mayo 24, 2011

Perdón por intolerarlos: el ruido del fondo


Perdón por intolerarlos

El ruido del fondo

Crimen.

Con esa palabra comencé la escritura del texto. Pensaba que el párrafo inicial tendría que ser una descripción de cómo el conjunto de acciones perversas se convierte en un ruido constante que impide fijar la atención en cualquier otra cosa, pero no pude seguir, la palabra crimen al inicio del párrafo estaba sola y me parecía que no era suficiente. Así que comencé a agregar, acumular palabras que estuvieran relacionadas con el significado de la primera para acercarme a la definición del ambiente. No fue difícil.

A crimen agregué: delito, asesinato, violencia, robo, transgresión, falta… no pude evitar insertar en esa línea: ejecución, narco, sicario. Me detuve. Crimen es una infracción gravísima, de perversidad extrema y que merece la mayor repulsa, eso debería bastar; porque la segunda palabra, delito, es en general, el quebrantamiento de una ley, no necesariamente relacionado con la sangre, en lo que quería decir, la primera palabra contenía a la segunda y la anulaba. No fue así.

Este tiempo empuja a la acumulación, una sola palabra no basta, reitero, al menos en apariencia. Cuando releí el primer párrafo me di cuenta que no había logrado lo que quería, por más que elaborara un tren de palabras, la suma no describía la escena en que pensaba. La realidad del periódico le ha restado brillo a las palabras. Por un momento pensé que había entendido el silencio que defiende Javier Sicilia.

En la marcha que encabezó, Sicilia pidió cinco minutos de silencio en memoria de nuestros muertos, “de la sociedad cercada por la delincuencia y un Estado omiso, y como una señal de la dignidad de nuestros corazones que llama a todos a refundar la Nación. Hagámoslo así porque el silencio es el lugar en donde se recoge y brota la palabra verdadera, es la hondura profunda del sentido, es lo que nos hermana en medio de nuestros dolores, es esa tierra interior y común que nadie tiene en propiedad y de la que, si sabemos escuchar, puede nacer la palabra que nos permita decir otra vez con dignidad y una paz justa el nombre de nuestra casa: México”.

A mí el silencio nunca me ha parecido la salida. No para quien puede escribir. No al menos ese silencio que rinde las manos e intenta convertir la hoja en blanco en una opción, lo consideraba una rendición, creer que el orgullo, la dignidad, el enojo, el hartazgo es posible transmitirlo en una hoja en blanco, un engaño en el que es fácil caer porque la palabra escrita no provoca la reacción inmediata, el cambio, que uno espera.

Crimen. Volví a pensar, con toda la carga que tiene, sopesando su significado. Quizá entendí. Una mirada somera al silencio del poeta lo tergiversa, porque no está pidiendo que nadie se calle, sólo silencio y sí, es distinto.

El discurso de Sicilia ha sido mal interpretado, el espacio que el silencio del poeta logra, ha sido rápidamente tomado por un slogan eficaz: “Estamos hasta la madre”. La frase fue capaz de convocar la solidaridad multitudinaria en varias ciudades del país, víctima de su propia eficiencia el gritar que estamos hartos se transformó en un grito oponiéndose a otro ruido. La pertinencia del discurso de Sicilia y un análisis tan esclarecedor como el documento “Por un México en paz, con justicia y dignidad”, pareciera que están condenados a perderse, a una vez más, que no ocurra nada después de las manifestaciones.

Creo entender que el silencio no es una rendición entonces, sino un espacio para la reflexión, para revalorar la palabra.

En España, las manifestaciones miles de jóvenes han tomado la Puerta del Sol, el movimiento de protesta es una muestra del nivel de compromiso de la ciudadanía cuando quiere cambiar las cosas. Están pidiendo a la clase política que cumpla con la tarea para la que fue elegida, que devuelvan su sentido original a la palabra mandatario. La ceguera de los medios y las fuerzas conservadoras intentaron reducir a un berrinche las movilizaciones, pero a una semana ya de persistencia, tras la multitudinaria concentración del viernes pasado, en que alrededor de 20 mil personas tomaron la plaza madrileña, después de más de 60 mil personas que ha salido a la calle y el contagio a otras ciudades europeas como Bruselas, Londres y París, es justo dimensionar este movimiento. Lo que están gritando esos miles de españoles es ¡Democracia Real Ya! Sí, alguna crónica recoge que entre otras consignas está la de ¡Estamos hasta los cojones!, pero no ha sido ese “argumento” el que se opone al ruido, no ha sido con un grito de hastío con el que se reclama.

Es inútil comparar las manifestaciones mexicanas y españolas para buscar un ganador, no se trata de una competencia, no existe tal cosa como un movimiento mejor que otro, si se realiza ese cotejo lo que podría ayudarnos a volver al diálogo es hallar las razones por las que la protesta de Sicilia ha caído en un aparente impasse. Se me ocurre de bote pronto que está relacionado con la resistencia, con la persistencia de quienes se manifiestan y oponen ruido al ruido.

Dejo a un lado al oportunista de siempre, al que fluye por la resistencia atraído por el encanto de su fama más que por las convicciones, ese que usa la pulserita amarilla porque se ve nice, el que pide la pancarta con el diseño bonito, los que creen que una ideología se traduce en una forma de vestirse. Esos siempre habrá.

¿Pero el resto?, los demás otros que honestamente buscan una salida, a ellos, a nosotros, quizá hay que regalarnos el silencio que viene aunado a la reflexión para poder resistir, para salir de ese silencio en un plazo muy corto (como el que requiere los días que vivimos) y con un análisis profundo de qué es lo que se quiere, qué deseamos. No pensar en el obstáculo o inventarse un enemigo, algo más sencillo, dónde estoy y cómo quiero que sea.

Seguir oponiendo mentadas de madre al ruido de la estulticia no va ayudar en nada (acaso la jocosa catarsis, el alegría juvenil de la travesura), quizá es tiempo de transformar la resistencia en algo más que una pancarta. Buscar la fuente, el origen de este ruido constante que ya nos envuelve y trastorna. Pasar del “¡Estamos hasta la madre!” a “¡Democracia real ya!” me parece una opción, de la descripción que a todos nos incluye y masifica, a una exigencia que nos involucra y obliga a participar.

Para que dejen de ser ruido y se confundan en el fondo, devolverle a las palabras su significado, es un inicio.



Publicado en La Jornada Aguascalientes (mayo 23, 2011)

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