
Estuve varios días pensando cómo debía titular mi participación en este evento. En los últimos años, y sobre todo en los últimos meses, el trabajo y la persona de Edilberto han sido merecedores de coloridos títulos, cada cual más ingenioso y provocativo. Eso impone presión.
Pero tras mucho pensarlo, y gracias a un gran baile que nuestro presidente municipal está ofreciendo con motivo del día del amor y la amistad, llegué a una respuesta casi obvia. Así pues he decidido titularlo:
Edilberto Aldán: Diosa de la Cumbia
Y me permito el atrevimiento de titular así mi presentación por tres motivos. El primero, porque estoy seguro de que Margarita es toda una dama y no va a venir a reclamarle a Edilberto su legítimo título. Segundo, porque sé que el macho interno que domina el temperamento de Edilberto es lo suficientemente seguro de sí mismo para no ofenderse con un título como éste. Y, en tercer lugar, porque si en este momento cerráramos cada extremo de la calle que está afuera de este museo, con una valla o con auto al más puro estilo del Distrito Federal, entonando el sonidero la primera cumbia de la noche, entonces Edilberto sería el primero en demostrar la veracidad de el título que elegí.
Además de todo me gusta el título porque me permite abordar el asunto de que, en efecto, Edilberto puede ser un fuereño que se resiste a abandonar sus costumbres bárbaras traídas desde la capital a nuestra ciudad de gente buena y cielo claro: aún pide, por ejemplo, que le pongan queso a sus quesadillas; muestra un hereje escepticismo hacia la profecía apocalíptica del extensible brazo del Señor del Encino; prefiere los Reyes Magos sobre el Niño Dios; y saliva Pavlovianamente al escuchar términos como “Tlacoyo”, “Pambazo” o “Monumento a la Madre”. Pero, con todo y sus excentricidades foráneas, cuando se trata de hacer lo que le apasiona (ya sea bailar cumbias, o entregarse a la literatura) Edilberto es un gran ejecutante.
Me queda claro que más de alguno va a pensar en que Edilberto, al momento de planear la presentación de su libro, se fue por la ruta fácil: claro, se dirán, hizo que su amigo (eufemismo para fan incondicional) presentara el libro para que sólo diga cosas buenas. El que piense eso está 50% en lo correcto, y 50% garrafalmente equivocado.
La equivocación principal la refleja el hecho de que más de una vez me he sorprendido regresando a casa cargando un reproche por haber sido injustamente duro o excesivo en el detalle, al comentar sinceramente sobre la obra de Aldán. La calma regresa a mí, cuando cobro conciencia de que él abordaría mis textos con igual y mayor dureza, lo cual siempre agradezco.
Pero están en lo correcto porque en efecto, sólo voy a decir cosas buenas del libro de Edilberto. Pero no por sus habilidades para bailar para bailar cumbia, o por que deseo mantener su amistad. Sino porque “Rápidas variaciones de naturaleza desconocida” es, sin lugar a dudas, un libro muy, pero muy bueno. No es un libro perfecto, lo sé, pero también sé que como lector que ama la narrativa siempre agradezco que un libro no sea perfecto.
Si es usted conocido de Edilberto Aldán y suele charlar con él, puede sucederle que al leer sus cuentos se tope con un personaje o una anécdota, que le resulten ligera y hasta incómodamente familiares. Es mejor que lo sepa de una buena vez: es muy probable que esa parte del texto se esté refiriendo a usted. Ahora bien, si usted no es un conocido de Edilberto Aldán, ni mucho menos ha hablado con él, puede llegar a sucederle que al leer sus cuentos también se tope con un personaje o una anécdota, que le resulten ligera y hasta incómodamente familiares. Sépalo también: es muy probable que esa parte del texto se esté refiriendo a usted. En esto suele radicar el error típico del que se acerca a las historia de Aldán esperando ver el chascarrillo disfrazado de alegoría, la imprudencia embellecida con figuras, o alguna indiscreción mas o menos escondida bajo artificios narrativos. Quien busque eso al acercarse a los textos de “Rápidas Variaciones...” probablemente se aburrirá en las primeras páginas al creer comprobada su teoría. Edilberto escapa, tal vez inconscientemente, del estigma de ser un escritor capitalino que escribe desde la tenebrosa provincia: sus historias son universales en el sentido que buscan calmar las inquietudes de su autor al despertar las de otros, más allá del escenario o las referencias fortuitas o premeditadas.
Me atrevo a decir que el ánimo creador de Edilberto nunca ha girado en torno a embellecer anécdotas robadas, con lo cual no quiero decir que no disfrute toparse con una historia digna de ser contada. Aquellos de sus cuentos cuya génesis me ha tocado contemplar en parte, han surgido siempre de un ánimo casi científico, en el sentido de quien busca contestar metódicamente a una pregunta que lo asalta de pronto. ¿Qué pasa por la mente de un hombre en determinada situación? ¿Qué eventos se desencadenan al mezclar el elemento a con el b? ¿Cuántas maneras distintas existen para encarar un evento? Después viene el laboratorio mental que se desarrolla en las diversas pausas para fumar, en los trayectos en transporte público, en las esperas en el café o en alguna esquina, o en medio de alguna junta particularmente aburrida. Intercambia variables, teoriza, realiza pruebas de choque... y siempre da con una respuesta. Puede o no gustarle, pero ahí estará, reducida a su mínima expresión, semilla de la siguiente historia. Y una vez que ha dado con la respuesta es cuando viene la arquitectura.
Los cuentos de Edilberto no son en absoluto ejercicios de taller. Tampoco creo que se trate de juegos de diletante, como alguna reseña mencionó, y mucho menos habitaciones blancas o frías. En “Rápidas variaciones...” no se nos presenta un mecanismo perfecto de relojería, sino un edificio con una disposición cuidadosa en donde las referencias autocontenidas y externas, los guiños de un cuento a otro, las reiteraciones medidas, consigue que los cuentos del volumen se asemejen a cuartos que se comunican mediante puertas o ventanales, comparten detalles de decoración sutiles, y esconden rincones desde los que se pueden apreciar perspectivas distinta de otros puntos de la casa o el exterior de esta.
El lector se ve obligado en más de una ocasión a detenerse para corroborar el nombre que cree haber leído (y tal vez lo hizo) en un cuento anterior; revisar con una sonrisa desconfiada como parecen cumplirse las reglas narrativas que el autor postula a través de la voz de sus personajes; dudar incluso ante los títulos, con una sensación de deja vú que no lo abandonará durante la lectura. El mayor riesgo que corre aquí el lector, es caer en la trampa de creer que el autor revela todas sus cuartas desde el inicio (aunque, en cierta forma, lo hace).
El libro abre y cierra con las concepciones que Aldán tiene sobre el quehacer literario. La diferencia radica en que mientras Interpósita Persona discurre sobre la naturaleza social del escritor, Arte Poética se decanta en la naturaleza vital de éste. Con estos dos textos encierra elegantemente todas las intenciones contenidas en cada uno de los textos divididos de manera eficaz en las tres secciones que integran el libro.
“Vida fantasma”, para mí probablemente la sección más difícil de remontar del libro, instala en el lector un escozor y una incomodidad que no podemos definir del todo, pero que prepara el terreno para el asombro creado por las mejores historias del libro, contenidas en “Ceremonias de aire”, y al final premiar al lector con el gran cierre que para mí dan los textos meticulosamente construidos que conforman “Pequeñas y fugaces memorias”.
En cada historia Edilberto muestra un músculo narrativo distinto: “Interpósita Persona” es un divertimento elevado a ingeniería narrativa cuyo placer al leer, imagino, no debe ser nada comparado al placer que le causó escribirlo. “Coral” es una demostración soberbia del dominio al mezclar distintos tiempos narrativos, en la que uno como lector está esperando en todo momento que el narrador cometa un error. Créame, no los hay en esta historia. Lo revisé con detalle. Y odio pensar que Edilberto sabe que me puse a buscar sin éxito tal error. La Máquina del Tiempo, quizás mi cuento favorito del libro, encierra una emotividad y ternura que pocos escritores se permiten.
La dinámica que estructura nuestra memoria tiene por costumbre establecer puntos de referencia en torno a acontecimientos ajenos a nuestra persona. ¿Dónde estabas cuando mataron a Kennedy? ¿Con quien estabas en el terremoto del 85? ¿Qué estabas haciendo cuando te enteraste de la victoria de Obama?
En mi caso recuerdo perfectamente en dónde me encontraba y qué estaba haciendo cuando Edilberto me llamó para compartir que había ganado el Premio Bicentenario por este libro: no, no voy a decir ni dónde, ni qué, todavía me queda un poco de buena reputación que mantener. Pero recuerdo también perfectamente que es lo que hice después de que colgué el teléfono y me repuse de la excelente noticia: regresé a mi cuarto a buscar en la computadora los cuentos que Edilberto amablemente comparte conmigo, leyendo con esa mezcla de envidia y admiración que siempre me invade cuando lo leo, con el recelo socarrón que me invade por momentos al descubrir alguna trampa que intentó disfrazar entre un dialogo y otro, entre un párrafo y el siguiente, con el placer discreto que siempre regala leer un cuento bien escrito. También recuerdo perfectamente lo que hice después: me puse a escribir hasta la madrugada, después de meses de no lograr más de cinco líneas seguidas. Porque ese es el otro efecto que tienen los textos de Edilberto Aldán, despertar en otro el deseo por lograr algo similar a lo que nos regala, cerrando así el ciclo que lo lleva de lector cosaco a buen escritor, y de creador de lectores, a impulsor de nuevos textos.
Cuando Edilberto me recomienda (eufemismo para “cuando me ordena”) alguna lectura, película o disco, hago lo que hace todo digno aprendiz al recibir conocimiento privilegiado por parte del maestro: lo tiro a loco. Más aún, desestimo en la medida de lo posible la recomendación en cuestión, con argumentos tan contundentes y reflexivos como “guácatelas”, “no manches, estás bien viejito”, o “ash, como das lata con tus joterías”. Por supuesto lo que hago inmediatamente después es apuntar la recomendación en la agenda para leerla, verla o escucharla, en cuanto pueda encontrar un momento libre.
Pero cuando Edilberto, en medio de la jornada laboral, me mandaba por correo electrónico alguno de sus nuevos cuentos para que le diera mi opinión sobre ellos, no podía menos que maldecirlo por lo bajo, pues ya sabía que sería incapaz de retomar el trabajo interrumpido mientras no terminara de leer el cuento enviado. De hecho, considero que si este libro fuera acompañado con una cintilla al ser vendido en las librerías, ese es precisamente el texto que ésta debería mostrar: “No abra este libro en el trabajo, o si tiene que despertarse temprano al día siguiente”. Les aconsejo especialmente no comenzar a leer “Pequeñas y fugaces memorias” si tiene que hacer algo con urgencia, pues le será difícil dejar la lectura de lado.
Pese a las cumbias y a las quesadillas con queso, el afecto y mi nublado juicio me permiten decir que en términos de amistad, Edilberto Aldán y su esposa Laura son una de las mejores cosas que han pasado en mi vida. Mi ánimo lector y el cariño que le tengo a la prosa bien escrita me permiten decir que en términos literarios Edilberto Aldán es una de las mejores cosas que pudo pasarle a la narrativa de Aguascalientes.
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