
El cuento, pienso, nació al mismo tiempo que el fuego porque, de improviso, se necesitaba algo que contar alrededor del fuego. El cuento es materia inflamable, arde rápido, da calor y ahuyenta a las bestias y a los malos espíritus, ya las buenas madres y los buenos padres cuentan cuentos a sus hijos a la hora de ayudarlos a cruzar la barrera que los separa del mundo de los sueños y de mil y una noches donde esperan otros cuentos. Cuentos como explosiones, desordenados, dueños de una lógica propia y que aguardan para ser narrados a la mañana siguiente como algo que no se recuerda del todo, como un boceto de algo que se puede escribir mejor pero que casi siempre termina extrañando y traicionando la textura de aquello que se leyó acostados y con los ojos cerrados y en blanco y negro. El recuento de sueños nunca puede transmitir del todo la naturaleza propia del sueño cuando se lo está soñando. Naturaleza que resulta imposible de traer a este lado y reproducirla y escribirla en un cuaderno insomne y siempre listo que yace junto a nuestra cama para que lo llenemos de párrafos de ortografía sonámbula y después seguimos durmiendo, soñando.
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