
Uno frente al otro, Tirano y Bufón, yo le mando este estúpido juego de los labios, y Usted me manda el hielo de su terror, ese terror que parece necesario para mi risa, para mi escarnecedor humor; porque sólo a causa del Tirano yo me convierto en Bufón; sólo el miedo, porque sé realmente que el Tirano puede matarme cuándo y cómo quiera, y ese cómo no es irrelevante, sólo el terror puede alcanzar los más hondos veneros de la risa, puede volverme necio hasta el punto necesario, de modo que, ya no sé si por espanto o por natural argucia, hallo las ocurrencias, los juegos de palabras, los exquisitos palíndromos que me vuelven indispensable. Y tal vez el Tirano no sería capaz de habitar su propio hielo, no osaría ser él mismo, convivir con su propio sagaz horror, si no lo asistiera -nótese, asistiera, no consolara- la turbia inspiración del bufón. Así pues, a usted le hago falta yo no para alegrarse, sino todo lo contrario, para matar, y a mí me hace falta Usted como asesino para hallar las razones suficientes para mi risa.
Encomio del tirano. Giorgio Manganelli
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