noviembre 08, 2011

De todo corazón

Perdón por intolerarlos

De todo corazón

Jamás hay que creerle a quien asegure algo con una mano en el corazón.

Georg Christoph Lichtenberg

A pesar de lo que opinen los compositores de baladas románticas y una añeja tradición literaria de concederle al corazón un lugar preponderante en la toma de decisiones, más allá de la facilidad con que se acude a la imagen (por simple) de atender los latidos del pecho para determinarse a realizar una acción, de una historia viejísima en la que los problemas se afrontan (y se solucionan para bien) a partir de atender los dictados del corazón, en la vida pública, no debería ser motivo de discurso. Nada más ramplón que un suspirante a cargo público aduciendo que quiere llegar a la silla, curul o puesto para hacer las cosas de todo corazón.

Sí, es el órgano central de la circulación de la sangre, gracias a él se distribuye por todo el cuerpo, sin él la vida no sería posible (como sin el hígado, los riñones, pulmones, vejiga y otras tantas secciones del cuerpo menos célebres). No es fácil escapar al uso del corazón como punto de partida y sostén de las decisiones.

Basta un somero vistazo a la poesía nacional para notar el influjo del corazón, más allá de las funciones corporales que cumple, se le atribuyen todos los poderes y personalidades, Sor Juana pide una tregua a los celos del amante, cree que nada se podrá lograr a través de la conversación y acude a la víscera: “como en tu rostro y tus acciones vía/ que con palabras no te persuadía,/ que el corazón me vieses deseaba;/y Amor, que mis intentos ayudaba,/ venció lo que imposible parecía:”. Salvador Díaz Mirón dota al órgano de unas cualidades melómanas envidiables: “Mi corazón percibe, sueña y presume. / Y como envuelta en oro tejido en gasa, / la tristeza de Verdi suspira y pasa/ en la cadencia fina como un perfume.”

Para López Velarde, el corazón no sólo está en el centro del pecho, es el eje por el que pasa la vida entera de los hombres, todas las pasiones, dolores, tristezas y alegrías, para el jerezano es el son que hay que atender, el diapasón del que surge la nota múltiple del estrépito de los que fueron y los que son; puede ser retrógrado porque “ama desde hoy la temerosa fecha/ en que surgiste con aquel vestido/ de luto y aquel rostro de ebriedad”; es oscurantista y clama “a la buena voluntad del mal agüero”; nada a contracorriente las fatigas del vivir y florece; es un forastero al que se le pide olvidar “el acierto nativo de aquella señorita/ que oía y desoía tu pregón embustero”; el corazón es “leal, se amerita en la sombra./ Es la mitra y la válvula… Yo me lo arrancaría/ para llevarlo en triunfo a conocer el día, / la estola de violetas en los hombros del alba, / el cíngulo morado de los atardeceres, / los astros, y el perímetro jovial de las mujeres.”

Sin embargo (siempre hay un pero en toda historia), eso es poesía, uso de la metáfora, de la imagen para decir algo más. En la vida pública, el uso del corazón en el discurso público invariablemente se reduce a algo muy simplón, sólo implica ganas, valor, ansias, voluntad, circunscritas las anteriores a su primer impulso, no razonamiento, instinto pues.

Para citar de nueva cuenta los Aforismos de Lichtenberg: “Un corazón con testículos. Un corazón con escroto”, porque “Eso que ustedes llaman corazón está bastante más abajo del cuarto botón del chaleco”.

En el clima electoral precedente al año de las elecciones, comienza la pandemia de los suspirantes listos para, a la menor provocación, dar a conocer, informar dicen, a la sociedad sus aspiraciones y motivos. La plaga de declarantes de forma infalible cae en los mis lugares comunes: quieren ser diputados, senadores, alcaldes, gobernadores o presidentes para cambiar a México, para renovar la entidad, para impulsar el país, quieren traer el progreso y el desarrollo, van a regenerar el tejido social, acabarán con la pobreza, reducir las desigualdades… bla bla bla. Porque a la barahúnda jamás la acompañan los cómos, todo es promesa a palo seco.

Por supuesto, siempre tienen un proyecto de nación, un programa de estado, un plan maestro, tan bien armado, tan enfocado a resolver todos los problemas que sólo pueden simplificarlo en ejes temáticos. Desconfía del que te promete la felicidad si no te explica los métodos para alcanzarla, es más sospecha de cualquiera que jure que traerá la felicidad si antes no ha sido capaz de definirla. De otra manera, al llegar al cargo pasarán varios meses en la elaboración de un diagnóstico, ahora sí definitivo, de los problemas a resolver.

No es sólo que prometer no empobrezca, es que no implica una explicación. La grosería característica de toda simplificación me hace apostar a que nada deja en silencio a un candidato como la siguiente pregunta: ¿cómo?, todo eso que quiere hacer, ¿cómo lo va a hacer? Todavía más, un cuestionamiento que se relaciona con la esencia del servicio público y los motivos: ¿para qué?, no hay mejor forma de desarmar a un suspirante.

Atender los dictados del corazón, con todo y que se le envuelva con el propósito del bien común, al menos para la vida pública, no debería ser razón. Nada más ramplón que un suspirante a cargo público aduciendo que quiere llegar a la silla, curul o puesto para hacer las cosas de todo corazón. Desconfía del ignorante que muestra el pecho, abajo del chaleco sólo está su ambición.

Publicado en La Jornada Aguascalientes (08/11/2011)

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