La semana pasada (jueves 6) me invitaron al Centro de Lectura Condesa, dejo un fragmento de lo que leí esa noche:
La lengua (palabras y silencios en convivencia) brinda la oportunidad de decir algo de nosotros mismos, de revelarnos al otro, a partir de una frase simple, por ejemplo: Soy Edilberto Aldán (y a la frase se le puede acompañar con el ofrecimiento de una mano).
En mi caso ese “Soy Edilberto Aldán” se ha convertido en “Aldán”, me presentó simplemente con el apellido paterno, así me conocen, así me dicen, quienes me quieren (y quienes no también, pero lo hacen con otra intención, omiten el segundo apellido con la malévola intención de demostrar que no tengo madre… pero no suelo atenderlos).
La simplificación de la presentación a únicamente “Aldán” responde a muchas cosas, la primera de ellas es que a mí en realidad me gustaría decir como el Quijote:
“Yo sé quién soy y qué puedo hacer”
Se comprenderá que no es la mejor manera de presentarse, la referencia literaria puede quedar oculta al otro y la frase tomarse como un agravio: “¿Ah, sí? Pues yo no sé quién eres pero sé qué te puedo hacer”
Así que no, uso “Aldán”, por mi pésima dicción y lo complicado de mi nombre. No sé ustedes, pero yo no conozco muchos Edilbertos, de hecho, sólo sé de dos, uno es pianista en Bellas Artes y jamás he tenido ningún tipo de contacto con él. El otro, bueno, el otro es mi padre y ahí comienza a complicarse la historia, porque el otro Edilberto Aldán, a los 50 años, se cambió el nombre.
La garigoleada “E” con que el responsable del registro civil inscribió su nombre en el acta de nacimiento, no era una “E”, eran una “H” y una “e”, así que diez años después de “a la mitad de la selva oscura” que dice Dante, mi padre me dejó solo la carga del nombre extraño, se pasó del lado de las haches mudas, y fue Hedilberto.
Solo en el mundo con este nombre y, reitero, con mi pésima dicción, me he acostumbrado a no usar el Edilberto, porque siempre me provoca problemas:
¿Heberto?, ¿Heriberto? –algo tiene mi nombre que tira para el monte de las haches inútiles- ¿Gilberto?... y con el Aldán no me va mejor: ¿Aldana?, ¿Aldama?, ¿Galván?, imaginen que con el afán de demostrar que sí tengo madre usara el segundo apellido: Ahedo. Peor aún, el nombre que aparece en los documentos oficiales es: Edilberto Alejandro Aldán Ahedo… ¡Santo Niño de los Melodramas, patrono de la telenovela del prime time!
Yo mismo cuando tengo que decir mi nombre completo escucho en la banda sonora de la vida un golpe de violines y me da por endurecer la mirada, como intentando recordar cómo es que Jennifer Yesenia Díaz del Castillo Limantour pasó de ser la sirvienta a la poderosa dueña de una cadena trasnacional de chaskas (así le dicen a los esquites en Aguascalientes) con la que tengo una relación de amor odio y, además, es la madre del hijo que no conozco y, en un descuido de los guionistas, se puede transformar en mi abuela.
Como consuelo, siempre pienso que podría ser peor, sé por lo que ella me ha contado, que en algún momento mi madre intentó entrarle a la campaña de lo Hecho en México es mejor, que consideró bautizarme con algo más autóctono, Cuauhtémoc Tezcatlipoca creo que se le llegó a ocurrir. “Afortunadamente”, Edilberto (cuando todavía no le daba por las haches) impuso la tradición de que el primogénito debe llevar el nombre del padre, así fue como perdí la oportunidad de ser un crack del balompié nacional, sin cuello, pero un crack, o ponerle una guarapeta marca llorarás con pulque a mi hermano para mostrarle su rostro oscuro en el espejo cuando viniera por lo suyo.
En fin, que soy “Aldán” porque no cito al Quijote, me sobran kilos para ser galán de telenovela, tengo pésima dicción y me consuela que no suenan las chirimías cuando me presento.
Esta breve y triste historia del cándido Edilberto y sus consonantes desalmadas tiene un sentido, o pretende tenerlo, así que regreso al inicio: nombrar es crear. Somos lo que decimos (y, obvio, nuestros silencios) y lo que yo suelo decir de mí mismo es: Edilberto Aldán. Lector.
Cuando me han solicitado una ficha curricular la primera versión que mando es muy simple: Edilberto Aldán (Ciudad de México, 1970) Lector.
Aunque hay veces que me la rechazan, que porque eso no basta, quieren algo más que mi amorosa declaración de dependencia con esta ciudad, la fecha en que nací y mi profesión de fe.
Me rindo y termino enviando el largo y pretencioso párrafo donde al nombre agrego los trabajos ejercidos: burócrata, coordinador de talleres literarios, vendedor de closets, reportero, editor y un largo etcétera que apenas alcanza a dar cuerpo a las horas nalga que he pasado en un escritorio, las miles de instrucciones que he girado, los millones de instrucciones que he recibido o las largas caminatas de puerta en puerta para ofrecer un producto.
Como eso no me distingue de muchos otros, agrego uno que otro reconocimiento, como para que digan: ah caray, pues estará feo su nombre pero ha de tener la letra bonita, y señalo que he obtenido varios premios y escribo en varios lugares.
Si alguien soy (que yo lo sé y sé qué puedo hacer) lo dice la siguiente frase:
Edilberto Aldán (Ciudad de México, 1970) Lector. Es decir, en primer lugar me defino como lector, en esa medida es que escribo, que soy escritor.
Ah, y siempre agrego: Me gusta contar mentiras.
1 comentarios:
Aldán -como ahora te reconoces- creo que tu más grande virtud es contar cuentos plagados de mentiras que creas y haces creer a los demás cuando leen cada palabra y lo mejor viene cuando una vez digeridas las palabras nos vienen a la mente imagenes e historias que sólo perduran en nuestra memoria....
Y pues sí, es la trsite vida del Candido Edilberto y sus vocales desalamadas...E A A A
Saludos
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