mayo 29, 2008

Corpolalia

Pez

Junto al buzón donde se depositan los formatos para pedir vacaciones, tiempo extra o permisos hay un florero de cristal, desde la boca del jarro una enredadera busca extender su territorio, las raíces de la planta, hundidas en el agua, se descomponen en senderos intrincados.

A primera vista nada distingue ese florero de otros que hay en el corporativo, se requiere fijar la mirada para descubrir que ahí habita un pez azul de aletas largas, traslúcidas. La mayor parte del tiempo el pez flota impasible en el fondo.

A veces, respondiendo a un impulso desconocido, el pez se agita, las aletas se estremecen febriles en un intento por alcanzar la superficie, una borrasca que no logra perturbar el agua, las hojas sin filo de su cuerpo golpean las raíces de la enredadera y quedan atrapadas, inútiles.

La batalla dura unos segundos. Después, la inmovilidad, un dejarse hundir con que logra soltar el cuerpo de las raíces. Vuelve el pez al fondo del florero, donde sólo el delicado funcionamiento de las branquias indica que está vivo, así, hasta el siguiente intento.

En algún momento todos hemos de recibir el mensaje, quien colocó el florero junto al buzón sabe lo que está haciendo.

mayo 24, 2008

De "El tigre en la casa"

“Lo he leído, pienso, lo imagino
existió el amor en otro tiempo.”
Será sin valor mi testimonio.
Rubén Bonifaz Nuño



Recuerdo que el amor era una blanda furia
no expresable en palabras.
y mismamente recuerdo
que el amor era un fiera lentísima:
mordía con sus colmillos de azúcar
y endulzaba el muñón al desprender el brazo.
Eso sí lo recuerdo.
Rey de las fieras,
jauría de flores carnívoras, ramo de tigres
era el amor, según recuerdo.

Recuerdo bien que los perros
se asustaban de verme,
que se erizaban de amor todas las perras
de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor
-como si lo estuviera viendo-
Lo recuerdo casi de memoria:
los muebles de madera
florecían al roce de mi mano,
me seguían como falderos
grandes y magros ríos,
y los árboles –aun no siendo frutales-
daban por dentro resentidos frutos amargos.

Recuerdo muy bien todo eso, amada,
ahora que las abejas
se derrumban a mi alrededor
con el buche cargado de excremento.

Eduardo Lizalde

mayo 22, 2008

Corpolalia

Área de fumar

Macías no fuma, sin embargo acude con puntualidad ritual al área de fumadores, donde consume de ocho a diez cigarrillos diarios, uno por cada hora que pasa en el corporativo, uno por cada ocasión en que se encuentra con alguno de sus jefes y comparte esos minutos especiales en que salen de la oficina.

A últimas fechas a Macías le duele el pecho, si tuviera que definir la sensación pensaría en sus pulmones como un insecto cautivo que con cada movimiento sólo logra aumentar la tensión de la telaraña que lo apresa, sabe que es por el cigarro, reconoce como consecuencia la serie de malestares que le impiden dormir como antes lo hacía; a veces, después de un bostezo que le alivia al renovar el aire o cuando lo golpea el olor impregnado en su ropa, se promete que va a dejar de fumar.

Se mantiene fiel a la promesa hasta el momento en que descubre a uno de sus jefes rumbo al área de fumar y un instante después ya está dando la primera bocanada.

Macías no fuma, no comparte la ansiedad que provoca el deseo de un cigarrillo, ni reconoce todavía el temblor ligero de las manos con que Juan Carlos, Eduardo o Martín, sus jefes, prenden el encendedor, lo llevan hacia los labios e inhalan con vigor. Macías no siente ese deseo, lo que él quiere es una placa con su nombre completo en la puerta, ascender hacia una oficina propia y dejar de una vez por todas los cubículos compartidos, donde lo único que distingue un lugar del otro es un pequeño identificador con el apellido de los trabajadores que ahí se amontonan.

Ni Juan Carlos, Eduardo o Martín notan las veces en que a Macías pareciera que le va a ganar el asco, cuando el humo lo inunda y se apura a cerrar la garganta para no vomitar, aprieta el puño y el cuerpo todo para no dejarse vencer por la tos e inmediatamente sonríe, con los ojos ligeramente manchados por el llanto, para dar la siguiente bocanada.

Macías no fuma, le repugnan el sabor y olor del tabaco, pero sobre todo le da miedo el fragor de abejorro con que su corazón palpita después de vencer un ataque de asco, temor que apacigua figurándose que las volutas de humo forman una placa con su nombre en la puerta de la oficina.

mayo 12, 2008

Arca

No siguió el estruendo a la luz. Les sorprendió la constancia con que el relámpago se acomodó en el cielo, extendiendo su claridad hasta derramarse por encima de sus cabezas.

Acostumbrados a la tormenta no reconocían el amanecer, uno a uno ascendieron a cubierta, lentos, desconcertados, sin saber qué hacer con el miedo que los había hermanado durante la navegación, con las marcas de la fraternidad que genera el temor todavía latentes en la piel. El sol esclareció su naturaleza.

Se recobraron, primero los reptiles, enseguida los roedores, perezosos los felinos. Lo primero que tocó tierra seca fue la sangre animal que fresca resbalaba por el casco del arca.

mayo 10, 2008

Misión de la literatura

¿Misión de la literatura? Quitarle horas al sueño y profundizar el sueño. Llegar como Marco Polo a Kubla Khan. Como Coleridge, ensoñar a Kubla Khan. Buscar el camino del caballo como en la cultura china y encontrar el de la seda. Quedarse absorto, preguntar por qué algunos campesinos se persignan delante de un árbol sagrado como la ceiba.

Lezama Lima

mayo 09, 2008

Versiones complementarias


1
En el principio, sí, el Verbo. La paradoja de la nada que todo lo contiene. El agobio del silencio llevó a las palabras.
Escucha, fue el primer soplo.
Háblame, respondió la luz iluminando la materia.

2
Tócame, dijo ella antes de abrir los ojos
Inventó la luz para iluminar el cuerpo de esas palabras.

3
Nada nuevo bajo el sol, la frase retumbaba intermitente en su cabeza.
Le tomó siete días sanar la golpeada superficie de su soberbia.

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