Como este acto se encamina a su final y ya queda poco tiempo, les
diré brevemente que me siento muy honrado por el premio que me dan; que no
pienso que lo merezca; que este diploma lo guardaré en mi casa con orgullo; y
que los ciento cincuenta mil dólares que lo acompañan se los doy, por partes
iguales, a dos asociaciones caritativas de México: los “Amigos de los
Animales”, de la señora Martha Alarcón de la ciudad de Jalapa; y los “Animales
Desamparados”, de la señora Patricia Rico de la ciudad de México. En mi
encuentro del lunes con los jóvenes universitarios que tendrá lugar en esta
misma sala, se los entregaré a las señoras.
Habría preferido que esos dólares se los hubiera dado la FIL
directamente a ellas sin pasar por mí, porque cuando tomo dinero me tengo que
lavar las manos, pero no pudo ser por razones burocráticas. Eso de la lavada de
las manos es una manía que me viene de la infancia, de la educación familiar.
Cada que cogíamos una moneda, mi mamá nos decía: “Vaya lávese las manos m’hijo,
que tocó plata”. (Allá a los niños les hablan de “usted”.) De unos niños educados
así, ¿qué se podía esperar? Puros pobres. Me hubieran educado en la escuela del
PRI, y hoy estaría millonario. ¡Pero qué iba a haber allá PRI! Medellín era una
ciudad encerrada entre montañas, lejos del mundo y sus adelantos. Y mi mamá
viendo microbios por todas partes como si fuera bacterióloga. No. Era una
señora de su casa entregada a la reproducción como quiere el papa, una santa.
¡Cómo la hicimos sufrir! Muy merecido. ¡Quién la mandó a tener hijos!
De México supe por primera vez de niño, una noche de diciembre
próxima a la navidad, lo recuerdo muy bien. Estábamos en el corredor delantero
de Santa Anita, la finca de mis abuelos, con mis abuelos,
rezando la novena del Niño Dios. Entonces éramos pocos, cinco o seis, aunque
después fuimos muchos. Mis papás tenían instalada en Medellín una fábrica de
niños: niños carnívoros que alimentaban con costales de salchichas, unos
demonios, unas fieras, todos contra todos, mi casa era un manicomio, el
pandemónium. El papa, Pío Doce, les mandó de Roma un diploma que un vecino nos
compró en la Via della Conciliazione con indulgencia plenaria (que costaban más), para que se fueran
los dos derechito al cielo sin pasar por el purgatorio por haber fabricado
tanto niño que se les habrían de reunir todos allá a medida que el Señor los
fuera llamando. ¡Qué nos iba a llamar! Nos hemos ido yendo de uno en uno a los
infiernos y el que nos llamó fue Satanás.
Santa Anita estaba entre los pueblos de Envigado y Sabaneta, en la mitad de la
carretera que los une, a ocho kilómetros de Medellín, lejísimos. Hagan de
cuenta saliendo de la Ciudad de México camino de Tlanepantla. Teníamos que ir
en carro, en el Ford de mi papá. Si no, habríamos podido ir en burro: en la
burrita de la canción de Ventura Romero: “Arre que llegando al caminito,
achimichú, achimichú. Arre que llegando al caminito, achimichú, achimichú”.
Tarata tata tara tara tata tata tara tara tata tata tara tata tá. “¡Burra!
¡Burra! Ya vamos llegando a la Mesa de Cacaxtla. ¡Burra! Arre que llegando al
caminito, achimichú, achimichú a mi burrita y aunque vaya enojadita porque no
le di su alfalfa porque no le di su máiz”. ¡Qué raro! También en Antioquia
decíamos “máiz”! Antioquia es hagan de cuenta Jalisco. El disco de la burrita
lo trajeron mis papás de México esa noche. En setenta y ocho revoluciones que
era los que había entonces. Una aguja gruesa iba de surco en surco tocándolos
(los surcos que abrían en la tierra las yuntas de bueyes roturando los campos
de Sayula hace cien años, cuando pasó por aquí mi paisano el poeta Porfirio
Barba Jacob), y de tanto tocarlos uno los discos se rayaban y la aguja se
atascaba en el rayón, y seguía tocando lo mismo, lo mismo, lo mismo. “Pobrecita
mi burrita ya no quiere caminar, da unos pasos p’adelante, otros pasos para
atrás…” El disco me sigue resonando desde entonces, atascado, en mi corazón
rayado.
Venían de México por el camino de entrada de Santa Anita en dos carros, con los faros rompiendo la oscuridad. Pero en el
corredor nosotros no estábamos a oscuras, no: iluminados. ¡Cómo íbamos a rezar
a oscuras la novena del Niño Dios! Además en Medellín ya había luz eléctrica.
Yo seré viejo pero no tanto. Yo soy posterior al radio y al avión. El que sí me
tocó ver llegar fue el televisor, la caja estúpida. Estaban también encendidas
esa noche las luces del pesebre, el nacimiento, donde nacía en lo alto de una
montaña el Niño Dios. Lucecitas verdes, rojas, azules, amarillas, de todos los
colores. Nos íbamos ya a dormir cuando llegaron. Venían cargados de juguetes.
Maromeros de cuerda que daban volteretas en el aire… Jeeps con llantas de
caucho, o sea de hule… Sombreros de charro para niños y para viejos… Una foto
de mis papás en La Villa manejando avión. Las trescientas sesenta y cinco
iglesias de Cholula. Un tren eléctrico. La Virgen de Guadalupe. Pocas veces he
visto brillar tan fuerte, enceguecedora, la felicidad. Y con el disco de
Ventura Romero de la burrita traían, en el álbum de las maravillas, a José
Alfredo Jiménez y a Rubén Méndez: “Ella”, “Pénjamo”, y ese “Senderito” que me
rompe el alma cantado por Alfredo Pineda, que fue el que amó Medellín. Y al más
grande de todos, Fernando Rosas, de Jerónimo de Juárez, Estado de Guerrero, el
de la “Carta a Eufemia”: “Cuando recibas esta carta sin razón, Ufemia, ya
sabrás que entre nosotros todo terminó, y no la des en recibida por traición,
Ufemia, te devuelvo tu palabra, te la vuelvo sin usarla, y que conste en esta
carta que acabamos de un jalón”. ¡Muy bien dicho, tocayo, a la China con la
méndiga! El fraseo perfecto, la dicción perfecta, y eso que mi tocayo era de
Guerrero y cuando hablaba no podía pronunciar las eses. Y las trompetas
burlonas detrás de él haciendo jua, jua, jua, en el registro bajo, riéndose de
mí y del mundo, y detrás de ellas punteando, siguiéndolas como unos gordos
cojos, los guitarrones: do, sol; do, sol; do, sol. Tónica, dominante; tónica,
dominante; tónica, dominante. Sólo eso van diciendo, pero sin ellos no hay
mariachi, como sin muerto no hubo fiesta.
¡Ah se me olvidaba Chava Flóres, el compositor, el genio de los
genios, amigo de mi tocayo Fernando Rosas! Juntos echaron a rodar por el mundo
“Peso sobre peso”, la canción más burlona: “Mira, Bartola, ái te dejo estos dos
pesos. Pagas la renta, el teléfono y la luz. De lo que sobre, coges d’iái para
tu gasto. Guárdame el resto pa comprarme mi alipús”. Ta ra ta ta ta tán. Ésa
era la que le cantaba todavía a México el PRI cuando llegué de Nueva York hace
cuarenta años. Y se la siguió cantando otros treinta, hasta ajustar setenta,
cuando los tumbó mi gallo. ¡Qué noche tan inolvidable aquella cuando lo dijeron
por televisión! Tan esplendorosa, o casi, como la de la finca Santa Anita de que les he hablado. Fernando Rosas murió joven, una noche, allá
por 1960, en Acapulco. Lo mataron por defender a un borracho al que estaba
apaleando la policía. Fernando Rosas, tocayo, paisano, te mató la policía de
Acapulco, los esbirros del presidente municipal. La siniestra policía del PRI,
semillero de todos los cárteles de México.
Mi gallo era un gallo con botas. No bien subió al poder y se
instaló en Los Pinos, se infló de vanidad y se transformó en un pavorreal, y el
pavorreal en un burro, y la quimera de gallo, pavorreal y burro empezó a
rebuznar, a rebuznar, a rebuznar, día y noche sin parar, hasta que ajustó seis
años, cuando se le ocurrió, como a Perón con Evita o con Isabelita, que podía
seguir rebuznando otros seis a través de su mujer. No se le hizo, no pudo ser.
Hoy de vez en cuando rebuzna, pero poco, y lo critican. ¡Por qué! Déjenlo que
rebuzne, que se exprese, que él también tiene derecho. Yo soy defensor de los
animales. Yo quiero a los burros, a los pavorreales, a los perros, a los
gallos. Cuando estoy cerca de ellos se me calma unos instantes el caos de
adentro y creo sentir lo que llaman la paz del alma.
Yo venía pues de Nueva York, una ciudad de nadie, un hormiguero
promiscuo que nunca quise, y de un país que tampoco, plano, soso, lleno de
gringos ventajosos y sin música. Los anglosajones no nacieron para la música:
se enmarihuanan y con una guitarra eléctrica y un bombo hacen ruido. Mi primera
noche en México, en la plaza Garibaldi, ¡cómo la voy a olvidar! Cien mariachis
tocando cada cual por su lado en un caos hermoso. Todo lo que tocaban me lo
sabía. Y más. Yo sabía de boleros y rancheras lo que nadie. Entré al Tenampa.
¿La hora? Diez de la noche. Me sentía como un curita de pueblo tercermundista
entrando al Vaticano por primera vez, y que se arrodilla para comulgar. Yo
también comulgué, pero con tequila. Desde un mural de una pared enmarcado por
unos tubos fluorescentes de colores me miraba José Alfredo, y en la noche del
Tenampa brillaba el sol de México. “¿Qué más va a tomar, joven?”, me preguntó
el mesero. “Otro”. Entonces sí estaba joven, pero hoy me siguen preguntando
igual: “¿Qué va a tomar joven?” ¡Cómo no va a ser maravilloso un país donde la
gente ve tan bien!
Y el amanecer, mi primer amanecer, ¡qué amanecer! Había llegado a
un hotelito viejo, pobre, del centro, de altos techos, fresco, de otros
tiempos, el más hermoso en que haya estado. Me despertaron las campanas y los
gallos. ¿Tañido de campanas? ¿Canto de gallos? ¡Claro, los gallos de las
azoteas y las campanas de las iglesias, y el sol entrando por mi ventana! ¡Y yo
que venía del invierno de Nueva York donde amanecía a las diez y oscurecía a
las cuatro y se me achicaba el alma! Salí a la calle, al rumor envolvente de la
calle. México vivo, el del pasado más profundo, el eterno, el mío, el que se ha
detenido en mi recuerdo, el de siempre, el que no cambia, el que no pasa, el de
ayer. “¿En qué estás pensando, México? ¿A quién quieres para quererlo? ¿A quién
odias para odiarlo?” Inescrutable. Ni una palabra. Jamás me contestó. Entonces
aprendí a callar. Y han pasado cuarenta años desde esa noche en el Tenampa y
ese amanecer en ese hotelito de la calle de Isabel la Católica y esa mañana
soleada, y me fui quedando, quedando, quedando, y aquí he escrito todos mis
libros y hoy me piden que hable, pero como México calla, yo tampoco pienso
hablar. Sólo para decirles que me siguen resonando en el alma unas canciones.
Yo digo que la muerte no es tan terrible como se cree. Ha de ser
como un sueño sin sueños, del cual simplemente no despertamos. Yo no la pienso
llamar. Pero cuando llegue y llame a mi puerta, con gusto le abro.
Nadie tiene la obligación de hacer el bien, todos tenemos la obligación
de no hacer el mal. Y diez mandamientos son muchos, con tres basta:
Uno, no te reproduzcas que no tienes derecho, nadie te lo dio; no
le hagas a otro el mal que te hicieron a ti sacándote de la paz de la nada, a
la que tarde que temprano tendrás que volver, comido por los gusanos o las
llamas.
Dos, respeta a los animales que tengan un sistema nervioso
complejo, como las vacas y los cerdos, por el cual sienten el hambre, el dolor,
la sed, el miedo, el terror cuando los acuchillan en los mataderos, como lo
sentirías tú, y que por lo tanto son tu prójimo. Quítate la venda moral que te
pusieron en los ojos desde niño y que hoy te impide percibir su tragedia y su
dolor. Si Cristo no los vio, si no tuvo ni una palabra de amor por ellos, ni
una sola (y búscala en los evangelios a ver si está), despreocúpate de Cristo,
que ni siquiera existió. Es un burdo mito. Nadie puede probar su existencia
histórica, real. Tal vez aquí el cardenal Sandoval Íñiguez…
Y tres, no votes. No te dejes engañar por los bribones de la
democracia, y recuerda siempre que: que no hay servidores públicos sino
aprovechadores públicos. Escoger al malo para evitar al peor es inmoral. No
alcahuetees a ninguno de estos sinvergüenzas con tu voto. Que el que llegue
llegue respaldado por el viento y por el voto de su madre. Y si por la falta de
tu voto, porque el día de las elecciones no saliste a votar un tirano se
apodera de tu país, ¡mátalo!
A Jorge Volpi le agradezco el dictamen tan generoso que ha leído,
y a Juan Cruz sus adjetivos. Querido Juan: ya sé que si hubieras tenido más
tiempo me habrías puesto más, siquiera unos quinientos. No importa. Con los que
me alcanzaste a dar me conformo.
Algunos amigos vinieron desde muy lejos a Guadalajara a
acompañarme. Me siento muy contento de estar hoy con ustedes en esta Feria tan
hermosa, que pronto se llenará de niños y de jóvenes, y de haber vuelto a
Jalisco, la tierra de Rulfo, donde los muertos hablan.
Fuente: http://www.fil.com.mx/hist_premiofil/2011_disc.html
Fuente: http://www.fil.com.mx/hist_premiofil/2011_disc.html
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