
En la entrada del 25 de abril de su
blog, Antonio Muñoz Molina cuenta que le gustaría escribir sobre "la exposición de las habitaciones con ventanas en el Metropolitan", lo que lo llevó al "recuerdo obvio" de Una habitación propia de Virgina Woolf:
Yo creía haber leído A Room of One’s Own. Y quién no: trata de que una mujer necesita una habitación propia y ciertos ingresos para escribir, etc. Lo empecé ayer a media tarde y claro que me sonaba. Al cabo de dos o tres páginas era una sorpresa incesante que tenía algo de Montaigne y de Proust, de ese fraseo nervioso que se parece tanto al flujo de los pensamientos y al de la vida misma que está en Mrs. Dalloway o en To the Lighthouse. Qué escritora más inmensa: más serena y rotunda en su enfado de mujer harta de limitaciones impuestas y de condescendencias masculinas, qué radical su defensa de la literatura, del oficio de escribir, de la alegría y la conmoción de leer. Había luz diurna cuando empecé la lectura. Por terminarlo no hice nada más que leer y no cené hasta casi las once. Leía en el Kindle, pero hubiera querido tener el libro en papel para apretarlo más con las manos, para subrayar con un lápiz. Se me quedó en la cabeza esta frase:
Literature is open to everybody.
El conocimiento y el gozo que da la literatura son accesibles a cualquiera. La literatura es una casa con las puertas abiertas en la que no hay pases V.I.P. pero tampoco rebajas para grupos.
Finalmente, Muñoz Molina escribió para El País Habitaciones con ventanas:
No hacen falta demasiadas cosas en la vida pero sí una habitación con una ventana; una habitación que sea de uno y con una puerta a la que en caso necesario se le pueda añadir un pestillo o echar la llave, como dice Virginia Woolf; una habitación con una ventana por la que entre algo de luz natural y desde la cual se pueda observar un fragmento de vida y un ingreso decente que le conceda a uno el sosiego necesario para sus indolencias o para sus tareas sin beneficio asegurado. En 1928, Virginia Woolf calculaba que una mujer, para dedicarse libremente a escribir, necesitaba 500 libras al año aparte de una habitación con un pestillo. Un día de octubre de ese año, el 26 exactamente, Virginia Woolf estaba escribiendo su ensayo sobre las mujeres y la literatura y al asomarse a la ventana de su habitación vio una calle de Londres populosa de gente y de tráfico. Al cabo de un momento el tráfico se apaciguó y casi se hizo el silencio, y entonces Woolf vio a un hombre y una mujer jóvenes que se encontraban en una esquina y caminaban juntos hasta tomar un taxi. La imagen inexplicablemente la llenó de felicidad; le despertó uno de esos estados de íntimo entusiasmo que hacen posible la literatura y que son instigados por ella, y en los que, dice ella, tenemos la ocasión de ver la realidad tal como es, sin ningún velo de distracción que la oculte.
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