El viejo lingüista Emil KarabunaraSe disponía a regresar a su hogar con el alma reconfortada cuando de pronto se le ocurrió pensar en el contenido de aquellas decenas de inscripciones. Volvió sobre sus pasos para releerlas pero, sin dar crédito a lo que sus ojos le decían, esta vez se sintió invadido por una inmensa tristeza. De aquellos muros emanaba un hedor de barbarie. Durante la resistencia él siempre se había mantenido al margen. Si había rechazado los honores y privilegios que pretendían hacerle los italianos y más tarde los alemanes, tampoco había prestado su apoyo al movimiento de liberación nacional, pues no admitía la lucha de clases, que en realidad le horrorizaba. La consideraba, después de la degradación de la lengua, el más siniestro fenómeno que podía darse en el mundo, incluso más funesto que las invasiones o las calamidades naturales. Ahora, mientras caminaba junto a los muros que le parecían a punto de desgajarse de sus cimientos para estrellarse los unos contra los otros, acudió a su mente una antigua imagen que recordaba con frecuencia: Un hombre caminaba bajo la luna con un pesado saco a la espalda. Aquel desconocido errante calzado con frágiles zapatillas era perseguido a corta distancia por unos bandidos. Su saco, aunque de pequeñas dimensiones, parecía muy pesado, la luna era la misma que más de un siglo antes, y el hombre que avanzaba bajo su luz regresaba a Albania procedente de un estado extranjero. Llevaba días y días cargando con aquel saco de posada en posada, de frontera en frontera. En una taberna de la ruta, su fardo llamó la atención de los ladrones, convencidos de que contenía oro, o como poco plata. En cierto lugar del camino le asaltaron y le dieron muerte de manera furtiva; luego, tras haber arrojado su cuerpo en una fosa, abrieron el saco. Su contenido era en efecto pesado, pero no estaba hecho de oro ni plata. Tardaron en comprender de qué se trataba. Dentro había unos pequeños, minúsculos pedazos de plomo, una de cuyas extremidades parecía como arañada. Muchos de ellos estaban ensangrentados. Los bandidos acabaron por alejarse maldiciendo al muerto, al que tomaron por un loco. Pero la víctima estaba perfectamente cuerda. Se trataba de un lingüista que llevaba a Albania el primer alfabeto, fabricado por él mismo con los caracteres vaciados en plomo en algún país de Europa. Pretendía introducirlos clandestinamente en el país, pues es la escritura en lengua albanesa estaba entonces rigurosamente prohibida.
Con frecuencia, cuando hojeaba libros o periódicos albaneses, Emil Karbunara recordaba a aquel buen hombre caminando bajo la luz de la luna. Se trataba para él de una suerte de Prometeo que había entregado a los albaneses las letras de su lengua. Estaba escrito que la primera tinta tipográfica con que se impregnaría sería su propia sangre.
Pero ahora, al ver aquellas inscripciones sobre los muros, Emil Karbunara sintió un hondo abatimiento en su espíritu. Letras albanesas contra letras albanesas. Aquello era inconcebible para él y una señal de funesto augurio. Sí él, el Gran Errante, pudiera levantarse de la tumba y ver lo que se estaba haciendo con aquellas letras, quedaría igualmente horrorizado. ¡Desafelbatizaos!, habría gritado con esa voz tonante que sólo posen los muertos. ¡No, yo no os las traje para eso!
Con mano temblorosa, Emil Karbunara recogió un pedazo de carbón que había visto en la acera y, tras dudar unos instantes, alzó el brazo y escribió en el muro que se alzaba a su lado: ¡Que vuelvan a instalarse las tinieblas! Reine de nuevo la ignor… Sin duda se proponía escribir ignorancia, pero no alcanzó a terminar la palabra. Oyó a su espalda un terrible grito en alemán, luego sintió que sus hombros se doblaban repentinamente bajo un gran peso, como si una carga colosal hubiera caído sobre ellos… El saco… El saco lleno de plomo…, alcanzó a pensar fugazmente al mismo tiempo que se derrumbaba sobre la acera, mientras el tableteo del fusil ametrallador se perdía a lo lejos, por encima de él, como si no le concerniera.
Fragmento de Noviembre de una capital, de Ismail Kadare.
Aquí una nota sobre la narrativa de este autor.
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