libro sin estar en la lista, ¿lista?, ¿es un evento privado en un espacio público?, ¿lo organiza la editorial o el gobierno del Estado? Las preguntas que uno se pueda hacer acerca de la naturaleza del evento son contestadas por un funcionario menor de comunicación social que feliz en el pedestal de huacales sexenal reparte acreditaciones a la prensa: “sólo dos por medio”.

En el patio del museo las carpas tienden su sombra sobre una inusualmente puntual clase política, aquí están los priístas, los mismos que en campaña abjuran del salinismo, los que ante los posibles electores son raudos para lavarse las manos en la desmemoria, todo ellos muy ordenados, respetuosos de los papelitos que reservan la primera fila para el gobernador (y su esposa, que ya sabemos que está muy interesada en esto de la cultura), la presidente de los diputados, el del Tribunal de Justicia, el jefe de gabinete y el secretario de gobierno, incluso Lorena Martínez tiene su silla reservada; uno de los tantos chalanes se acerca a la voz institucional del ICA y le susurra: “que no viene la alcaldesa, entonces nomás presentas al gober y los presidentes”.

Las doce del día no es la mejor hora para la presentación de un libro, pero este acto no es eso, es la puesta en práctica de la visibilidad, ahí está el rector de la UAA, el de la Panamericana, regidores, diputados locales y federales… la luz de una estrella muerta sigue encandilando después de muchos años, así es el poder de seductor; porque nadie se llama a engaño: ni han leído ni van a leer el libro, eso es lo que menos importa, de hecho, Rafael Urzúa, quien acaba de dejar la rectoría de la Universidad Autónoma de Aguascalientes y uno de los encargados de acompañar a Salinas en la mesa, confiesa que sólo ha hojeado el libro, pero lo que vio le parece muy interesante.

Muy agradecido, muy agradecido, muy agradecido
Así empieza la presentación, con Urzúa confesando su arrobamiento: “honrado por compartir esta mesa, yo no soy presentador, pero me invitaron y esta invitación me honra, conocer a un verdadero protagonista de la historia de México, conocer a uno de los mejores presidentes que ha tenido nuestro país, nos honra y me honra a mí en lo particular”. Por la emoción, uno supone, el ex rector se permite divagar y se monta en el primer caballito de batalla, hace referencia a Posada, “ilustre grabador aguascalentense, considerado por muchos como el más grande artista plástico de México y a quien Diego Rivera definiera como el prototipo del artista del pueblo y su defensor más aguerrido”, reitera el privilegio de conocer en persona a Salinas, lee una semblanza wikipediera del autor del libro, se congratula de nuevo y el tiempo se le va en declararse fan, ¿el libro?, del libro nada, posesionado por el espíritu de Pedro Vargas machaca su agradecimiento y pasa la estafeta al otro presentador: Alex Caldera Ortega.

¿Salinas? Carlos Salinas sereno, inmutable, un estereotipo de la actitud que un político debe asumir cuando está frente al público, la pierna cruzada, las manos sobre la rodilla, de vez en cuando un apunte, la mirada que mira a lontananza y de pronto se encuentra con un rostro conocido, un guiño, un asentimiento con la cabeza.

El doctor Caldera lee, nervioso, el texto: “Los ciudadanos son los que importan: Democracia Republicana como proyecto político”, él si leyó el libro, al menos hojeó más páginas que el ex rector, así que califica a Democracia Republicana como un “aporte lúcido”, “una reivindicación clara de la política como medio para conseguir fines trascendentes en beneficio de los ciudadanos y del país”, reconoce en Carlos Salinas un intento de rendición de cuentas “al detallar su versión sobre el actuar de su gobierno y enmarcar dicha acción en el proyecto político mencionado”. Coincide con el ex presidente en “buena parte de las explicaciones acerca de la situación actual del país”. Caldera insiste en desmarcarse, reitera que él es analista político, académico, al final cumple con la reseña del libro, más un resumen que un análisis.


La bonita retórica
Para quién se pregunte, todavía, quién organizo el evento que llena el patio del Museo Posada, Salinas toma el micrófono para obviar el cuestionamiento, agradece la presencia de los funcionarios, pero especialmente “la invitación e insistencia del gobernador”. Carlos Lozano de la Torre agradece el gesto y asiente, no dejará de hacerlo a lo largo de la media hora en que el autor de Democracia Republicana da una clase magistral acerca de cómo decir mucho sin decir nada.


Astuto el ex presidente retoma lo que puede de las palabras de los presentadores y hace un recuento de “lo que nos sucedió en el 2008”, caracteriza a grandes rasgos y con puros lugares comunes esa crisis, suelta uno que otro dato apantallante, como que el capital especulativo sumaba 650 millones de millones de dólares o diez por ciento del PIB mundial, pero no hay nada en su discurso que sea una idea propia, lo que le interesa es figurar como el autor intelectual del regreso del PRI, ser leído como un humilde interesado en aportar ideas para la transformación de México.


La estrategia de Salinas consiste en aventar la piedra e irse, insiste en que lo suyo es una invitación al debate, al diálogo, pero no pone sobre la mesa más que ideas vagas. Al inicio de la presentación, uno de los chalanes le dijo a la voz oficial del ICA: “borra eso de la sesión de preguntas y respuestas”, así es la presentación, un discurso que no permite interactuar.


¿Importa? No, de hecho el público está encantado, desde el gobernador que no para de asentir hasta el joven estudiante que busca un puesto en la administración y (pobre ingenuo) cree que comprando el libro y haciendo acto de presencia puede sumar puntos.

Salinas de Gortari sabe cómo lo escuchan, sin verdadera atención, sólo siguen el ritmo del discurso, por eso no se esfuerza en concluir sus ideas, todo depende del tono en que sea dicho, en la intención. Dice: “Mi aportación con esta obra que… le llaman ladrillo, pero no crean que es tanto, es producto de diez años de trabajo, de investigación” y ya no menciona en qué consiste la aportación, se dedica a señalar que son diez años de trabajo, que estuvo en el Biblioteca Británica (sic que busca en el mapa) y, por supuesto, se monta en los caballitos de batalla de todo buen discurso, apela al sentimentalismo, cada vez que hace referencia al país, lo calificará de “nuestro entrañable México”.

Cuando aborda la materia de su libro no le importa seguir una secuencia lógica, le basta con calificar, todo está en el tono en que se dicen las cosas.

Para describir el contexto actual indica que la crisis del capital especulativo se ha fundado en dos contradicciones fundamentales que se viven a nivel mundial, menciona primero “la contradicción entre el país que consume, los Estados Unidos de América, y el país que ahorra: China, y esta diferencia genera una gran contradicción”… sí, muy bien, pero cuál es la contradicción. Igual ocurre con la segunda, que se da “entre las utilidades extraordinarias del capital especulativo frente a la incorporación al mercado de trabajo de los obreros de la ex unión soviética y el campo socialista y del paso de la China comunista a la China de mercado que significó más de 1,200 millones de trabajadores adicionales, duplicó de la noche a la mañana la mano de obra”… Sí, ¿y la contradicción? No importa, el juego es que uno lo escuche, que arme el rompecabezas cada lector, así será imposible disentir.

Como todo está en el tono y tocar la fibra sentimental, se permite señalar que la pobreza es la violencia más severa (el gobernador asiente) que vive casi la mitad de la población de nuestro país y que a él le “toco vivir el niño que cargaba con un ladrillo porque era su mesa banco” y espera la reacción de los asistentes, unos: “aaaah, pobrecito”, muy discretos; ¿cuestionarlo?, jamás, porque ante la estampa de la pobreza nadie opone que en sus manos estuvo el poder de cambiar las cosas, vamos, ¿quién va a pensar en esas cosas?

El propósito de Carlos Salinas de ser el intelectual del regreso priísta comienza por la bravata, la táctica es sencilla, convocar al ring a los opinadores para que lo comenten: “Tenemos una serie de intelectuales llamados orgánicos, que son los que buscan crear consensos sin necesidad de la coerción, y a partir de ese consenso, sin el aparato del estado, sino por la vía de la cultura y de las ideas. Poco han aportado estos llamados intelectuales orgánicos dada la polarización que tenemos hoy en el debate público y en la convivencia cotidiana, está bastante bajo el nivel de nuestros intelectuales orgánicos”. Llama a enriquecer el debate intelectual con fórmulas tan gastadas como que reducen a Gramsci a estampita, explica así que lo de intelectual orgánico no es un término despectivo, porque así “lo afirmó un pensador italiano, Antonio Gramsci, luchador, político, que murió en la cárcel perseguido por sus ideas”.

En la última parte de su discurso, afirma que su libro “no es un trabajo para la próxima elección, Es una propuesta para la siguiente generación”, la frase grandilocuente y efectiva, digna de comercial de Solidaridad: Don Beto, Don Beto, ¡Necesitamos enriquecer el debate!

La simpleza, el emborronamiento y la superficialidad
Con Democracia republicana Carlos Salinas se ha dispuesto a generar barullo, es evidente su necesidad de ser leído (no cuestionado), debe ser terrible ser un ex, así se entiende la insistencia del autor en destacar el capítulo de su libro que titula La batalla de las ideas y los intelectuales orgánicos, sobre el que dice: “Que no los vamos a mencionar por nombre porque si no el señor Krauze, el señor Aguayo, el señor Lorenzo Meyer y Jorge Castañeda, se van a molestar (pausa de gran ejecutante para recibir las risas del público), pero de todas maneras están ahí reflejados en cuanto a la necesidad de ejemplificar la simpleza de sus reflexiones, el emborronamiento de la historia que hacen, la superficialidad de sus juicios y el problema que eso sea lo que esté alimentando el debate nacional y el pensamiento de las nuevas generaciones, no estamos construyendo de esa forma las condiciones para comprender mejor dónde estamos y a dónde ir, y mucho menos el qué hacer”.

En menos de un minuto hace un recuento sobre el liberalismo social, en menos de 60 segundos menciona a Cicerón, Pericles, Santo Tomás, luego apuesta de nuevo al dato inútil que parece aportar pero en realidad no dice nada, indica que es un movimiento extraordinario y que una tercera etapa del liberalismo social fueron “los planteamientos de los hermanos Flores Magón, hijos de Don Teodoro Flores, de Teotitlán del Camino en Oaxaca y que reclamaban esa parte social de ser insertados en el liberalismo”.

Levanta el dedo fustigador, los países que antes presumían por dónde ir, hoy están en ruina, pero no sustenta, sólo califica: “Irlanda, aquel tigre celta, Grecia, la cuna de la democracia”, de lugar común en lugar común arriba a la conclusión de que “aquellos que eran los paradigmas y los ejemplos, hoy nos muestran que ese no es el camino”.

¿Qué están oyendo los que lo escuchan?, al parecer nada, no es posible no incomodarse ante tanto salto, ante el maniqueísmo con que se inventa enemigos o pinta glorias pasadas. Uno de los peores momentos de la presentación es cuando hasta el patio del Museo Posada llega el ruido de una protesta por la presencia de Carlos Salinas en Aguascalientes, desde la plaza llegan los ecos de la canción de los Tigres del Norte: Jefe de Jefes. El antiguo jefe de jefes ni se inmuta, aprovecha y, de nuevo sin venir al caso, menciona que leyó una encuesta en la que se aseguraba que una de las cosas que más reclamaba la sociedad “en esta circunstancia nacional tan difícil que vivimos, era más poesía”, se estremece con temblor patriota el ex mandatario y convoca a figuras que no permiten disenso: “!cómo nos hace falta Jaime Sabines!”, para de inmediato montarse en el caballito que le dejó Rafael Urzúa: “o cómo nos hace falta un grabador como este extraordinario Posadas que aquí nos emocionó y nos educó. Cómo nos hace falta también más música, parece trivial pero es muy profundo y es por eso que está este énfasis en las nuevas generaciones y, sin duda, igualmente en las mujeres, esta es la reflexión que aporta Democracia republicana, es un texto amplio pero, bueno, es sobre todo un trabajo que invita a debatir los temas”.


Viene el gran final, pasa de montar a Posada para aludir a la patria chica de los presentes, a quienes quiere emocionar agradeciendo que la primera presentación de su libro sea en Aguascalientes, “tierra plural, una tierra democrática, una tierra con espíritu transformador, de trabajo, innovador, con la nueva administración que se inicia con tanto entusiasmo y esta recepción ciudadana de poder ser parte de las transformaciones”. Aplausos.

Salinas hace mención de los retos del futuro, así, nomás los retos, para de ahí saltar a su mensaje final, gran comercial: “no tengo duda de que podremos salir adelante, siempre y cuando los ciudadanos se unan, participen, sumen el esfuerzo y demuestren que el mayor orgullo que tenemos es llamarnos mexicanos, porque ese, ese es el principio y fin de todo el esfuerzo, nuestra soberanía en justicia y libertad, hacer realidad esos objetivos es, precisamente, la propuesta de esta reflexión que se pone a su consideración y crítica, la democracia republicana, ni estado ni mercado, una alternativa ciudadana, podemos hacerlo juntos, unos desde el terreno de las ideas, otros en el de la acción y el compromiso cotidiano, pero todos juntos, como entrañables hermanos de Aguascalientes y como orgullosos hijos mexicanos”. Aplausos, ¡Viva Aguascalentesn!, qué remedio.

La presentación acaba con Salinas saliendo por la puerta de atrás, no vaya a ser que se tope con los manifestantes en la plaza. Cuando abren las puertas del Museo Posada se descubre la naturaleza del ruido que rondó la presentación, cinco hombres disfrazados de Salinas, cinco disfrazados de reos que bailan megáfono en mano, al ritmo de Jefe de Jefes que se repite una y otra y otra vez hasta que pierde sentido la protesta.

Hace mucho rato que Carlos Salinas de Gortari se desvaneció en una de las camionetas, de la puerta trasera a quién sabe dónde. Los manifestantes, encabezados por Fernando Alférez disfrazado, siguen con su baile. Si la presentación del libro fue deplorable, el nivel de nuestro rechazo no se queda atrás, mientras los últimos invitados salen del museo, Alférez grita: “Ya se me bajaron los pantalones, que me los venga a subir Gustavo Granados. Ya se me bajaron los pantalones, a ver si me los viene a subir aunque sea Mario Guevara Palomino, el diputado de mayor peso en nuestro Congreso”. Triste pero así es, quizá sólo queda decir eso: ya nos bajaron los pantalones, quizá.



Publicado en La Jornada Aguascalientes (13/01/2011)

enero 09, 2011

perdón por intolerarlos: máximas y mínimas

Perdón por intolerarlos
Máximas y mínimas

Viernes 15 de julio de 1867, Benito Juárez dirige un discurso al Congreso de la Unión: “El gobierno nacional vuelve hoy a establecer su residencia en la ciudad de México, de la que salió hace cuatro años. Llevó entonces la resolución de no abandonar jamás el cumplimiento de sus deberes tanto más sagrados, cuanto mayor era el conflicto de la nación. Fue con la segura confianza de que el pueblo mexicano lucharía sin cesar contra la inicua invasión extranjera, en defensa de sus derechos y de su libertad. Salió el gobierno para seguir sosteniendo la bandera de la patria, por todo el tiempo que fuera necesario, hasta obtener el triunfo de la causa santa de la independencia y sus instituciones de la República”.

En ese discurso es donde Juárez pronuncia su frase más célebre, cerca del final se dirige a los mexicanos y pide: “Encaminemos ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y consolidar los beneficios de la paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República.

“Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz.

“Confiemos en que todos los mexicanos aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de las calamidades de la guerra, cooperaremos en lo de adelante al bienestar y a la prosperidad de la nación, que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes y con la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo”.

Cuatro días más tarde, Maximiliano de Habsburgo pregunta: “¿No se permite darles esto?”, un oficial le responde que sí, Maximiliano se acerca a los soldados y da a cada uno una moneda, una onza de oro de 20 pesos. A las 7:05 lo fusilan en el Cerro de las Campanas.

La máxima de Juárez se encuentra en todas partes, para empezar, en el muro de honor del palacio legislativo, sobre una superficie de cantera, en letras de bronce dorado, como si fueran sus últimas palabras. En cambio, de Maximiliano no existe una constancia cierta de que haya aprovechado los instantes previos al fusilamiento para quedar inscrito en la memoria histórica. Algunas versiones señalan que su deseo postrero fue que le entregaran a su esposa un reloj que contenía su retrato, que pidió mandar el recuerdo a Europa: “dígale que mis ojos se cierran con su imagen que llevaré al más allá. Lleven esto a mi madre y díganle que mi último pensamiento ha sido para ella”. Otras versiones indican que antes de alcanzar la muerte tuvo tiempo de mencionar: “Perdono a todos y pido a todos que me perdonen y que mi sangre, que está a punto de ser vertida, se derrame para el bien de este país; voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”.

En el libro La Reforma y el Segundo Imperio, Agustín Rivera recoge el testimonio de Manuel Soria y Breña (gobernador de la mitra de Querétaro y obispo que atendió la confesión de Maximiliano) sobre lo que ocurrió ese día en el Cerro de las Campanas, no dice nada acerca de las últimas palabras del emperador, sólo la solicitud de permiso para regalar a cada soldado una moneda con su busto; si hubo otras las acalló el sonido de tambores y cornetas, los gritos de “Muera el Imperio” y “Viva la República”.

Hoy, junto a la máxima de Juárez, no hay lugar para una acotación mínima de Maximiliano, no sólo por lo evidente: la importancia de una República restaurada, el derrocamiento del segundo imperio mexicano y lo irrelevante de la pregunta, además, la memoria nunca alcanza para los vencidos, rápidamente se les coloca en el estante de traidores, fracasados, ahí donde se omite cualquier logro, donde las tareas o acciones a favor de la construcción de una nación se relegan, donde las figuras de la historia se opacan, ahí esperan a ser borrados de los himnos, como Antonio López de Santa Anna o Agustín de Iturbide, porque es más fácil lidiar con el blanco y negro, con el buenos contra malos a intentar la comprensión de una figura compleja, como Porfirio Díaz, siempre el tirano casi nunca el joven revolucionario o el impulsor del ferrocarril, entre muchas otras cosas que estorban a la enseñanza maniquea de la historia.

Se podría buscar una frase de Maximiliano para colocar en el muro de honor, ahí están sus aforismos (Máximas mínimas de Maximiliano. CNCA/Tumbona ediciones, 2005) donde incluso es posible encontrar una respuesta a la frase de Juárez: “No merece respeto quien no sabe inspirarlo”.

En el epílogo al libro de aforismos de Maximiliano, Luigi Amara propone: “La historia recuerda al emperador extranjero engañado por los conservadores de México y olvidado por los altos mandos de Europa; nosotros creemos que debería recordar también al pensador y al estilista.” A mí la idea de colocar la frase me gusta no sólo por lo que señala Amara, me atrae la noción de matiz y contrapeso.

Un recordatorio permanente de que la historia no es blanco y negro, que el contraste de los matices contrarrestara (aunque fuera mínimamente) la tendencia al descuido que sufren las cosas que vemos todos los días. No es que pida la misma difusión de la que goza el Benemérito de las Américas para el barbado austriaco, pero sí una lectura de las frases que colocó en la última parte de su libro Recuerdo de mi vida, que los legisladores, por ejemplo, se dieran a la tarea de leer ese apéndice para encontrarse con sentencias como: “Vencer las pasiones es el primer paso en el arte de gobernar”, o esta otra se podría colocar en las salones donde sesionan las comisiones legislativas: “En política no debe creerse nunca que lo que ayer era bueno deba serlo todavía hoy. Las situaciones cambian de un momento a otro y es necesario, sobre todo, como en el tratamiento de una enfermedad, establecer bien el diagnóstico y escoger, de conformidad con él, el método curativo”, para la entrada a cada oficina de diputado y senador: “Los pueblos no han sido creados para los soberanos, sino los soberanos para los pueblos”, o bien, a la entrada del estacionamiento: “Las pequeñas ambiciones hacen caer a los que las abrigan bajo el yugo de los hombres más hábiles”.

Personalmente, seguiré apostando por “No merece respeto quien no sabe inspirarlo”, se transformaría (al menos por un tiempo) en un comentario que fortalecería la frase de Juárez. Sí, por supuesto, “el respeto al derecho ajeno es la paz”, pero de tanto brillo broncíneo ya no se ve, pierde significado, colocar la frase de Maximiliano a un costado, arriba o abajo, no en bronce, una apostilla que recordara todo el tiempo lo que significa el servicio público, que son representantes, no soberanos, que el puesto se gana (es un decir) en las elecciones pero es indispensable mantenerlo a través del diario proceder, de una conducta que inspire.

Claro, es sólo un buen deseo, no ocurrirá, como apuntó Maximiliano, también “Nosotros vivimos en el siglo de la mentira coronada”, no hay nada en las mínimas del emperador que sirva para el propósito de nuestros legisladores, sus aforismos no tienen el punch del lema comercial, no contienen la promesa de que volverá el progreso o que la misma y revolcada gata es nueva, no sirven para ser oposición que acusatoria apunta a lo que como gobierno hizo, los panistas no podrían usar las sentencias en su propaganda para acusar a los priístas de lo que aprueban en las cámaras, se vería mal en el catálogo de venta de Nueva Alianza o el Verde Ecologista, tampoco sirve la escritura del esposo de Carlota para los remedos de izquierda que son Convergencia, el PT y el PRD.

Quizá, sólo quizá, los aforismos de Maximiliano, al menos “No merece respeto quien no sabe inspirarlo” sólo sirvan al ciudadano común cuando busque una forma elegante para sustituir la mentada de madre.



Publicado en La Jornada Aguascalientes (09/01/2011)

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