Perdón por intolerarlos
Borgues
y las nimiedades
Así inicia El Hacedor de Jorge Luis Borges: “Nunca
se había demorado en los goces de la memoria Las impresiones resbalaban sobre
él, momentáneas y vívidas”; una declaración de Enrique Peña Nieto se acerca a
esa descripción, la hizo cuando le preguntaron acerca de los libros que han
cambiado su vida y, dueño de sí, contestó colocando en su justa medida lo que le
significa la lectura: “Pues, he leído varios, desde novelas, que me gustaron en
lo particular. Difícilmente me acuerdo del título de los libros”, luego indicó
que en la adolescencia había leído la Biblia, no toda, aclaró, “pero sí algunas
partes”, para enseguida confundir nombres y autores, decir que La silla del águila de Carlos Fuentes es
de Enrique Krauze y olvidar el título de El
seductor de la patria de Enrique Serna.
Mientras su
asesor, Luis Videgaray, le hacía señas para que cortara la respuesta y no
hiciera más el ridículo, Peña Nieto cambio la pregunta para responder que
realmente no podría señalar un libro que hubiera marcado su vocación de manera
específica, y agregó sobre su gusto como lector que disfruta “sin duda, los que
tienen que ver con la novela política, la novela histórica, son de mi
particular agrado. Lo último que estoy leyendo es una novela sobre la
inoportuna muerte del Presidente, que no he terminado de leer, pero, ¿sí se
llama así? ¿La Inoportuna Muerte del
Presidente? ¿No?”, aunque lo que más disfruta es “la parte de la historia
de México. Meterme a veces a la parte novelada y a veces no, con mayor
contenido biográfico sobre los personajes que han realmente llenado la trayectoria
del país”.
¿Grave?
Realmente no, sólo risible. El traspié del precandidato priísta es una más de
las declaraciones estúpidas que escucharemos a lo largo de la campaña, sólo
muestra la superficialidad de su capacidad lectora, pues de las novelas
prefiere, como la Chimoltrufia, a veces
sí y a veces no la parte novela de la historia. Sí, Peña Nieto hizo las
declaraciones en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, una de las
más importantes del mundo, rodeado de lectores, tras presentar el libro que
supuestamente él escribió (México, la
gran esperanza) y que contiene sus propuestas para alcanzar una “democracia
de resultados” a través de un “Estado eficaz”.
No es grave su
declaración (insisto en lo de risible) porque en el fondo refleja la actitud de
millones de otros mexicanos a los que tiene sin cuidado la lectura, ese
promedio nacional de lectura que no alcanza ni a dos libros por año por
persona. En la expresión de Peña Nieto están todos esos otros ciudadanos que muestran
el fracaso del sistema educativo y las campañas para fomentar la lectura.
Podemos burlarnos todo lo que queramos del precandidato, hacer chistes
ingeniosos sobre su condición lectora, tristemente, sucederá lo mismo que con
las declaraciones de Vicente Fox acerca de la nacionalidad y nombre de Jorge
Luis Borges: se volverá una anécdota más de la historia nacional de las nimiedades,
no habrá consecuencias que impacten verdaderamente el desarrollo de las
elecciones, ni las propuestas de gobierno.
No tenemos los
políticos que merecemos, tenemos los que soportamos. La respuesta de Peña Nieto
está al nivel de quien elaboró la pregunta, sacó la nota del día y a otra cosa
mariposa. ¿En verdad a alguien le importa qué leen los gobernantes? Lo dudo,
para empezar ni a ellos mismos, mucho menos a quienes representan. Mientras
sigamos viendo la lectura como un símbolo de status cultural, como una vía para
ser “mejores personas” (cualquier cosa que eso signifique, pero sobre todo
desde el punto de vista de un ser social que representa los aspectos más
conservadores de las buenas maneras) y no como un placer, cualquier cosa que
hagan los gobiernos por fomentar el gusto por la lectura se quedará en la
superficie, es decir, libros publicados para ser olvidados en las bodegas o
bajo candado en las bibliotecas de aula, millares de ejemplares que no logran
encontrar a sus lectores.
La escena de la
declaración de Peña Nieto durante la FIL sirve como retrato fiel de lo que
sucede en el país: un suspirante que no va preparado, era obvio que le
preguntarían sobre libros, ¿de veras no lo considero?, un candidato que sabe
que puede decir cualquier cosa mientras al final del día pueda hacer una
corrección, y una masa crítica que pasa de largo ante la nimiedad, a la que
tiene sin cuidado lo que el priísta pueda o no decir, y al fondo, la
posibilidad de hacer chistes sobre las minucias, porque parece que el humor es
lo único que nos queda.
Triste. Somos un
país con poco más de un libro al año en promedio, si gana el priísta nos gobernará
un lector al que se le olvidan los títulos y se apantalla con los personajes
que “llenan” la historia, un lector superficial que se queda en la anécdota y
es incapaz de desentrañar y disfrutar todo lo que una novela puede dar.
Como a El Hacedor de Borges, a Peña Nieto se le
resbalan las impresiones, a estas alturas, en el war room del precandidato, ya se consideraron los daños por su
declaración y, seguramente, le dijeron que con mandar una disculpa por Twitter
bastaba. Ya lo hizo, puede seguir con sus planes. Mientras tanto, los
espectadores y futuros votantes, tenemos un huesito para roer durante los
siguientes días, una menudencia para darle vuelo al ingenio. Seguirán
pendientes las consecuencias.
Publicado en LaJornada Aguascalientes (05/12/2011)

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