abril 11, 2011

perdón por intolerarlos: los traidores

Perdón por intolerarlos

Los traidores

Cuando murió mi padre me hicieron demasiadas veces la misma pregunta: ¿y tú no vas a llorar?, estuve tentado a escribir que cientos de veces, así lo recuerdo, gente que se acercaba, me palmeaba la espalda, apretaba demasiado las manos o me abrazaba con todo el cuerpo, uno de esos gestos inútiles para reconfortar cuando se ha muerto alguien de tu familia, me miraban y tras el desconcierto inicial, sobre todo los que no me conocían, me cuestionaban por la falta de lágrimas. Las primeras veces intenté contestar, esgrimir cualquier explicación, hasta que me di cuenta que me estaban obligando a justificarme por algo que no requiere excusa alguna.

En algún momento entendí que no les quedaba más remedio, son muy pocos los que saben cómo reaccionar ante un hecho que provoca una cesura de tal magnitud en la vida del otro, testigos del dolor, por empatía y la más de las veces por compromiso, se inclinan por la salida fácil, la que creen que muestra mayor afinidad.

Yo tampoco sé qué decir ante la muerte. Creo que casi todo está fuera de lugar. Pocos espectáculos me parecen tan desagradables como el de los asistentes a un velorio que se ponen a llorar más que los deudos o quien se acerca para susurrar a manera de disculpa: lo siento.

Pero ese soy yo y no tengo ningún derecho a imponerle mi visión a nadie, sin embargo, no puedo dejar de comentar la sensación de molestia que me provoca el uso de la muerte como bandera, la masa que se monta en un suceso trágico para realizar sus demandas políticas, pero sobre todo para lavar su conciencia en público y declarar satisfecha que puede dormir tranquila.

El miércoles pasado, en distintas ciudades del país, miles salieron a manifestarse en contra de la violencia en México, creo y ya lo había escrito, que es un movimiento de solidaridad y de buena fe, que la intención no es perversa, que a pesar de su ingenuidad hay momentos en que una demostración pública es indispensable, sobre todo cuando el discurso desde el gobierno se ha vuelto un repetir animal que anuncia que no estamos tan mal. La organización de múltiples marchas de la semana pasada sirvió para exhibir públicamente la incapacidad de respuesta y de solución de los distintos niveles de gobierno, algo que ya sabíamos, pero que no está de más recordar para demandar atención a los reclamos de la sociedad.

Lo terrible es que el despliegue solidario se transforme en competencia.

Una de las consecuencias de este clima de inseguridad es la polarización, ante la falta de explicaciones, pero sobre todo, ante la falta de argumentos, no falta quien tome una bandera para, vocinglero, dividir el mundo en blanco y negro, ellos y nosotros, los buenos y los malos, los fieles y los traidores. Hoy resulta que todos aquellos que no asistieron a las marchas del miércoles 6 (en el caso de Aguascalientes una “lectura pública”) son unos villanos pérfidos, desleales e indignos.

Del miércoles a la fecha he sido testigo de varios dedos que flamígeros acusan a otros porque no se solidarizan, porque no gritan que “están hasta la madre”, no quisieron o no pudieron ir a las marchas, se les exige que muestren su solidaridad.

En las redes sociales, donde las discusiones suelen tocar fondo de manera súbita y degradante, es más que evidente esta polarización. Intercambio de mensajes furiosos que descalifican y acusan: él no llora como todos, ella no cargó una manta, él no leyó un poema…

¿Importa?, no realmente, esos vociferadores no suelen más que mostrar su calaña durante un rato y se distraen rápidamente en busca de otra actividad que les limpie la conciencia. Sin embargo, dejan el daño de anular los matices, retrasan con su escándalo, llenan de basura los oídos y retardan el diálogo necesario para emprender otra acción. A fuerza de lloriquear su espanto anulan todo camino que no sea el suyo, invalidan la posibilidad de escuchar las preguntas del otro. Pintan una raya y el único lado que funciona es el suyo, el de los buenos.

Los que se atreven a preguntar, son tachados de traidores. Si alguien, yo mismo, se anima a decir que le parece una bajeza que en nombre de los asesinados se pergeñen “poesías”, traidor. Si alguien que cree en el gobierno de Felipe Calderón, los debe de haber, quisiera mostrar su solidaridad, no puede, traidor porque no se une a las mentadas de madre. Si alguien cuestiona qué tiene que ver el rechazo a la violencia con la promoción de un candidato a la presidencia, también traidor. Si no saltas, gritas, repites una consigna, traidor.

Es tal el vigor con que los santones y puros acusan a los malos que se olvida el motivo de la protesta. La pluralidad, el diálogo, la posibilidad de tener ideas distintas y un objetivo común se convierten en discurso, en el papel están y ahí se quedan, en la acción lo que importa es el show de la indignación, a ver quién pone la cara más triste, hace el gesto de hartazgo más furioso, mienta la madre con mayor volumen.

Enajenados por su propia voz, los buenos se apropian de las causas y les dan una dirección única, no importan las incoherencias que en nombre de la causa se realicen, nada se puede criticar. ¿A qué suena eso?, ¿en verdad vamos a repetir la historia, ahora en versión caricatura?, ¿conmigo o contra mí?, ¿no hay más ruta que la suya?

A fuerza de gritos proscriben la posibilidad de cuestionar, y si dejamos de preguntar, la respuesta que obtengamos no tendrá nada que ver con nuestras necesidades.

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