Perdón por intolerarlos Tú la traes
Roña, encantados, tú la traes, dieciocho ayuda… son algunas de las variantes de un juego de persecución que todos han jugado en la infancia y que básicamente consiste en no dejarse alcanzar por un perseguidor, evitar a toda costa ser tocado. No requiere más que la disposición del grupo al juego, por su simplicidad es fácil la manera más sencilla de pasar el tiempo del recreo.Roger Callois en Los juegos y los hombres propone la clasificación de los juegos en cuatro categorías generales: competencia (agon), azar (alea), simulacro (mimicry) y vértigo (ilinx), el “tú la traes” pertenece a la primera, es un juego de competencia, un enfrentamiento en el que se crea, artificialmente, la igualdad de oportunidades y cuya finalidad es dejar constancia de la excelencia alcanzada en un determinado terreno, reivindica ante todo el mérito personal. A pesar de estar en esta categoría, el “tú la traes” se distingue porque no hay un ganador, sólo hay un perdedor, quien se queda con la roña al final del juego. Además, es también una actividad que aspira al infinito, es decir, nada en sus reglas le impone un final, una vez que arranca el juego podría durar para siempre, es un factor externo el que determina cuándo se detiene, por ejemplo, que termine el recreo.
Sin duda, es divertido jugar “tú la traes”, terrible cuando esa actividad se traslada al discurso político, cuando ante la incapacidad de brindar seguridad a los ciudadanos, los gobernantes deciden deslindarse de sus responsabilidades echando la papá caliente al otro. Los presidentes municipales se escudan en el pretexto de que no les corresponde actuar ante cierto tipo de delitos, los gobernadores señalan hacia el gobierno federal, alcaldes y mandatarios estatales no dejan pasar la oportunidad para pedir más dinero a la federación, en el final de la cadena, el presidente echa al ejército por delante, subrayando que esa organización no está preparada para eso, los muertos siguen y siguen y siguen, los ciudadanos salen a la calle a manifestarse con impotencia, entre los organizadores nunca falta el mariguanito que se indigna, el consumidor de drogas que no logra (y no le importa) establecer la relación entre su adicción y lo que pasa en el país, y así va el perseguidor, se la pasa a los gobiernos, que salen a declarar que no es el ámbito de su competencia… mientras más y más cuerpos comienzan a pudrirse en fosas y lotes baldíos, mientras en una calle, hoy cualquier calla, la esquina por la que se cruza todos los días, aparece una camioneta negra (siempre es una camioneta) y enseguida los sicarios (ya todo asesino es un sicario) y una bestia ruge… Comienza de nuevo el círculo de perseguidores, de la papa caliente.
Ahora ha tocado el turno de aventar la papa a la presidencia de la República, en un discurso vergonzante, Felipe Calderón, durante la tome de protesta del consejo directivo de la Cámara Nacional de la CANACAR, toma el grito de “Ya basta” que se le ha espetado a su gobierno desde todos los puntos del país, lo hace suyo y alecciona, que no se olvide que “la violencia es originada por la acción de la delincuencia y por la barbarie a la que ha llegado la delincuencia”.
Enfurecido, Calderón urge a los gobiernos estatales y municipales, a que también actúen, reclama “No es posible que en muchos lugares la policía no sólo no cumpla su responsabilidad, sino que incluso trabaje en favor de los delincuentes”.
Pero lo más grave del discurso son las generalizaciones, al asumirse como parte de las víctimas, el gobierno usa la táctica deplorable de responder a lo que no se preguntó, se inventa un argumento (inventado) y plantea lo erróneo del mismo para demostrar que la acción gubernamental es la correcto, indica que “La solución no es volver a cerrar los ojos a la realidad del crimen, como si éste no existiera. La solución tampoco es dejar hacer o dejar pasar; o pretender que si no actuamos contra la delincuencia, como algunos sugieren, la violencia desaparecerá. Pretender que si no actuamos contra los criminales, éstos simple y sencillamente un buen día se van a empezar a portar bien y van a respetar a los ciudadanos. Eso no ocurre. No está ocurriendo en México. Asesinan a mansalva y sin razón, y sin escrúpulo. Y esa violencia no sólo puede, debe ser detenida por la acción del Estado, porque para eso está el Estado”.
¿A quién está escuchando la presidencia?, ¿a quién le está respondiendo? Una cosa es el grito desesperado de quien es afectado por la violencia y puede pedir en su impotencia que se negocie con la delincuencia y otra muy diferente, la discusión seria de la estrategia para combatir a quienes violan la ley. Pero el de la presidencia no es un discurso serio, no cuando se arropa en la bandera de quienes le han estado reclamando su falta de acción y hace responsable a la sociedad, es fácil para Calderón sumarse: “estoy de acuerdo que debemos decir: Ya basta. Ya basta a los criminales. Ya basta a los enemigos de México”.
Y una vez fuera los matices, radicalizada la visión del mundo entre buenos y malos, estallar: “Debemos decir también: Ya basta, a quienes optan por la inacción, por a la apatía o por la indolencia. Debemos decir: Ya basta, a las autoridades y políticos que se escudan en un doble discurso y no cumplen su labor. Debemos decir: Ya basta, a quienes pretenden aprovechar el dolor de las víctimas para alimentar sus intereses, de cualquier índole, o a quienes quieren ver a México dividido y, por ello, no descansan, sembrando el encono, el miedo, la duda o el odio entre los mexicanos”.
Parece mentira que a estas alturas, se tengan que recordar definiciones básicas de lo que es el Estado, en un territorio, la comunidad organizada que a través de un orden jurídico servido por un cuerpo de funcionarios, al que define y garantiza un poder jurídico, autónomo y centralizado, tiene la responsabilidad de buscar el bien común. ¿Basta de autoridades y políticos que se escudan en un doble discurso y no cumplen su labor?, por supuesto, ¿dicho desde la presidencia?, no hay indignación que justifique el salto de Felipe Calderón, su discurso es una señal de rendición: señores, hemos capitulado de nuestra responsabilidad, nos pasamos de su lado, yo también quiero gritar de impotencia.
Sí, todos somos responsables, como en el juego de “tú la traes”, pero a diferencia de esa dinámica, hay quienes tienen una responsabilidad que cumplir, quienes fueron elegidos para hacer valer la ley y no pueden, y no deben, valerse de la artimaña de vestirse de cólera para culpar a otros.
Publicado en La Jornada Aguascalientes (abril 18, 2010)
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