noviembre 23, 2010

Atahualpa Espinosa sobre rápidas variaciones de naturaleza desconocida




En el número octubre-noviembre de Tierra Adentro, en la sección Fraguas, Atahualpa Espinosa publicó un texto titulado Ficción joven frente a la historia reciente, en el cual analiza la "aparición de cada vez más cuentistas al interior de nuestras fronteras en los años recientes" a partir de la lectura de cuatro colecciones de cuentos: Ojos que no ven, corazón desierto, de Iris García, Tordos sobre lilas, de Magali Velasco Vargas, Señor de señores y Los caimanes, de Miguel Tapia Alcaraz, y rápidas variaciones de naturaleza desconocida, de Edilberto Aldán.

A continuación transcribo la parte correspondiente a la reseña de mi libro:


[…] Aparentemente más lejos del cuadro que esbozaba al inicio, se encuentra el trabajo de Edilberto Aldán. Su libro Rápidas variaciones de naturaleza desconocida (Biblioteca Mexiquense del Bicentenario, 2009), merecedor de un reconocimiento en el certamen Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, es, en más de un sentido, el más ambicioso del grupo. Se trata de un tríptico de factura exacta. Es visible el cuidado que Aldán tuvo para escribir cada palabra y el resultado es la facilidad con que sucede la lectura, poblada, a la vez, de ideas intrincadas. Sin embargo, la verdadera complejidad se asoma en la suma de las tres partes. El juego que plantea con el primer texto, escrito bajo la forma de una carta al jurado del mismo certamen en el que participó y fue reconocido, es una incursión exitosa en el campo de la metaliteratura, que tantos descalabros ha provocado con su anzuelo en años recientes. No recuerdo haber sentido hace mucho un desconcierto similar ante la duda sobre la índole formal de lo que leía. Más importante, la relación de su recorrido para llegar a esa obra (el libro en su totalidad) que ahora entregaba abiertamente a ellos funcionaría como una pieza de narrativa “pura”, aun removida de ese juego.


La primera parte, literatura sobre literatura, reflexiones sobre el escritor y el acto de la creación en la forma de cuentos de la mejor factura, es solamente el primer espejo que el libro coloca frente al lector y frente al acto de contar una historia en sí, una interrogación sobre la naturaleza de la narrativa.


La segunda, cuentos sin referencia a la literatura, muy cercanos a la experiencia de lo cotidiano, causan un menor asombro inicial, pero dejan un rastro igualmente duradero. La vida interior de sus personajes puede ser habitada por el lector en muchos de sus pliegues más profundos, hasta dotarles de una realidad física que simula ser mayor que la de muchos de nuestros vecinos o compañeros de trabajo. Las reflexiones que dedica el protagonista de “La máquina del tiempo” a su esposa vienen cargadas de una profundidad emocional que pocas veces se refleja siquiera en las conversaciones habituales de muchos matrimonios.


La sección que cierra el libro representa una vuelta de tuerca más. Estos breves relatos funcionan como un artefacto para interpelar la memoria. Aquí se parte de considerar a los recuerdos como producto de una labor creativa, con lo que pierde sentido la duda sobre la autenticidad del contenido de la memoria, en todas sus formas. La última página, correspondiente al microrrelato que cierra el libro, parece hablar de la escritura de la obra que se lee y (por el contexto en que está colocado) del hecho de recordar, en los mismos términos: como una obra condenada a permanecer inacabada.


Decía unos párrafos atrás que la distancia que guarda este trabajo de Aldán frente a la temática de los libros anteriores es aparente. Colocados al centro de Rápidas variaciones…, los relatos que forman la segunda parte (y en ocasiones, los correspondientes a la primera) son también un vistazo hacia vidas que parecen a la deriva, para quienes el entorno inmediato, paralelo al nuestro, ha perdido su significado.


El texto completo en el número 166 de Tierra Adentro

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