diciembre 05, 2011

Borgues y las nimiedades


Perdón por intolerarlos
Borgues y las nimiedades
Así inicia El Hacedor de Jorge Luis Borges: “Nunca se había demorado en los goces de la memoria Las impresiones resbalaban sobre él, momentáneas y vívidas”; una declaración de Enrique Peña Nieto se acerca a esa descripción, la hizo cuando le preguntaron acerca de los libros que han cambiado su vida y, dueño de sí, contestó colocando en su justa medida lo que le significa la lectura: “Pues, he leído varios, desde novelas, que me gustaron en lo particular. Difícilmente me acuerdo del título de los libros”, luego indicó que en la adolescencia había leído la Biblia, no toda, aclaró, “pero sí algunas partes”, para enseguida confundir nombres y autores, decir que La silla del águila de Carlos Fuentes es de Enrique Krauze y olvidar el título de El seductor de la patria de Enrique Serna.
Mientras su asesor, Luis Videgaray, le hacía señas para que cortara la respuesta y no hiciera más el ridículo, Peña Nieto cambio la pregunta para responder que realmente no podría señalar un libro que hubiera marcado su vocación de manera específica, y agregó sobre su gusto como lector que disfruta “sin duda, los que tienen que ver con la novela política, la novela histórica, son de mi particular agrado. Lo último que estoy leyendo es una novela sobre la inoportuna muerte del Presidente, que no he terminado de leer, pero, ¿sí se llama así? ¿La Inoportuna Muerte del Presidente? ¿No?”, aunque lo que más disfruta es “la parte de la historia de México. Meterme a veces a la parte novelada y a veces no, con mayor contenido biográfico sobre los personajes que han realmente llenado la trayectoria del país”.
¿Grave? Realmente no, sólo risible. El traspié del precandidato priísta es una más de las declaraciones estúpidas que escucharemos a lo largo de la campaña, sólo muestra la superficialidad de su capacidad lectora, pues de las novelas prefiere, como la Chimoltrufia,  a veces sí y a veces no la parte novela de la historia. Sí, Peña Nieto hizo las declaraciones en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una de las más importantes del mundo, rodeado de lectores, tras presentar el libro que supuestamente él escribió (México, la gran esperanza) y que contiene sus propuestas para alcanzar una “democracia de resultados” a través de un “Estado eficaz”.
No es grave su declaración (insisto en lo de risible) porque en el fondo refleja la actitud de millones de otros mexicanos a los que tiene sin cuidado la lectura, ese promedio nacional de lectura que no alcanza ni a dos libros por año por persona. En la expresión de Peña Nieto están todos esos otros ciudadanos que muestran el fracaso del sistema educativo y las campañas para fomentar la lectura. Podemos burlarnos todo lo que queramos del precandidato, hacer chistes ingeniosos sobre su condición lectora, tristemente, sucederá lo mismo que con las declaraciones de Vicente Fox acerca de la nacionalidad y nombre de Jorge Luis Borges: se volverá una anécdota más de la historia nacional de las nimiedades, no habrá consecuencias que impacten verdaderamente el desarrollo de las elecciones, ni las propuestas de gobierno.
No tenemos los políticos que merecemos, tenemos los que soportamos. La respuesta de Peña Nieto está al nivel de quien elaboró la pregunta, sacó la nota del día y a otra cosa mariposa. ¿En verdad a alguien le importa qué leen los gobernantes? Lo dudo, para empezar ni a ellos mismos, mucho menos a quienes representan. Mientras sigamos viendo la lectura como un símbolo de status cultural, como una vía para ser “mejores personas” (cualquier cosa que eso signifique, pero sobre todo desde el punto de vista de un ser social que representa los aspectos más conservadores de las buenas maneras) y no como un placer, cualquier cosa que hagan los gobiernos por fomentar el gusto por la lectura se quedará en la superficie, es decir, libros publicados para ser olvidados en las bodegas o bajo candado en las bibliotecas de aula, millares de ejemplares que no logran encontrar a sus lectores.
La escena de la declaración de Peña Nieto durante la FIL sirve como retrato fiel de lo que sucede en el país: un suspirante que no va preparado, era obvio que le preguntarían sobre libros, ¿de veras no lo considero?, un candidato que sabe que puede decir cualquier cosa mientras al final del día pueda hacer una corrección, y una masa crítica que pasa de largo ante la nimiedad, a la que tiene sin cuidado lo que el priísta pueda o no decir, y al fondo, la posibilidad de hacer chistes sobre las minucias, porque parece que el humor es lo único que nos queda.
Triste. Somos un país con poco más de un libro al año en promedio, si gana el priísta nos gobernará un lector al que se le olvidan los títulos y se apantalla con los personajes que “llenan” la historia, un lector superficial que se queda en la anécdota y es incapaz de desentrañar y disfrutar todo lo que una novela puede dar.
Como a El Hacedor de Borges, a Peña Nieto se le resbalan las impresiones, a estas alturas, en el war room del precandidato, ya se consideraron los daños por su declaración y, seguramente, le dijeron que con mandar una disculpa por Twitter bastaba. Ya lo hizo, puede seguir con sus planes. Mientras tanto, los espectadores y futuros votantes, tenemos un huesito para roer durante los siguientes días, una menudencia para darle vuelo al ingenio. Seguirán pendientes las consecuencias.

Publicado en LaJornada Aguascalientes (05/12/2011)

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