febrero 26, 2009

Perdón por intolerarlos: ahí viene la plaga

Perdón por intolerarlos
Ahí viene la plaga

Plagiar es robar, no hay de otra, se puede adornar el hecho, intentar justificarlo a través de teorías de la conspiración, indicar que alguien olvidó colocar unas comillas, que los duendes de la imprenta o los gremlins de la política, que el negro contratado para la redacción de discursos sufrió un ataque de flojera y decidió no borrar las huellas de su delito, lo que sea, al final el hecho es el mismo, a lo que hay que sumar el cinismo, ya que este robo se comete con la presunción de que se puede engañar al otro y demostrar un conocimiento que no se tiene.

La denuncia que recibió La Jornada Aguascalientes sobre el plagio cometido por Rafael Urzúa Macías, Rector de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, no se puede minimizar por ser una denuncia anónima ni a través de usar la definición de la Wikipedia para aligerar las consecuencias, el plagio demuestra mala fe y la poca importancia que se da a las ideas, a la posibilidad de diálogo.

Pocas cosas honran a un escritor como el detalle de una cita en el lugar oportuno, destacar el texto ajeno con cursivas o colocarlo entre comillas, quien así lo hace establece un vínculo nuevo entre el texto citado y su propio lector, se favorece el intercambio de ideas, quien escribe presenta a otro autor con una perspectiva enriquecida. Si hay belleza en el arte de la cita es porque muestra de la manera más transparente el mecanismo del diálogo, cómo se establece un nexo con el otro, incluso es posible rastrear la forma en que se genera una idea nueva al disponer de las señales que dispararon el comentario o señalamiento, si se rebate o se coincide. ¿Plagiar?, plagiar es fraude, pereza de pensar, asumir que el otro ya lo dijo mejor pero negarle el crédito, abusar de la confianza del lector presentando como propio un conocimiento ajeno que, en el peor de los casos, ni siquiera se entiende.

Ya el secretario particular del rector, Marco Antonio Gallardo Cabrera, salió a ofrecer su cabeza apuntando que él es responsable de los comunicados y publicaciones, Matías Lozano, columnista de La Jornada Aguascalientes apuntala la respuesta señalando que así “queda solventado el asunto del plagio”, en lo que me permito disentir, no queda arreglado nada, se explica pero no se justifica, no importa si es un discurso a puerta cerrada, un boletín informativo o una ponencia magistral, conserva su característica de insulto a sus interlocutores y práctica poco honesta.

Quizá Matías Lozano disculpa el hecho porque el acusado es el Doctor Urzúa Macías o le disgusta el anonimato de los acusadores, pero insisto, plagio es robo y simulación, una denuncia que no es anónima es la publicada por Adán Josué Brand Galindo en la página México Kafkiano (http://mexicokafkiano.com), donde acusa Nora Ruvalcaba de tropezar con la misma piedra que el rector de la UAA y comprueba que el texto publicado en La Jornada Aguascalientes por la diputada perredista (febrero 17) es un plagio de una nota del periódico vasco Gara y de una entrevista al sociólogo Heinz Dieterich Steffan en la revista digital Rebelión. ¿Cómo disculpamos a Nora?, ¿también es por culpa de la auditoría a la Posta Zootécnica? Al grupo de diputados que copiaron y pegaron una ley para presentarla como iniciativa propia, ¿los incluimos como parte de las presiones que recibe rectoría? Ya son demasiados casos, es una plaga, consecuencia de la poca importancia que se de la da las ideas y al debate.

Asumir las consecuencias de un fraude no debe ser tarea grata, pero una vez descubierto el chanchullo, no se le puede echar al olvido, es necesaria una reacción pública. No hace mucho Shoichi Nakagawa, ministro de finanzas del Japón, renunció a su cargo tras ser acusado de asistir borracho a una conferencia de prensa del G7. El funcionario nipón jura y perjura que su comportamiento fue resultado de la mezcla de medicamentos para la gripe, cansancio y el jet lag, aún así, reconoció el error de salir en esas condiciones, la vergüenza lo hizo presentar su renuncia.

¿Qué le podemos exigir a nuestros políticos?, por supuesto que la renuncia no, eso es pedir lo imposible, pero sí un poco de pudor, una mínima señal de que no se nos considera imbéciles, al menos una disculpa pública; además, no debe ser tan difícil, es cuestión de pedirle a alguien que la escriba, lleva poco tiempo encontrar una en internet.



Publicado en La Jornada Aguascalientes (26/02/09)

Post scriptum:
En la edición de febrero 25 de La Jornada Aguascalientes, la diputada Nora Ruvalcaba ofreció una disculpa a los lectores por "omitir" la referencia a
Heinz Dieterich Steffan, "Por pereza y descuido. En la edición de febrero 26, se publica una carta del rector de la UAA, Rafael Urzúa Macías, en la que califica el plagio de "lamentable inconsistencia".

febrero 18, 2009

Perdón por intolerarlos: porque lo digo yo

Perdón por intolerarlos
Porque lo digo yo

De entre las miles de maneras posibles de cancelar un diálogo destaca por patética, sólo un poco más que la decisión de tomar un arma y cambiar las ideas por la violencia, considerarse a uno mismo fuente incuestionable de la verdad, cancelar las ligas indispensables con la realidad que requiere un argumento, que baste como demostración el mero hecho de enunciarlo, cuando el otro esgrime un Porque lo digo yo es posible escuchar el estrépito con que la inteligencia cae por las escaleras.

Porque lo digo yo, dicho en cualquier circunstancia, muestra un claro desprecio por el otro, intenta funcionar a manera de justificación cuando lo cierto es que declara una ignorancia rampante, sin embargo, la chabacanería de nuestra clase política le permite emplear esa frase como forma recurrente de fundamentar sus acciones, sabe que los ciudadanos no asumimos los derechos y obligaciones de la rendición de cuentas, que basta decir que las cosas son así para probar lo que sea.

Acostumbrados a que la rendición de cuentas se quede en buenas intenciones, se permite en Aguascalientes que un regidor viaje a Europa con gastos pagados y regrese a confesar cínicamente la inutilidad de su viaje, porque la oficina que buscaba tenía una sucursal en México, es decir, planeó un viaje y obtuvo los recursos públicos para realizarlo, para al final decir: “tuvimos que ir hasta Francia para darnos cuenta de que aquí está una oficina” ¿De quién es la culpa?, quién sabe, de nadie entonces, porque se justificó señalando que el equívoco se debió a una “falta de comunicación”. (sobre el viaje del regidor perredista Abel Hernández Palos ver nota en La Jornada Aguascalientes de enero 26)

Uno supone que hay mecanismos que evitarían estos actos de corrupción, de hecho estoy seguro de que existen, que para obtener el pasaje de avión, los viáticos, se requiere seguir un procedimiento administrativo que impide gastar el dinero en forma tan inútil, pero la creatividad de la clase política es más grande que cualquier traba que se le quiera poner a su parasitismo, las cosas se pueden hacer Porque lo digo yo.

Pareciera destino fatal que los mecanismos de control que se le imponen a la clase política estén destinados a ser violentados, siempre se encuentra la forma de darles la vuelta, ni siquiera se pone mucho empeño o se dedica inteligencia alguna, se intuye que nosotros, los ciudadanos, dejaremos pasar una vez más la falta de claridad.

Otro ejemplo de cómo se le puede sacar la vuelta a los mecanismos que suponen facilitan la rendición de cuentas es realizar una interpretación de la ley que promueva la opacidad, por ejemplo, cobijarse en el Artículo 38 de la Ley de Transparencia y Acceso a la Información del Estado de Aguascalientes para declarar “improcedente” una solicitud de información porque la información no existe. Así lo hacen los diputados locales. A través de la sección de transparencia con que cuenta la página en Internet del Congreso local se remitió la siguiente pregunta: ¿Cuáles son los criterios para establecer el salario que perciben los diputados de Aguascalientes?

El titular de la Unidad de Enlace de Transparencia, Diego Alfonso Torres Pérez, contestó: “El Congreso del Estado no cuenta con ningún registro contable de las razones o del criterio seguido por los Diputados integrantes de la LVII Legislatura por medio del cual establecieron la dieta que deben de percibir cada uno de los representantes populares. En este sentido y como ya lo mencioné esta es la cuarta Legislatura que percibe la misma dieta establecida por la Legislatura antes mencionada. Así mismo (sic) con fundamento en el Artículo 38 de la Ley de Transparencia y Acceso a la Información del Estado de Aguascalientes, esta Unidad de Enlace de Transparencia cataloga como improcedente su solicitud por tratarse de información inexistente”. La respuesta que es de más de dos cuartillas se resume en un simple y llano: No sabemos. Pero eso no basta, además hay que declarar improcedente la pregunta.

Con fundamento en la ley, los diputados evaden la responsabilidad de rendir cuentas, ya que al declarar improcedente una pregunta se está implicando que la solicitud no se realizó conforme a derecho o bien que es inadecuada, en cualquier de los dos casos la culpa es de quien formuló el cuestionamiento, no de quien no sabe, no puede o no quiere contestarlo.

La respuesta de los legisladores, el no contar con documentación sobre el procedimiento para asignarse un sueldo, el no haber realizado una investigación para justificar lo que los ciudadanos gastamos en ellos, eso sumado a la aceptación cínica de “así estaba cuando llegamos” y vamos a hacer como si no nos hubieran preguntado es un enorme Porque lo digo yo.

Saber por qué ganan lo que ganan los diputados es importante no por un puro afán quejoso en el que se subraye lo mucho o demasiado que perciben por su trabajo, sino para conocer cuáles son las reglas bajo las cuales decidimos pagarles cierta cantidad para representarnos y saber cuáles son las opciones cuando la percepción general es que no están cumpliendo con su trabajo, con mayor razón en tiempos electorales, cuando los candidatos y partidos se alistan a prometer las perlas de la virgen a cambio del voto.

Rendición de cuentas y transparencia no es mucho pedir, no debiera serlo en una democracia que tiene uno de sus fundamentos en la participación ciudadana.


Publicado en La Jornada Aguascalientes (18/02/09)

febrero 17, 2009

Christopher Walken mood



let's misbehave!

You could have a great career,
And you should;
Yes you should.
Only one thing stops you dear:
You're too good;
True damn good!

If you want a future, darlin',
Why don't you get a past?
'Cause that fateful moment's comin' at last...

We're all alone, no chaperone
Can get our number
The world's in slumber ...let's misbehave!

There's something wild about you child
That's so contagious
Let's be outrageous ...let's misbehave!

When Adam won Eve's hand
He wouldn't stand for teasin'.
He didn't care about those apples out of season.

They say that Spring means just one little thing to little lovebirds
We're not above birds ...let's misbehave!



febrero 12, 2009

Nunca he leído Rayuela


Nunca he leído Rayuela

Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.

En ese entonces la felicidad venía en tamaño águila, aunque en las revistas usadas todavía era posible encontrar los comic tamaño colibrí que en su portada tenían impreso el costo de dos pesos, lo que facilitaba el regateo, más difícil conseguir precios bajos en la serie avestruz, el tamaño ameritaba un intercambio más largo con el dueño del local que hoy todavía está en la calle de Antonio Caso, un cuarto pequeño que se desborda hacia la calle, una lengua de libros y revistas que lame la banqueta y ofrecía en ese entonces la maravilla de cinco o siete ejemplares de The Spirit, sobre los que me abalanzaba como si fueran el arca de la alianza.

Así de simple era la felicidad, entre dibujos de Will Eisner y revistas con un sello ovalado que encerraba el ave que distinguía las series de Bat Man el Hombre Murciélago, El Asombroso Hombre Araña y Diabólico ¡El hombre que no teme a nada!, y sí, a veces los libros, los que estaban a la mano, los que había en una casa clasemediera donde a los padres les entraba la preocupación de que sus hijos debían ser mejores que ellos y los libros tenían cierto prestigio, sobre todo las enciclopedias que vendían, todavía, de casa en casa.

En ese entonces no me decían que no, tampoco daba muchas oportunidades para que me negaran algo porque no pedía, ¿qué se puede pedir a esa edad si el mundo estaba a la mano?: cruzando la calle el parque de senderos adecuados para la bicicleta y los patines, ese jardín que se unía a la placa gigantesca del Monumento a la Madre, con su plancha del tamaño justo para el futbol, el tochito o el beisbol; sin cruzar la calle se podían satisfacer todas las necesidades y placeres: un puesto de revistas bien surtido;, dos hoteles con alberca a los que nos colábamos en verano; una panadería y su cálido aroma a bolillo crujiente; la rosticería con su espectáculo de pollos dorados; una cantina con su letrero empolvado que anunciaba no se permitía la entrada a uniformados y damas; una dulcería que mezclaba pirámides de lenguas de gato y billetes de lotería; El sol de oriente donde sabios caballeros de bata blanca no necesitaban preguntar cómo se quería el corte; pero sobre todo, por encima del tendajón mixto con sus verduras asoleadas o la vieja terminal de autobuses o el local de pozole y quesadillas, en la acera de Insurgentes La Especial de París: el helado de vainilla servido en una copa metálica, una foto en blanco y negro donde dos mujeres miran desde 1920 cómo preparan una soda italiana, unas crepas de cajeta, el temblor que provoca en el comensal el ritual de quitarle la tapa a una naranja rellena de una nieve cremosa que obliga a la blasfemia: se cierran los ojos y se adquiere la certeza de que Dios es el rumor dulce con que estalla el sabor tras la primera cucharada.

Y un día, en esa misma acera, se estableció lo que faltaba para que la representación del mundo y sus placeres estuviera completa, en la planta baja del edificio que en ese entonces me parecía altísimo el periódico El Día instaló sus oficinas y una librería, ¿El gallo ilustrado?

A partir de ese día comencé a pedir, cómo no hacerlo, todas las tardes en el camino se cruzaban en mi camino, las portadas bellísimas, los muchos libros acomodados de frente al peatón, una invitación a detenerse y mirar, desear. Recuerdo los cristales y mi propio reflejo apagado como fantasma ante la presencia sólida de los libros, recuerdo que eran demasiados, pero es una memoria donde todo se mezcla, un muro de portadas de libros donde no se distinguen bien a bien los títulos. Sólo uno, entre todos esos, Rayuela, la portada nada llamativa de la edición en Bruguera Libro amigo, una portada más anodina que sencilla, de tonos verdes, dos nombres Julio Cortázar, Rayuela y el borde de una carta, un sello postal, el timbre y lo quise y los 686 pesos de su costo eran una suma exorbitante para mi bolsillo, de hecho para el bolsillo de mi madre también lo era, o quizá, sólo quizá, retardo la compra del libro que pedí porque no supe explicar la razón de mi deseo.

Todavía hoy no puedo explicar las razones del deseo de precisamente ese libro, no sabía nada del libro, sí, rayuela le decían al avión que se pintaba con gises en el patio de la escuela, sí, supongo que leí algo en los libros de texto del tal Julio Cortázar, sí pero, es que lo quiero. Madre mirando desde arriba, en ese entonces era más alta que yo, sin entender, supongo cómo deseaba tanto algo que no sabía qué era y yo frustrado porque tampoco sabía. Yo prometiendo que no iba a pedir nada en mucho tiempo, tantos días como fueran necesarios para abarcar los más de 600 pesos. El recordatorio: siempre me porto bien, en la escuela inmejorable, hago todo lo que me dicen, no hago berrinches… Hasta que una tarde por fin tuve el ejemplar en las manos. Madre me pidió que la acompañara y yo no pregunté porque estaba haciendo méritos, porque en el fondo sabía que ese era el día y la emoción de recibir el ejemplar que tomaban de la vitrina y no así sin bolsa.

Pero yo nunca he leído Rayuela.

Sí tuve el ejemplar en la pésima edición de Bruguera. Julio Cortázar en letras negras, Rayuela en blanco sobre un fondo verde, la imagen del sobre que anuncia el envío vía aérea, los tres timbres de la República Argentina, el diseño de cubierta que se acredita a Soulé-Spagnuolo y el anuncio de que es la tercera edición: febrero 1981, de ISBN 84-02-06740-9, en el lomo el logotipo del gato negro y abajo los números 502/680. Todavía tengo el maltratado ejemplar, como la mayoría de mis libros tiene anotaciones, mi apellido en la primera hoja (esa sensación de que algo te pertenece), la ha caído líquido (supongo café), el sol se ha comido los colores de la portada, se han desprendido bloques enteros de hojas, al tomar el ejemplar éste se empeña en ofrecer el nombre de Berthe Trépat en el capítulo 23, o bien invita a comenzar la lectura a partir de los capítulos prescindibles… y a pesar de lo que indican mis subrayados y notas, sé que no lo he leído.

Sí, hubo una fiebre por acomodarse en el sillón verde de la sala y comenzar a leer, sé que tuve el lápiz en la mano, sé que se me cortó el aliento ante el Tablero de dirección (¿lo ve mamá?, el libro es muchos libros, vale los 600 pesos) y sé que leí y leí y leí… No entendí nada, todo era pura emoción, similar a la de subirse a la montaña rusa la primera vez que, al menos en mi caso, fue un miedo razonado que se desvaneció súbito ante el deseo de recordar las sensaciones, el vértigo.

Leer una y otra vez y en el vértigo alcanzar a apuntar los nombres, subrayar las referencias, todo lo que tenía que ver, leer, probar, escuchar. No leí Rayuela porque a partir de ese momento se transformó en guía de lo que tenía que conocer. No leí Rayuela porque nunca quise ser Oliveira y prometí jamás enamorarme de ninguna Maga, en un código que he roto estaba inscrito que jamás me comportaría como Ossip Gregorovius para que nadie me tuviera esa lástima que le dispensan… yo lo que quería era ser Morelli, entender, escribir.

Entonces a buscar quiénes eran todos esos nombres, qué era el cuarteto de Durrell sobre el que Pola se echaba arropada en un poncho mexicano, qué pintaba el tal Clorindo Testa o escribía Bioy Casares que tanto le gustaban a Talita, qué significaba una postal de Klee y quedar prendado para siempre de pinturas que ni siquiera se mencionan en Rayuela, por supuesto, al llegar a los capítulos prescindibles engrosar la lista de lo que estaba obligado a conocer, leer, por qué citaba Morelli a Gombrowicz, Octavio Paz, Hofmannsthal, Kafka, Bataille, Rimbaud, Ferlingheti, Lowry o T.S. Eliot. Con esos nombres apuntados en una lista volví a la librería de El Día. La otra lista, la de la música, me llevó un poco más lejos de casa, en la calle de Río Tiber estaba AB discos y ahí iba a que se rieran de mí, no sé si se burlaban, pero quienes me atendían sonreían con asombro al verme leer mi lista y preguntar: ¿tiene discos de Ella Fitzgerald, Oscar Peterson, Louis Armstrong, Thelonius Monk, Art Tatum, Billie Holliday…?

Podría engañar al interlocutor que se deje culpando a Rayuela de que la canción más triste del mundo, al menos con la que lloré una de esas decepciones amorosas que parecen definitivas fue Into each life some rain must fall y mientras lloraba escuchando a la Fitzgerald con el Oscar Peterson Trio, pero esa pieza no aparece en el libro de Cortázar, por más que la busqué, muchos años después de la edición de Bruguera, ya en la edición de Planeta-Agostini, el número 3 de la colección Historia de la Literatura Latinoamericana que vendían semanalmente en los puestos de periódicos, un libro y un fascículo coleccionable. Edición de la que tengo dos ejemplares porque además del que adquirí, una mujer me lo regaló y puso la siguiente dedicatoria: “Lo encontré en la bodega de un viejo librero, me dijo que ni la humedad podía con tipos como este Cortázar. Para tu colección”

No he leído Rayuela porque cambié todo lo que en ese entonces me hacía feliz y era simple en sus tamaños colibrí-águila-avestruz por el suplicio satisfactorio de tratar de entender, salté de Bruguera a la edición de Ediciones Alfaguara S.A., que me parecía elegante, muchísimo que la actual de Alfaguara Literaturas, aunque mi preferida era la de Alianza Editorial, el diseño de la cubierta de Daniel Gil era para mí el libro, claro, no conocía la edición de Andrés Amorós (¡un mapa!) que entonces fue la que traje de un lado a otro y me parecía la definitiva, la que intenté no rayar (tanto) o mejor dicho, la que me decidió a cambiar los subrayados por unas flechas pequeñas en la línea que deseaba recordar (no temas lector, no citaré el capítulo 7, ni el 41, ni…).

No he leído Rayuela porque comencé a coleccionarlas, en uno de esos rituales incomprensibles que hoy sé muchos seguidores del culto Cortázar practican, la corona de la colección, por supuesto, la Sudamericana que hoy venden por internet e inicia una subasta en 700 euros, pero no me gusta recordar que alguna vez tuve ese ejemplar, porque me invade la ira y no me gusta desearle mal a nadie, porque hay errores que no se debe uno permitir y, en fin… Mejor acariciar la edición crítica a cargo de Julio Ortega y Saúl Yurkievich, repasar con los dedos los post it con que me iba guiando en otra lectura posible.

Nunca he leído Rayuela, por más que cada una de las ediciones que tengo, las marcas que dejo en los libros, quieran desmentirme porque soy incapaz de entender que ya es una obra superada, que la acusen de jueguito o experimento mediocre, porque me emperra que ante la ausencia de ideas propias y en un afán de estar a la moda se aprecie Los detectives salvajes comparando lo que escribió Bolaño con lo que creó Cortázar, y me hace enojar tanto la estupidez borreguil porque adivino la lectura apresurada del comentario que hace Enrique Vila-Matas en la edición de Anagrama: “una novela que bien podría ser —ahí donde la ven— una fisura, una rotura muy importante para lo que hasta ahora ha ido haciendo una generación de novelistas: un carpetazo histórico y genial a Rayuela de Cortázar y de la que Los detectives salvajes bien podría ser su revés, en el amplio sentido de la palabra revés”, pero al robar la idea y no pensar se tergiversa el comentario y entonces una es mejor que la otra, como si fuera concurso de quién puede decir más rápido desemperejilaré. Nunca he leído Rayuela porque no veo en esas páginas un libro y entonces me aburro al tener que formular una defensa (que no necesita) ante quienes sólo pueden hacer crítica a partir del borrón y cuenta nueva o la necedad de la novedad y la experimentación que es agua tibia.

No he leído Rayuela porque me asumí lector hembra y fui de la página uno hasta el final; porque intenté ser lector macho y puse palomita en cada uno de los capítulos del Tablero de dirección hasta quedar atrapado en el loop final; quise ser nomás yo ante el libro y no pude evitar el deseo de viajar, el suspiro: ah París, ah Buenos Aires; porque a veces me da por pensar que es posible tender un tablón entre la ventana del otro y la propia, con una invitación a que lo cruce antes de que llegue Gekrepten a cambiar el ciclo del mate por el sector café con leche; porque irremediable sé que aunque nunca haya querido ser Oliveira, lo mío será también reventar de una oclusión intestinal, la gripe asiática o un Peugeot 403; porque ante la maravilla de las Gymnopedies he pensado en qué sucedería si fuera Madame Trépat la que pusiera las manos sobre el piano; o en los años de pobreza, cuando la bolsa de plástico se abrió paso por el hoyo inmenso del tenis y llovía y la vergüenza y la tristeza de no tener un clavo se consolaba ante la perspectiva que sí podría ser peor, podría estar con Emanuèle rumbo al kibbutz del deseo; o bien he sido tentado por la idea de entregar una hoja para ver si esa ella le quita la pulpa y deja sólo las nervaduras, para así proponerle que hagamos el amor, sí, como dos músicos que se juntan para tocar sonatas…

No he leído Rayuela porque no la sé de memoria, porque en la conversación con los amigos, con los otros fanáticos, me he escuchado pedir que me cuenten, como quien tiende la mano e invita a bailar porque es fácil, con tal de recordar a través de ellos al Club o que Traveler nunca se ha movido de la Argentina o quién peinaba al gato calculista; sí, porque mis dos primeros gatos se llamaban Horacio y Manú, qué se le va a hacer, abundo en incongruencias.

No tengo justificación, ni siquiera creo que sirva decir que tras la edición de Bruguera Libro amigo y no entender nada, las visitas siguientes a esa librería que estaba a unos cuantos pasos de casa fueron para comprar sus libros, todos sus cuentos, todo lo que encontrara, y sí Bestiario, Los premios, Silvalandia, Territorios, Prosa del observatorio, Octaedro, que pocas emociones como encontrar la primera edición de Ceremonias, casi comparable como entrar a esa librería (también sobre Insurgentes pero al sur) donde encontré una pila de ejemplares de Fantomas contra los vampiros multinacionales o el orgullo con que veo los hasta hace poco “cuentos completos” en cuatro tomos de Alianza Editorial; podría aducir en mi defensa que pienso en las obras completas de Galaxia Gutenberg y algún día, algún día.

Justificarme, la mirada baja, citando algo encontrado en los tres tomos de obra crítica en Alfaguara o recitando (qué más da) alguna de las traducciones de Cortázar en su Imagen de John Keats, o ya en plan de echar toda la carne al asador mencionar el Diario de Andrés Fava

No, no he leído Rayuela, quizá es tiempo de regresar a ese entonces cuando la felicidad venía en tamaño águila y el mundo todo cabía entre cuatro calles.

Quizá es tiempo ya de sacarme de encima todos estos hilos que traigo en el bolsillo, arrollar un piolín negro al picaporte, parapetarme tras las palanganas acuosas y darle una oportunidad a ese libro, quizá.

febrero, Año 25 d.C.

febrero 11, 2009

Perdón por intolerarlos: vestiduras efímeras

Perdón por intolerarlos
Vestiduras efímeras

Javier Sicilia obtuvo el Premio de Poesía Aguascalientes 2009, un jurado compuesto por Luis Vicente de Aguinaga, María Baranda y Francisco Hernández lo seleccionó de entre 302 participantes, la decisión unánime coincidió en resaltar que su libro merecía el reconocimiento “por la serenidad y profundidad con que articula el conflicto de un ser consigo mismo refiriéndose al mismo tiempo al destino de todos. Tríptico del desierto pone en juego la experiencia y el vocabulario religioso, al entrecruzarlo con tradiciones poéticas y realidades sociales de diverso signo”.

Quizá es demasiado pronto para esperar reacciones, sólo unas cuantas entrevistas en los medios impresos, algunos elogios y reconocimientos bien merecidos a la trayectoria de Sicilia, nada más, tristemente la poesía no es noticia; sin embargo no deja de llamar la atención la ausencia de comentarios si se recuerdan las dos últimas ediciones del Premio de Poesía Aguascalientes.

Sirva una cita de la columna de Humberto Musacchio a manera de resumen de lo ocurrido en el 2007: “la causa del escándalo era el hecho de que uno de los jurados (Eduardo Langagne) es jefe del premiado (Mario Bojórquez), lo que plantea un conflicto de intereses, además de que se pone en cuestión la calidad de la obra escogida en ese certamen que en varias ocasiones ha negado el premio a creadores que gozan de enorme prestigio. Dirigida a Silvia Molina, la directora de Literatura de Bellas Artes, ya circula una carta con numerosas firmas de poetas reconocidos quienes no están de acuerdo con el otorgamiento del Aguascalientes ahora y el año pasado, y le piden hacer algo para evitar desatinos que ponen en riesgo el prestigio del citado premio. El asunto ha cobrado tintes de gravedad, pues una de las impugnadoras recibió amenazas telefónicas de un cobarde”.

Mientras que en 2008, el Premio fue declarado desierto. El jurado (Jorge Esquinca, José Luis Rivas y José Javier Villarreal) señaló que ninguno de los trabajos recibidos reunía el nivel de excelencia requerido y, como se hizo en 1979 con la obra de Elías Nandino, se propuso realizar un homenaje a Gerardo Deniz. Inmediatamente comenzaron las protestas, más de un poeta se rasgó las vestiduras en nombre del honor de la poesía mexicana, se multiplicaron los abajofirmantes exigiendo que se revisaran las reglas del concurso, piedras tiradas a mano escondida intentaron saldar cuentas con el jurado, se propuso que con el monto del Premio se difundiera la obra de “nuestros poetas mejores” o bien abrir talleres literarios para “recomponer el estado de salud de la poesía mexicana”.

Fatídicamente, como suceden las cosas en este país, nada ocurrió, no hubo consecuencias a la furia epistolar de la comunidad artística, el furor declarativo se fue diluyendo, uno supone que tareas más importantes distrajeron su atención y tiempo; otra opción es que las lamentaciones se agotaron ante la indiferencia de las autoridades, porque darle la vuelta es también una forma de silencio, en el caso de las autoridades culturales, el Instituto Cultural de Aguascalientes destacó como un logro épico que el jurado deliberara en esta ciudad, del INBA o CONACULTA ni sus luces.

En Aguascalientes, por los pasillos de la Casa de la Cultura y los cafés o cantinas donde se reúne la comunidad artística se intercambian anécdotas que rematan: con estos ojos que se han de comer los gusanos, para asegurar que saben algo acerca del Premio Aguascalientes: cuál fue el jurado en que un primo se lo dio a una cuñada, quién se acostó con quién, el nombre del caudillo al que hay que rendir pleitesía para obtener el premio; los de siempre quejándose como siempre. En ese mismo tono bajito, las autoridades culturales de Aguascalientes se conduelen: tras 40 años el formato del Premio está agotado, es el momento de cancelar el concurso, al Estado le pesa otorgar 125 mil pesos y no tener poder de decisión alguno; un escurrir el bulto para no explicar las decisiones que se toman o se asumen.

No parece difícil sumar quejosos, se puede suponer que todos tienen buenas intenciones, ¿por qué no se aprovechó el descontento para establecer nuevos criterios de participación?, ¿dónde quedaron los poetas que el año pasado se rasgaron las vestiduras?, ¿los abajofirmantes que se propusieron enmendar el destino de la poesía mexicana a través de cambiar las reglas del juego? Se desvanecieron, como en otros ámbitos, lo que nos gusta es el griterío, el rasgar estruendoso, la chimiscolería; la indignación alcanza para protestar, no para proponer. Después, el olvido.

El domingo pasado, Jorge Álvarez Maynez finalizó su columna Uno de estos días así: “No hay otra manera de construir democracia, que la que el imperativo categórico desliza: imaginar que nuestras acciones individuales fueran regla universal. Aunque nos cueste, pero así debe de ser. Debe de ser.” La idea me parece luminosa porque obliga a la reflexión sobre lo que ser ciudadano implica, no basta ser abajofirmante, es indispensable sostener una opinión, informarse, hacer.

Afortunadamente, el Premio de Poesía Aguascalientes no es la poesía mexicana, así que las lamentaciones y el rasgarse las vestiduras queda en eso: espectáculo instantáneo. Lamentablemente, en las reacciones de la comunidad artística, en el esconder la cabeza de las autoridades, sí se puede ejemplificar lo que le pasa a este país: queja constante, olvido crónico.


Publicado en La Jornada Aguascalientes (11/02/09)

febrero 07, 2009

Perdón por intolerarlos: interrupción

Perdón por intolerarlos
Interrupción

Uno de los retos principales para la democracia en el país es lograr una mayor participación ciudadana, declaró hace unos días el Presidente del Instituto Federal Electoral (IFE), Leonardo Valdés Zurita, y no se puede estar más de acuerdo, que el ciudadano se involucre activamente es un derecho y una obligación, mientras más posibilidades se tengan de intervenir en las decisiones de gobierno mayor será el ejercicio democrático y la consecuente consolidación de las instituciones; sin embargo, el titular del IFE sólo se refería a lograr una mayor cantidad de votantes en las siguientes elecciones.

El énfasis de las campañas en este aspecto (reducir la participación al voto) tiene como consecuencia relegar otras formas de involucrarse, como la facultad de solicitar y recibir información, así como la difusión que requieren los mecanismos para exigir la rendición de cuentas. Además, resulta cómodo, así los partidos sólo se preocupan por presentar la mejor de las sonrisas de sus candidatos a través de la propaganda, no de dar a conocer quiénes son y a qué se comprometen. Mientras que los postulados por estas organizaciones se ocupan de buscar la declaración que les gane más tiempo y espacio mediático, tomarse la foto que genere mejores reacciones o embrollarse en la descalificación de sus contrincantes; a fin de cuentas, sólo se les pide que ganen votos, no que se comprometan con el desarrollo de la cultura política de los ciudadanos.

Los candidatos no necesitan exponer ninguna idea, basta con el slogan, tampoco se fija una estrategia de campaña para dar a conocer el programa y las ideas que se defenderán una vez que ganen el puesto de elección para el que se postulan, es suficiente con salir atractivo o guapa en la foto; en el ámbito local ya lo vamos a ver, ya lo estamos viendo en estos tiempos de pre campañas, sin importar el método que haya elegido los partidos para la selección de sus candidatos, los personajes que luchan por ser ungidos no ofrecen ideas sino imágenes, no tienen discurso sino declaraciones, al interesarse solamente por el voto apuestan a que el ciudadano no necesita razonar al momento de ir a las urnas, basta un cartel llamativo, declarar que están listos para subirse al ring, hacer comentarios ofensivos que se quieren inteligentes sobre el peso de la caballada… Absoluta ausencia de ideas.

Al ciudadano reducido a votante se le reduce a espectador, como demuestra la transmisión de los spots del IFE por parte de las televisoras, que han decidido quejarse de la ley que los obliga a transmitir los spots y lo hacen interrumpiendo groseramente su programación habitual con estos anuncios, el reclamo no pudo ser más burdo: sin ningún respeto por el televidente, echando la culpa al IFE.

En varios momentos del Super Tazón, Televisa insertó el siguiente mensaje: “Los siguientes promocionales son ordenados por el IFE en cumplimiento a la ley electoral y se transmitirán hasta el 5 de julio”, igual interrumpió su programación TV Azteca, que editorializó esta medida a través de la declaración de Javier Alatorre en su noticiario: “Durante los próximos cinco meses, todos los días, cada hora, desde las seis de la mañana y hasta las doce de la noche, políticos de todas las ideologías irrumpirán en su programa favorito”.

La cuestión de fondo no es si se interrumpe el partido de futbol o de americano o la telenovela, sino el propósito con que se hace, se cumple con la obligación a transmitir los 24 mil anuncios (del 2 de febrero al 5 de julio, 48 minutos diarios por estación de radio y televisión, distribuidos en bloques de dos o tres minutos por hora de transmisión), de forma tal que el auditorio se moleste.

Ahora salen las bancadas del PAN y del PRI a exigir una explicación, cautelosos dirigen su reclamo hacia el IFE no a las televisoras, para que aclare si existió alguna “mala fe” y se indiqué quién ordenó la interrupción de los programas. La respuesta es sencilla: ellos mismos, pero eso no lo van a decir, no se acordarán que la reforma electoral es resultado de un acuerdo entre los partidos.

Reitero: ¿importa la interrupción? No, realmente no, en poco tiempo el televidente podrá acostumbrarse y lo verá como parte de la pauta comercial, es decir, dejará de atender los importantísimos mensajes de los partidos políticos, que ya sabe sólo están interesados en su voto, mientras que en nombre de la ciudadanía la partidocracia se rasga las vestiduras porque no se vio una atajada del portero del América o se cortó un pensamiento zen de Mariano en tu vida, y entra en franca confrontación con el IFE (con las televisoras ni quien se meta, no vaya a ser que dejen de invitar a los candidatos a cocinar o dar consejos sobre reciclaje).

Ahí queda uno de los resultados de reducir la participación a simplemente votar. Sólo se nos considera espectadores, testigos de un juego sin ideas, es todo lo que necesita la maquinaria electoral.


Publicado en La Jornada Aguascalientes (06/02/09)

febrero 05, 2009

Ediciones sin Nombre

Ediciones sin Nombre estrena página en la red, a continuación el texto leído por Miguel Angel Quemain en la presentación de la página web de la editorial, el 3 de febrero de 2009:

La página web que se presenta hoy no sólo es un catálogo electrónico de Ediciones sin nombre. Es un recuento de su pasado. La ausencia de un nombre se convirtió en uno. El valor de lo negativo, del vacío, adquiere una realidad conformada por casi tres centenas de títulos que muestran un conjunto de relaciones absolutamente fecundas con los autores y sus mundos de origen.

La obstinación de Ana María Jaramillo que trabajó durante meses y por su cuenta, equipada con herramientas muy lejanas a las que se utilizan para realizar una página web, como el power point y los editores de imagen que adiciona Windows, logró trazar un mapa que hizo posible la brújula artística de José María Espinasa, que parecía negarse a dejar huellas claras de ese viaje que este 2009 cumplirá quince años.

La organización de la página permite pensar comparativamente muchos aspectos que definen a la editorial y que inevitablemente ponen en escena un oficio de editor que parece en extinción.

Como pocas editoriales mexicanas, la poesía ocupa un lugar primordial y plural. Desde poetas mayores como Angelina Muñiz Huberman, Jorge Ruiz Dueñas, Gerardo Deniz, Tomás Segovia, Ramón Xirau, José Kozer, Enrique Fierro, hasta poetas que dan sus primeros pasos como Daniel Bencomo, Alejandro Tarrab o Roberto Morris. No es casual que en la estadística que ofrece la página, de los 290 libros publicados 101 sean de poesía, inscritos en la colección Salamandra.

Al pasar de los años y sin proponerse esa falsa democracia de los autores a la que están obligadas las instituciones que fomentan la cultura y la creación, Ediciones sin nombre ha ofrecido un registro de la poesía mexicana bajo la mirada de un poeta discreto, que no fomenta el epigonismo y que saluda a sus pares con la generosidad que no pide nada a cambio.

Cuando planeamos la página, Ana María decía con vehemencia que estaba concebida para que el navegante pueda tomar de ahí lo que se le antoje. Esto todavía es difícil dado que el contenido de la página está conformado de textos transformados en imagen que hace imposible el cortado y pegado de los espléndidos textos de las solapas y las semblanzas de los autores que tan útiles son para la prensa interesada en difundir textos que apenas tiene tiempo de leer.

La elaboración de esta página hace necesaria e inevitable la revisión de muchos aspectos que son básicos en el ejercicio de la difusión. Mencionaré sin una jerarquía algunos de ellos.

La labor de amoroso escaneo de cada parte del libro compensa la flojera de muchos autores que aplazan indefinidamente el envío actualizado de currículos y materiales que pueden enriquecer su presencia en la página. Si los esfuerzos de difusión dependieran de los interesados en dar a conocer su obra se obtendrían muy pocos resultados. Con todo y que esto es un festejo, no puedo dejar de señalar esa pereza generalizada no solo en esta página, pues se observa incluso en las institucionales que han conformado diccionarios, como el INBA y la UNAM, donde diariamente se persigue a los creadores para que verifiquen la información que a menudo se califica de imprecisa.

Hay catálogos institucionales que se han preocupado por reeditar obras extintas bajo el formato ambicioso de la obra completa, aun cuando los autores editados tengan mucho que decir. Ese acto, aparentemente generoso y de recuperación, ha terminado por convertirse en un síntoma, cuya cabeza más visible sería una frase del estilo: “y por qué yo no”.

En fin un catálogo logrado de relaciones públicas siempre incompletas en un país cuyas regiones dan muestra de excentricidad literaria. En Ediciones sin nombre hemos visto, y ahora la página web lo hace evidente, cómo un autor crece en número de títulos y deja en la editorial una huella significativa: Esther Seligson, Gardea y Tomás Segovia, son un ejemplo.

Muchos se preguntarán cómo autores tan importantes, editados en grandes espacios comerciales que tienen garantizada una distribución menos precaria que las pequeñas editoriales, se deciden a publicar en este espacio. Hay varios factores que enumerarlos aquí llevaría muchas páginas, pero mencionaré dos que me parecen sustanciales, uno tiene que ver con la editorial y consiste precisamente en su coherencia, su actitud de respeto y fidelidad a un conjunto de autores que forman el canon mexicano y su capacidad de apuesta y riesgo por autores jóvenes que se han consolidado en la constancia de la disciplina.

Otro factor, tiene que ver con la certeza de que no todo es mercado, como lo entienden las voraces empresas editoriales que con viejos y prestigiados nombres solo piensan en el lector indiferenciado del supermercado. Eso ha destruido la autoridad moral y el prestigio de muchos sellos comerciales.
Hay muchas editoriales mexicanas que reciben los libros de autores muy importantes, consagrados con premios y reconocimientos, pero que fueron rechazados por editoriales comerciales que suelen argumentar su ineficacia en el mercado; en otros casos por editoriales gubernamentales que parecen poseedoras de un lista negra que a menudo se construye en la rueda de la fortuna de los puestos burocráticos y las alternancias en el poder.

Me parece que el catálogo muestra un rechazo a los valores comerciales (por llamar de algún modo a esos criterios de supermercado) y un amoroso apego a una tradición editorial y literaria que consolidó a los autores que publicaron Joaquín Diez Canedo, Arnaldo Orfila y Juan Grijalbo o intelectuales señeros que influyeron en la formación del catálogo editorial del México del siglo XX como Alfonso Reyes o Daniel Cosío Villegas, por mencionar los nombres más sonoros.

En la editorial hay varios casos sobre los que me parece muy importante hacer una breve reflexión y que ahora el orden de la página web y la lectura tan meticulosa que ha puesto en pantalla Ana María Jaramillo evidencian:

Dónde si no en Ediciones sin nombre podría aparecer publicado un autor tan complejo como Jesús Gardea cuya sinceridad y honestidad intelectual lo dejó sin amigos burócratas que lo editaran. Dónde si no en ediciones sin nombre podría encontrarse gran parte del pensamiento de Tomás Segovia.

Dónde si no en Ediciones sin Nombre podríamos encontrar un registro tan amplio de la obra de Esther Seligson, a pesar de que no ha menguado el interés de algunos gerentes por publicar a mujeres y todas las subcategorías de lo femenino: mujeres judías, mujeres solas, mujeres indígenas, mujeres que aman demasiado, en fin.

La más reciente aventura es nada menos que la reunión en dos tomos de la obra del clásico poeta Agustí Bartra, El canto del mundo, que bien pudo ser editada hace mucho tiempo por Conaculta, la SEP, la UNAM, el Fondo de Cultura Económica, cuya misión, a pesar de los supinos administradores con que cuentan, no es enriquecerse sino ofrecer a los lectores mexicanos las obras que permiten entender nuestra tradición y gozar como lectores

La página posee un espacio para las ventas que habrá de perfeccionar y promover. Hasta ahora es la ventana para realizar un pedido, pero dependerá de la respuesta de los lectores si se amplía para realizar un mecanismo que permita la transacción electrónica. Me parece que la calidad de los autores y temas permite esperar que lectores de otros países accedan a este patrimonio editorial.

La sección de noticias permite mantener la página viva, activa y convertirse en un aparador interesante para publicar adelantos y dar noticia de las presentaciones de libros y su resultado. Las pequeñas editoriales europeas lo hacen con mucho éxito.

La sección de blog es otro instrumento en el que Reyes Sánchez ha insistido en otros espacios y con éxito. Pues la comunicación con los lectores es parte fundamental de una editorial que se ha convertido en un medio electrónico y amplía la comunicación que pueda tener con sus lectores a través de las librerías y los números que indiquen las ventas. Amazon y otros espacios de venta electrónica que se han desarrollado en el mundo anglosajón implementaron esa forma de comunicación con el público a través de la solicitud de publicar una reseña. Los ingleses y los estadunidenses funcionan distinto, pues a veces encontramos mejores reseñas de los lectores que de los especialistas en la materia.

Todos esperamos que este nuevo espacio sea un ámbito de interacción y que los lectores y los autores se encuentren representados en un medio que exige muchas horas frente a la pantalla y mucha interacción con el navegante.

Felicidades a Ana María Jaramillo por esa terquedad que ha hecho posible esta página, a Reyes Sánchez por traducir las intuiciones de la editora y a José María Espinasa, por la creativa resignación con la que ha recibido un mundo que está muy lejos del papel y la belleza de sus ediciones.

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