
El Mal tiene una constancia y una disciplina a las que el Bien sólo puede combatir una y otra vez con el más respetuoso de los asombros. De este modo, el Bien puede vencer una y otra vez; pero el inconmensurable triunfo del Mal reside en su permanencia, en sus ganas de seguir. Por eso, al Mal no le interesa el espejismo de una victoria temporal; por lo contrario, su verdadero triunfo reside en que nunca se lo puede vencer del todo. Sí, el Mal es mejor deportista que el Bien: al Mal no le interesa ganar, al Mal le interesa competir.
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