octubre 01, 2011

Sobre Ánima, de Antonio Ortuño

Algo de lo que dije en la presentación de Ánima de Antonio Ortuño en la Feria del Libro de Aguascalientes:

Dice el texto de la contraportada que el diccionario del Gato Vera sólo contiene una palabra: ambición; los mecanismos mercadotécnicos y la inmensa flojera de nuestra crítica nacional ya han comenzado a reducir Ánima a esta idea. No estoy de acuerdo, no solamente a retrata el ansia por llegar del Gato Vera, ni de –mal que bien– emular los éxitos de Arturo Letrán. Uno entra a la novela de Ortuño para ser salpicado por la mediocridad que caracteriza a los personajes, la cortedad de sus sueños, lo pequeñito de sus aspiraciones; mientras leía no pude evitar alzar los ojos y ver que el texto es un reflejo de nuestro provincialismo, una imagen balzaquiana (sí, Las ilusiones perdidas) del poeta furibundo que ha publicado su obra completa en los manteles desechables de una cafetería, del anhelante hipster que hace crítica de arte enarbolando flamígero sus citas de Wikipedia desde la altura de una columnita semanal, el esplendor de la gloria local que ha editado todo sus libros en la editorial del Instituto Cultural (siempre el mismo puño de poemas chirriantes y sin sentido), el cineasta incomprendido que revolucionará el séptimo arte desde la trinchera de YouTube […] Ánima es esas novelas y muchas otras, pero la que más disfruté es la del Animal Romo, no el relato de su muerte, sino la de su actitud frente a los mercachifles, la que se concentra en una frase del final de la novela: “Alguien tiene que hacer de Apache” y se conecta para cerrar el círculo con una declaración de las primeras páginas: “Ha llegado la hora de que intenten rompernos la boca. Que se atrevan”. Esa novela es la que hace que Ánima sea luminosa, ahí se revela que no todo está perdido.

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