mayo 09, 2011

perdón por intolerarlos: ¿qué es lo tuyo?


Perdón por intolerarlos

¿Qué es lo tuyo?

¿Qué es lo tuyo? ¿Qué te motiva?

Son las dos de la mañana. Alguien dijo “vamos por unas putitas” y la curiosidad pudo más que el cansancio. No alcanzaste a hacer la pregunta, ante la mirada de interrogación, de inmediato te aclaran: es una bebida de colores que venden en la Feria, vamos por una. Y ahí vas.

Todo intento por describir lo que es el ambiente de la Feria Nacional de San Marcos en algún momento se enfrentará a la reducción de “la cantina más grande del mundo”, será inevitable caer en ese lugar común, en las críticas de siempre, más en esta edición de la Feria a la que el gobierno decidió bañarla de pueblo y sólo le alcanzó la imaginación para barnizarla con mal gusto. Así que mejor evitar las descripciones del ambiente, sólo ir a buscar la bebida recomendada.

A cada momento tienes que recordar que ya es la madrugada del domingo, porque la multitud se empeña en mostrar que es otra la hora, centenares de jóvenes se encaminan por Venustiano Carranza hacia el Jardín de San Marcos. A esas horas los vigilantes cierran las puertas y apremian a los visitantes a salirse del jardín. El que no lleva una botella en la mano trae un vaso que se desborda por los pasos errantes, el que no busca el rumbo con la mirada alcohólica de quien no sabe cuándo debe de acabar la fiesta. Pero no vas a juzgar, ya sabías que te ibas a encontrar con eso. Sin embargo, es inevitable preguntarse, qué motiva a esos cientos de jóvenes, ¿la fiesta?, ¿sólo eso?

Es difícil creer que sea sólo el afán de fiesta el que mueva a tantos, a miles, ¿tantos siguen el impulso de, en la madrugada, salir a buscar un puesto en dónde maquillarse el rostro como conejitos; comprarse unas sandalias de plástico?, ¿a tantos les gusta caminar apretujados sintiendo unas nalgas en los muslos, cómo te aprietan desde atrás y clavan algo que esperas sea un codo?, ¿los mueve caminar por las calles encharcadas que huelen a vómito y cerveza y agua sucia?

Nos detenemos enfrente del casino, por aquí se pone el que vende a las putitas, dice alguien, y uno recuerda que ese fue el motivo, al menos el pretexto para meterse a las fauces de la Feria: una bebida. Nadie se mueve, es decir, nadie puede moverse, algunos zarandean la cabeza al ritmo de la música electrónica que sale de un antro o quizá es al ritmo de la tambora a la que alguien le pagó, es posible que siga las notas de la cumbia que escupen las bocinas de otra tienda. Delante de nosotros se abre un claro y no queda más remedio que seguir el impulso y caminar hacia allá, donde se debe respirar mejor. Mal hecho.

La multitud de jóvenes se hace a un lado porque dos se están peleando. Nadie los va a detener, nadie los quiere detener, hacen espacio para que tenga lugar la pelea. Se aprietan en un abrazo y con la mano que les queda libre uno le pega en las costillas, el otro le aprieta el cuello e intenta acomodarle un cabezazo que lo noquee. Hacemos una rueda. A eso nos reducimos, a espectadores. Las primeras tres o cuatro filas de la rueda que contiene en su centro a los peleadores gritan, ríe, los anima. Más allá, nadie se entera, siguen el ritmo de la música, beben, cuentan chistes, se aprietan, no se enteran.

Cuatro policías estatales corren hacia los peleadores, es evidente que no están preparados para contener una gresca, en su camino, empujan a quienes les estorban, golpean. Si de lo que se trata es de mostrar presencia, eso es todo lo que logran, cuando alcanzan el centro de la pelea los luchadores ya se rindieron, ya los engulló la multitud que vuelve a lo suyo. Tendrán más oportunidades, muchas más. Mientras camino hacia donde me empujan entiendo que cada que se abre un claro entre el gentío es porque alguien se va a pelear.

Vamos a buscar las putitas a otro lado, me dicen. Mentalmente traduzco que nos dirigimos hacia otro local, es indispensable que lo haga, de otra manera volvería la mirada hacia cualquiera de las muchachas que están tiradas en el suelo, casi siempre diciendo que no, que no, mientras alguien intenta levantarlas y sólo lo consiguen cuando les ofrecen una cerveza o el pico de una botella como aliciente.

Escapamos del andador J. Pani para rehuir a la multitud que se aglomera alrededor de las esculturas del Encierro. No puedo dejar de pensar qué los motiva. Están en la calle, en la madrugada, aferrados a una diversión que no entiendo porque no le encuentro el chiste a sentarme en la calle a compartir una cerveza fría, a pasar un cigarrillo babeado de boca en boca. Eso debe ser, que no encuentro nada que me haga pertenecer a esos cientos de jóvenes que comulgan en la madrugada libres… ¿libres de qué?

Nunca más cierto eso de no mirar a los ojos a los extraños, camino en espera de no perder de vista los hombros de uno de mis acompañantes, sólo eso debes mirar, lo más sencillo es encontrar un par de ojos que lo único que buscan es pelea, por qué, porque miraste las piernas de su novia, porque no le caíste bien, porque te le cruzaste, por lo que sea.

Al fin damos con el lugar donde venden las bebidas, nos sirven las famosas putitas. Prefiero no preguntar de qué están hechas, es mejor, cuando pruebo el líquido sólo confirmo la decepción, una especie de jarabe con alcohol. A la mejor la primera no te pega, pero espera a que pruebes la segunda.

Quizá de eso se trata, de la segunda y la tercera y acabar dormido sobre el plato de tacos como hace un muchacho en la mesa de junto. Pido la segunda sin pensarle mucho, ¿de qué sabor la quieres, morado, azul, tinto, menta? ¿Morado y azul son sabores?, qué más da, y bebo. No los veas tanto ya, me dicen, pero no puedo evitarlo. Una pareja de jovencitos, se besa como si eso fuera lo único para lo que nacieron.

Ya es tarde, muy tarde y me voy a mi casa cargando esa imagen, dos que se besan para crear un mundo que los aparta de todo. Sé que me estoy mintiendo, pero me sirve de consuelo, reducir a eso a los miles de jóvenes que no alcanzo a comprender qué los motiva a salir en la madrugada y sufrir y ser apachurrados, vejados, menospreciados, caminar por calles sucias y apestosas. Miles de jóvenes, ¿quién se animaría a decir a esa hora en ese lugar, el futuro del país?

Ya es domingo. Son las seis y media. Sigue siendo Aguascalientes. La marcha en solidaridad con la manifestación que encabeza Javier Sicilia y que tomó ya el Zócalo de la ciudad de México comienza a avanzar por Madero hacia la Plaza de Armas. Un estigma de la puntualidad es que siempre te lleva a la decepción, cuando la marcha comienza somos apenas unos trescientos, al llegar a la Plaza casi alcanzaremos los mil manifestantes.

Comienzan a armar el mural con las pancartas que algunos llevan. El sol baja, la temperatura sigue alta. Miras los rostros alrededor, los mismos de siempre, los poquitos de todas las ocasiones. ¿Dónde están los miles de jóvenes de ayer en la noche?

¿Qué es lo suyo? ¿Qué los motiva? Una pancarta reclama que no quiere más jóvenes muertos, pobre, no sabe que ya muchos lo están.


Publicado en La Jornada Aguascalientes, mayo 9, 2011.

2 comentarios:

El Gran vidrio dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
alejandro zúñiga dijo...

es una lástima que apenas pudiera leer tu texto. qué grandiosa narración. probablemente por la coincidencia en una pregunta perenne que a mí me retumbó también cada una de las 3 veces que -por motivos casi ajenos a mi voluntad- tuve que entrar en el área ferial. nunca antes me inquietó tanto como este año: uno manchado por el signo de la violencia y el dolor público. mi abuela solía decir que el alcohol untado adormece la piel. el bebido hace lo suyo con las voluntades.

un saludo.
Alejandro Zúñiga

Puede interesarte

Related Posts with Thumbnails