
Perdón por intolerarlos
Rehenes
El otro se vuelve el enemigo, al que encarna todos los males, se simplifica a tal grado que de un lado quedan los buenos y del otro los malos, entre ambos la incapacidad de llegar a acuerdo alguno porque no hay diálogo posible.
En este ambiente recurrir a la violencia es lo más sencillo, se desatan campañas que con base en el miedo y el odio incitan a atacar a los otros. En las redes sociales, espejo fiel de los excesos, circulan llamados a actuar sin piedad en contra de funcionarios… Es posible que muchas de esos intentos tengan un propósito sano, que auxilien a la transparencia y rendición de cuentas. Exhibir el dispendio, exigir cuentas claras, una comunicación abierta con la ciudadanía no podría ser una estrategia equivocada, sin embargo, cuando el discurso se basa en el odio, si prevalece el insulto sobre los argumentos, se cancela la utilidad de estas iniciativas.
Ejemplos tristísimos sobran, desde la convocatoria a matar diputados hasta los comentarios salvajes ante el fallecimiento de un político. Esas convocatorias, además de cerriles hacen un uso perturbador de otro elemento que suele acompañar al odio: el miedo.
Lo peor de ser rehenes del miedo es que se atrofie la capacidad de actuar.
Hace unos días presencie una extorsión telefónica, a un compañero de trabajo le llamaron a su celular para decirle que tenían secuestrado a su hijo. Las llamadas eran constantes, el tono vulgar, amenazador. El extorsionador amenazaba con golpear a su hijo. El hombre estaba devastado, temblaba, escuchaba en su escritorio las llamadas, incapaz de hacer otra cosa que dejarse llevar por el miedo. Absolutamente comprensible.
El temor a perder a los seres queridos es uno de esos miedos inclasificables, comprendí su parálisis. Lo que no entendí es la actitud de quienes lo rodeábamos. En medio de la oficina estaba el extorsionado, contemplado por un grupo que, básicamente, se dividía en dos: los testigos mudos y los de iniciativas disparatadas. Los primeros se dedicaron a contemplar con temor el desarrollo de los hechos. Los segundos, menos pero quizá más peligrosos estorbaron con sus brillantes ideas: alguien perdió su tiempo buscando el teléfono directo del titular de la Policía Estatal, creyente en esa cultura del amiguismo; otro solicitaba la cuenta de Facebook del supuesto secuestrado para mandar una alerta, otro más, morboso, llamaba al silencio para poder escuchar la agresión del supuesto secuestrador.
La guía de prevención de la Secretaría de Seguridad Pública (http://tiny.cc/m8ano) señala algunas acciones básicas ante la extorsión: mantener la calma, usar el tiempo en localizar al ser querido, anotar las características de la persona que llama, actuar: denunciar.
Marqué al 066 para solicitar ayuda, porque ese es el fin de esa línea, porque es en esos momentos cuando se debe acudir a la autoridad. La atención fue eficiente, rápida, de forma inmediata aconsejaron sobre lo que tenía que hacer, a dónde dirigirse, con quién.
Hace poco otro amigo también fue víctima de una extorsión telefónica. A nadie se le desea ese tiempo de angustia y espera dolorosísima en que se descubre que se está siendo expuesto a una trampa. En los dos casos que comento considero que se dejó pasar demasiado tiempo hasta antes de acudir a la autoridad y no puedo dejar de ligarlo con este ambiente de polarización, producto de una falta de confianza hacia las autoridades.
Algunos datos terribles del Consejo para la Ley y los Derechos Humanos, A.C. dan cuenta de lo que genera esta falta de confianza:
Cada 24 horas se intentan 6,700 extorsiones. Hasta diciembre 2010 se intentaban 6,179 extorsiones. El 31% de los afectados paga la extorsión, siendo las amenazas de supuestos Zetas y La Familia Michoacana, las que mayor impacto generan y por lo tanto las que más ingresos producen a los delincuentes.
Se ha detectado un incremento del 2% de bandas de extorsionadores que operan fuera de los penales, es decir, el 7% de las extorsiones son realizadas por personas en libertad.
Del 2001 al 2011 los extorsionadores han obtenido más de 978 millones de pesos a nivel nacional.
Se emplean más de 715 mil celulares, el 52% son originarios del D.F. y se ha detectado que el 7% son de los Estados Unidos, es decir, hay personas en libertad operando desde el país vecino. Incluso hay reos en la ciudad de México que operan con celulares correspondientes a Michoacán, Puebla, Sonora, Tabasco y Durango.
De 916 bandas que operaban en los penales, hoy se sabe que siguen operando 853. El 90% lo hace desde penales capitalinos.
En 10 años se han intentado más de 21, 800,000 extorsiones.
Se emplean entre 80 minutos a 7 horas para obtener el pago de la víctima. Los casos en los que se ha empleado hasta 7 horas, la extorsión se realizó durante varias llamadas por un promedio de 4 días de acoso contra la misma víctima.
Es obvio que cuando uno no es el afectado se pueden pasar por sensato porque no se es rehén del miedo, sin embargo creo que no se trata de dar consejos, sino de verdaderamente ayudar, es decir, actuar. La autoridad tiene la obligación de auxiliar en estos casos, para eso está, nosotros tenemos el derecho de buscar esa ayuda. Un mundo polarizado, donde se niega al otro, donde no se cree en las instituciones, nos paraliza, nos deja a la deriva, rehenes del miedo y solos, sin nadie a quién acudir.
Publicado en La Jornada Aguascalientes (14/11/2011)
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