La jugada gascona o Guerra y Paz de Tolstoi como manual para entrenadores de futbol americano:
De Guerra y Paz:
—En ello reside la broma y el encanto. Escuche. Los franceses habían entrado en Viena, como ya le había contado. Todo muy bien. Al día siguiente, es decir, ayer, los mariscales Murat, Lannes y Béliard montaron a caballo y se dirigieron al puente. (Advierta que los tres son gascones.) “Señores”, dice uno, “saben que el puente de Thabor está minado y contraminado y ante nosotros hay una amenazadora fortificación y un ejército de quince mil soldados a los que se ha ordenado hacer volar el puente y no dejarnos pasar. Pero nuestro emperador Napoleón le será grato si tomamos este puente.” “Vamos”, dijeron los otros y fueron y tomaron el puente, lo atravesaron y ahora están a este lado del Danubio con todo su ejército dirigiéndose hacia nosotros, hacia usted y hacia sus noticias.
—Basta de bromas.
—No bromeo en absoluto –prosiguió Bilibin, respondiendo a los impacientes e incrédulos gestos de Bolkonski-, no hay nada más cierto y más triste. Estos señores se acercan solos al puente y alzan los pañuelos blancos, aseguran que se ha firmado el armisticio y que ellos, mariscales, van para entablar conversaciones con el príncipe Auersperg. El oficial de guardia les deja entrar en la fortificación. Le cuentan un centenar de tonterías gasconas, diciendo que la guerra ha acabado, que el emperador Francisco ha acordado un encuentro con Bonaparte y que ellos desean ver al príncipe Auersperg, estos caballeros abrazan a los oficiales, bromean, se sientan en los cañones, y entretanto el batallón francés entra sin ser advertido en el puente, tiran los sacos con los materiales inflamables al agua y se acercan a la fortificación. Finalmente, hace aparición el mismo teniente general, nuestro querido príncipe Auersperg von Mautern. “¡Querido enemigo! ¡Flor del ejército austríaco, héroe de las guerras turcas! La enemistad ha finalizado, nos podemos dar la mano… El emperador Napoleón arde de deseos de conocer al príncipe Auersperg.” En una palabra, estos señores que no en vano son gascones, cubren de tal modo a este pavo de Auersperg con bellas palabras, se siente tan cautivado por la tan rápidamente adquirida intimidad con los mariscales franceses, tan cegado por el aspecto de las capas y de las plumas de avestruz de Murat, que ve solamente sus fuegos y se olvida de los que debía abrir él sobre el enemigo.
(A pesar de la viveza de su discurso, Bilibin no olvidó detenerse después de esta frase para dar tiempo a que la apreciara.)
“El batallón francés entra corriendo en la fortificación, ciego los cañones y toma el puente. Pero lo mejor de todo –continuó él calmando su agitación con el encanto del relato- es que un sargento apostado junto al cañón, a cuya señal debían prender las minas y hacer volar el puente, este sargento, al ver que las tropas francesas tomaban el puente, quería abrir fuego, pero Lannes detuvo su brazo. El sargento, que evidentemente era más inteligente que su general, se acerca a Auersperg y le dice: “¡Príncipe, le están engañando, están aquí los franceses!”. Murat, al ver que todo se iba al traste si dejaba hablar al sargento, con fingida sorpresa (como un verdadero gascón) le dice a Auersperg: “No conozco una disciplina más alabada en el mundo que la austríaca”, dice él, “y usted permite a su inferior que le hable así”. Qué genialidad. El príncipe Auersperg se ofende y ordena arrestar al sargento. Reconozca que resulta deliciosa toda esta historia del puente. No es estupidez ni vileza.
—En ello reside la broma y el encanto. Escuche. Los franceses habían entrado en Viena, como ya le había contado. Todo muy bien. Al día siguiente, es decir, ayer, los mariscales Murat, Lannes y Béliard montaron a caballo y se dirigieron al puente. (Advierta que los tres son gascones.) “Señores”, dice uno, “saben que el puente de Thabor está minado y contraminado y ante nosotros hay una amenazadora fortificación y un ejército de quince mil soldados a los que se ha ordenado hacer volar el puente y no dejarnos pasar. Pero nuestro emperador Napoleón le será grato si tomamos este puente.” “Vamos”, dijeron los otros y fueron y tomaron el puente, lo atravesaron y ahora están a este lado del Danubio con todo su ejército dirigiéndose hacia nosotros, hacia usted y hacia sus noticias.
—Basta de bromas.
—No bromeo en absoluto –prosiguió Bilibin, respondiendo a los impacientes e incrédulos gestos de Bolkonski-, no hay nada más cierto y más triste. Estos señores se acercan solos al puente y alzan los pañuelos blancos, aseguran que se ha firmado el armisticio y que ellos, mariscales, van para entablar conversaciones con el príncipe Auersperg. El oficial de guardia les deja entrar en la fortificación. Le cuentan un centenar de tonterías gasconas, diciendo que la guerra ha acabado, que el emperador Francisco ha acordado un encuentro con Bonaparte y que ellos desean ver al príncipe Auersperg, estos caballeros abrazan a los oficiales, bromean, se sientan en los cañones, y entretanto el batallón francés entra sin ser advertido en el puente, tiran los sacos con los materiales inflamables al agua y se acercan a la fortificación. Finalmente, hace aparición el mismo teniente general, nuestro querido príncipe Auersperg von Mautern. “¡Querido enemigo! ¡Flor del ejército austríaco, héroe de las guerras turcas! La enemistad ha finalizado, nos podemos dar la mano… El emperador Napoleón arde de deseos de conocer al príncipe Auersperg.” En una palabra, estos señores que no en vano son gascones, cubren de tal modo a este pavo de Auersperg con bellas palabras, se siente tan cautivado por la tan rápidamente adquirida intimidad con los mariscales franceses, tan cegado por el aspecto de las capas y de las plumas de avestruz de Murat, que ve solamente sus fuegos y se olvida de los que debía abrir él sobre el enemigo.
(A pesar de la viveza de su discurso, Bilibin no olvidó detenerse después de esta frase para dar tiempo a que la apreciara.)
“El batallón francés entra corriendo en la fortificación, ciego los cañones y toma el puente. Pero lo mejor de todo –continuó él calmando su agitación con el encanto del relato- es que un sargento apostado junto al cañón, a cuya señal debían prender las minas y hacer volar el puente, este sargento, al ver que las tropas francesas tomaban el puente, quería abrir fuego, pero Lannes detuvo su brazo. El sargento, que evidentemente era más inteligente que su general, se acerca a Auersperg y le dice: “¡Príncipe, le están engañando, están aquí los franceses!”. Murat, al ver que todo se iba al traste si dejaba hablar al sargento, con fingida sorpresa (como un verdadero gascón) le dice a Auersperg: “No conozco una disciplina más alabada en el mundo que la austríaca”, dice él, “y usted permite a su inferior que le hable así”. Qué genialidad. El príncipe Auersperg se ofende y ordena arrestar al sargento. Reconozca que resulta deliciosa toda esta historia del puente. No es estupidez ni vileza.
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