
Perdón por intolerarlos
Veo a Satán caer como el relámpago
El Diablo como una entidad detentora de todo mal, ajena al hombre, culpable de toda perversidad, capaz de posesionarse de un cuerpo para abusar de él, convertirlo en el vehículo ideal para la realización de los actos más bajos y ruines es una idea muy atractiva para la creación, con ese personaje se pueden generar entretenidas historias, complejas y bellas como El paraíso perdido de John Milton o Fausto de Goethe, hasta versiones cinematográficas que apenas merecen pagar el costo de las palomitas. Helel ben Shahar, el arcángel preferido de Dios y la historia de su caída, constituye la fantástica semilla de la que se puede partir para encarnar al mal.
Lucifer o Satanás, en la vida real, esa idea de un ente externo a la voluntad del hombre, que se apropia del individuo, lo hace caer en la depravación y cometer las peores ruindades, es una idea peligrosa, establece que el mal es ajeno al hombre, simplifica el proceder de los individuos al justificar las conductas con la posesión: no fui yo, el demonio se apoderó de mí.
Una de las principales manifestaciones de la posesión, de acuerdo a los textos religiosos, es la pérdida de la memoria, cambios drásticos de la personalidad de las que después no se tiene recuerdo alguno. El poseído está desplazado de sí y su lugar ha sido tomado por uno o muchos agentes del mal (Lucas, 8:30: Jesús le preguntó: “¿Cuál es tu nombre?” Y él le dijo: “Legión”. Porque eran muchos los demonios que habían entrado en él.).
Entender el México de hoy, intentar asir la realidad a una estructura que permita explicar lo que sucede en el país merece la exploración de todas las vías, incluso las más disparatadas, pues sólo el intento por comprender al otro permitirá emprender los ajustes necesarios para una convencía pacífica, ordenada, justa; esa es la razón por la que he llegado al relato fantástico del origen del mal, en busca de las herramientas que me permitan comprender cómo alguien, quien sea, es capaz de actos tan atroces como el asesinato.
He observado por demasiado tiempo la mirada de los responsables del ataque al Casino Royale en Monterrey, he observado su mirada en busca de una señal de posesión, entiendo que es en los ojos donde se puede descubrir una presencia ajena, para así discernir cómo es que, al final, todo queda en “Queríamos asustar, pero se nos pasó la mano” y los cinco primeros detenidos por el acto de terror se quedan tan campantes, como si eso lo justificara todo. He observado por demasiado tiempo la mirada de los responsables y no encuentro rastros de posesión, sólo estupidez.
Descartada la posesión me he quedado sin pistas para comprender su conducta. Tampoco me ha sido posible encontrar en sus ojos lo que algunos achacan como origen de la maldad: la falta de oportunidades, la pobreza, el futuro incierto… no me da esa observación para culpar al sistema por la imbecilidad con que manifiesta su enojo o establece su poderío un hombre de 20 años tirando gasolina en la entrada de un lugar para prenderle fuego, sin considerar las consecuencias, aunque fueran mínimas, sin detenerse a pensar que al menos una persona podría morir.
Descartada esa última salida, la del relato fantástico, ya no sé qué hacer para comprender al otro, no como ayudarme para ayudarle. Lo único que me queda es agarrarme fuerte a la voluntad de no ser como ellos y por eso no justifico la venganza, me rehúso a considerar una justicia retributiva, no podría vivir conmigo exigiendo la ley del Talión.
Sé que Satanás no existe, pero sí sus manifestaciones, todas ellas resultado de la voluntad humana, como el orgullo. De hecho, de acuerdo a Isaías, en el tercer día de la Creación, el hijo de la Aurora se paseaba por el Edén hasta que el engreimiento le hizo perder la cabeza. “Subiré por encima de las nubes y las estrellas –dijo– e instalaré mi trono en Safón, el monte de la asamblea, y así seré igual a Dios”. Esa ambición fue castigada, el arcángel brilló como el relámpago al caer y quedó reducido a cenizas, su espíritu revolotea en la oscuridad profunda del abismo.
Ese brillo de relámpago, la expresión maligna sí la he visto en la mirada de otros, en la de los cómplices que con su actitud permiten y fomentan que actos de terror como los recientes asesinatos se cometan, veo ese fulgor de maldad en la ambición de la clase política. Me permito aclarar, un amigo me llama la atención porque a últimas fechas, invariablemente, encuentro culpables en esa etiqueta genérica que es “clase política” y me señala que así es fácil repartir culpas, sin señalar específicamente quiénes, sin poner nombres. He de acudir de nueva cuenta al recurso, escribo “clase política” para evitar la torpeza de establecer que aquellos en quienes he visto ese brillo de orgullo y ambición deban ser procesados por un delito que no cometieron, intento evitar ser mal interpretado, subrayar la idea de su complicidad en una maquinaria enorme que funciona gracias a la corrupción y la impunidad.
Son cómplices quienes ocultos en las siglas de un partido buscan sólo su provecho personal; quienes abusan de la necesidad del otro para acarrearlo y mostrar que cuentan con seguidores que apoyan sus demandas; quien se acomoda en un puesto para satisfacer sus necesidades a cuenta del erario sin que le cruce la idea de que tiene que servir para cobrar; el declarante sumiso que se agrupa en torno a una figura sin importar lo que apoye porque sabe que será recompensado; esa “clase política” es a la que me refiero, desde el legislador hasta el gobernante, desde el miembro insigne del partido en el poder hasta la representante popular que se presume como parte de la regeneración nacional, tanto que alzan el puño izquierdo en la plaza y cobran con la mano derecha en la ventanilla gubernamental.
Sé que Satán no existe, no al menos como esa idea fantástica del ente que se posesiona de un cuerpo. La realidad que sus manifestaciones sí, que como el rayo, con el mismo fulgor destructor, el orgullo y la ambición se han posesionado de nuestra clase política y la hace cómplice de la inseguridad y desigualdad que vive el país, en que vivimos todos. Para lo que ya no me alcanza es para comprender las razones, lamentablemente, sólo me queda la esperanza, esa esclava del vencido, de que uno puede cambiar las cosas, me deseo tiempo para encontrar la forma de hacerlo.
Publicado en La Jornada Aguascalientes (05/09/2011)
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