diciembre 30, 2007

en otras partes
Delicatessen

La revista Sinergia cierra el año 2007 con un especial denominado Delicatessen, 30 ficciones breves de autores de doce países distintos: Cem Akas, Daniel Alcoba, Claudio Alejandro Amodeo, Olga Appiani de Linares, Edgar Omar Avilés, Carlo Bordoni, Miguel Canel, Cat Rambo, Antonio J. Cebrián, Juan José Delaney, Pablo Dobrinin, Mohamed El-Ashry, Carlos Feinstein, Elvio E. Gandolfo, Ezequiel Gaut vel Hartman, Ricardo Germán Giorno, Leonardo Killian, Mario César Lamique, Juliana Manova, Juan Pablo Noroña, José Vicente Ortuño, Beatriz Pustilnik, Ana Cristina Rodrigues, Saurio, Ana María Shua, Fernando Sorrentino, Vladimir Stojnic, Susana Szwarc, Gabriel Trujillo y Sergio Gaut vel Hartman

diciembre 21, 2007

objetos perdidos

Estruendo

Inició como un intercambio casual acerca de la naturaleza divina, ideas sueltas para llenar los huecos en que se empeña el silencio; pronto se fueron uniendo otros a la conversación con argumentos más intrincados, con opiniones que diferían apenas en un matiz pero que en la discusión relucían como hogueras altísimas.
Los escépticos fueron relegados por los inquisidores a quienes se les hacían espuma en la boca las palabras imagen y semejanza. Cuando llegaron los recién conversos envueltos en el fanatismo ya nadie escuchaba. Hasta que las palabras fueron sólo un ruido de jauría.
El estruendo de la discusión lo alcanzó todo, hasta llegar a Dios, quien cansado de escuchar las múltiples variaciones de la misma idea equivocada, mandó el diluvio, y dejó sólo a dos de cada especie, todos ellos mudos.

diciembre 17, 2007

En letras de otros

LA INFANTA DOROTEA
Luis Ignacio Helguera

-Tiene dientes y cabellos humanos –dijo el extraño vendedor acariciando la seda y los encajes del vestido de la muñeca de porcelana.
-Está bien, la llevo.
-Se llama la Infanta Dorotea.
-Ah, ¿ya viene bautizada y todo?
-Es que no es una muñeca cualquiera, señor.
Al llegar a su casa, el hombre puso la muñeca en el librero de la sala mientras le decía a su hija de seis años:
-Es tan elegante, que va a adornar mis libros, pero cuando quieras jugar con ella, la puedes tomar.
La primera y última vez que Camila la tomó, para peinarla, la Infanta Dorotea le mordió fuertemente una mano con sus dientes amarillentos, pero sin dejarle herida, ni siquiera rastro.
-¡Dorotea me mordió! –le dijo, llorando, a su mamá.
-Camila, qué cosas dices –dijo la mujer recogiendo la muñeca y devolviéndola a su lugar.
Desde entonces, Camila observaba a la Infanta Dorotea desde bien lejos y sentía que la muñeca la miraba con una sonrisita de burla.
-Tu muñeca es deprimente –le dijo Camila a su papá una tarde, mientras tomaban la sopa. Y los padres rieron de la ocurrencia de su hija.
Un día llegó de visita Felipe, primo de Camila, acompañado por su mamá. Camila le tenía miedo a su primo, de ocho años, porque estaba loco o, como le explicaban sus papás, porque era “un poco retrasado”. Mientras las mujeres platicaban en la cocina, Felipe se fue a la sala y cogió a la muñeca. Camila los observaba desde lejos. Cuando Felipe se puso a jalarle los cabellos, la Infanta Dorotea le mordió la mano derecha con fuerza. Felipe la soltó, por el dolor, pero sin dar muestras de asustarse en lo más mínimo. Por el contrario, la recogió, tomándola de los pelos, y cuando Dorotea soltó nuevas tarascadas, Felipe la azotó violentamente contra el piso, una y otra vez, hasta que la muñeca empezó a desbaratarse. Camila fue corriendo a llamar a su mamá y su tía, y cuando llegaron las tres a la sala vieron dientes, cabellos y pedazos de porcelana desperdigados por el suelo, y a Felipe, riendo y contoneándose como un muñeco, con los resortes de la Infanta Dorotea en las manos.

diciembre 15, 2007

en otras partes

En la revista virtual andante 26, una conversación sobre la crítica literaria entre Christopher Domínguez Michael y Rafael Lemus, originalmente publicada en cuaderno salmón.

Rafael Lemus: ¿Crítica y creación? Cuesta trabajo creer que continuemos discutiendo este asunto, ¿no? Al contrario de Hugo Hiriart, yo no hago distinciones: la crítica es creación y viceversa. Basta mirar el siglo XX para notar que hubo más poesía en los ensayos críticos de Bachelard, Blanchot o Barthes –por mencionar sólo a tres franceses– que en las gastadas páginas de los novelistas más tradicionales. La crítica, hay que repetirlo, es esencialmente escritura: un texto sobre otro texto, un lenguaje que descifra otro lenguaje; no un apéndice sino una metáfora, una recreación de una obra previa. Porque así lo creo, no me parece insólito ir de una escritura a otra, de la crítica a la ficción y después de vuelta.

Christopher Domínguez Michael: Fuera máscaras: ¿qué es un crítico, en primera instancia, sino un predicador que distingue entre el bien y el mal, lo bueno de lo malo, en literatura? Esa preguntita que nos hacen a los críticos los buenos samaritanos, el ¿qué leo?, ¿qué me recomiendas?, es muy irritante, pero justa. Ésa es la pregunta correcta: el canon. Y ha sido correcta muchos años antes de que Harold Bloom popularizara el término, que no lo olvidemos es de principios de los noventa.

En cuanto al escándalo que acompaña al crítico, es sólo su obligación suscitarlo y le es tan sustancial como el reloj checador para el burócrata. Tú en Letras Libres, como yo antes en Vuelta, sólo cumplimos con nuestro trabajo. No es un heroísmo o no lo es del todo. Es algo más meritorio, una disciplina. El medio tono, agrego, es inevitable. Es muy difícil escribir una reseña equilibrada y te recuerdo que varios de los grandes maestros –como V.S. Pritchett– nunca se salieron de esa cortesía considerada y paciente. No se puede ser radical todo el día y toda la noche ni vivir (y menos aún sobrevivir) en trance permanente de entusiasmo o de indignación. Y todos cortejamos a la fama, una diosa a la que hay que hablarle quedito.


También Notas sobre el oficio de escribir, de Nicolás Cabral:

Toda escritura revela una moral. Y, por extensión, una política. En tanto manifiesta una postura frente a la realidad, sus modulaciones dibujan un rostro: el de su autor. Las ideas que el texto articula no tienen, entonces, importancia. La prosa (o el verso) es el elemento delator. Félix de Azúa hizo, hace unos años, una útil distinción: por un lado, los artistas de la narración; por el otro, los narradores de historias. Los primeros tienen entre las manos una materia viva: el lenguaje. No carecen de temas, pero saben que la pertinencia de un texto no proviene del qué sino del cómo. Los segundos tienen una historia que contar, y el vehículo para lograrlo les parece secundario: no es más que eso, un medio para comunicar. El asunto espinoso comienza aquí: a diferencia del artista de la narración, el narrador de historias depende exclusivamente del oficio: su prosa está más al servicio de la efectividad que de la expresividad. Aquí conviene recurrir a una cita, extraída del prólogo de Urbana, la extraordinaria novela de Fogwill:

Rimando, puede afirmarse que los lectores acuden a la novela sedientos de acontecimientos. Algo ha de estar indicando esto: quizá haya tanta demanda de que en un texto sucedan cosas porque se descuenta que nada sucederá entre el texto y su lector. Pero los editores dominan el arte de administrar la medida justa, que puede definirse como la presencia de un máximo de acontecimientos en el texto y ninguno por efectos de la lectura. Con ello consiguen que el lector termine de consumir manteniendo intactas sus cualidades más preciadas: su poder de compra y el hábito que lo llevará a pagar por algún nuevo título de esa colección. Idealmente, un día la industria terminará por librarse de los autores. Mientras tanto, se insiste en narrar como si nada estuviese ocurriendo.


Así, el artista de la narración sería no aquel que satisface la sed chismosa del lector, sino el que lo confronta con acontecimientos de lectura, el que pone en suspenso la utilidad del lenguaje, su función meramente comunicativa. Ante todo, la lectura de un texto literario es una experiencia estética, nunca exenta de peligros.


Gracias por la referencia a
Humphrey Bloggart, quien recientemente publicó algunas anécdotas de Borges según Bioy Cásares:

Borges firma ejemplares en una librería del Centro. Un joven se acerca con Ficciones y le dice: “Maestro, usted es inmortal”.Borges le contesta: “Vamos, hombre. No hay por qué ser tan pesimista”.

Sobre la situación de la literatura argentina, Córdoba Iturburu, que la presidía, inquirió a los gritos: “¿Y qué vamos a hacer por nuestros jóvenes poetas?”Desde el fondo llegó otro grito, éste de Borges: “¡Disuadirlos!”

Una mañana de octubre de 1967, Borges está al frente de su clase de literatura inglesa. Un estudiante entra y lo interrumpe para anunciar la muerte del Che Guevara y la inmediata suspensión de las clases para rendirle un homenaje. Borges contesta que el homenaje seguramente puede esperar. Clima tenso. El estudiante insiste: “Tiene que ser ahora y usted se va”.Borges no se resigna y grita: “No me voy nada. Y si usted es tan guapo, venga a sacarme del escritorio”.El estudiante amenaza con cortar la luz. “He tomado la precaución -retruca Borges- de ser ciego esperando este momento”.

diciembre 11, 2007

ajedrez






The Chess Match, originalmente cargada por Boered.


diciembre 09, 2007

en otras partes


“El escritor tiene inevitablemente algo de totalitario y de arrogante y, por lo tanto, también de cruel. Tenemos que pensar que lo que naturalmente debería querer hacer el lector es escapar de nuestro texto, abandonarlo lo antes posible. Y que lo que nosotros tenemos que hacer como escritores es utilizar nuestra inteligencia y todas nuestras armas para convencerlo y que se quede o, mejor, que le sea imposible salir. Lo que yo quiero son lectores que dialoguen, que no se traguen las cosas y asumir que, si es inteligente, es posible que no desee leerme a mí sino a Dostoievski, por ejemplo. Por eso el escritor tiene que mantenerlo atrapado y convencerlo de que ese mundo vale la pena de transitarse”
Jorge Volpi


“Yo escribo pensando mucho en el lector, pero no en un público objetivo, sino poniéndome en las múltiples posibilidades que tiene un lector cuando se enfrenta al libro y creo que la labor del escritor es salirle siempre al jaque y mantenerle seducido. Lo que me interesa como escritor es que el lector ingrese al universo que yo planteo, lo transite y lo termine. Y le doy todos los recursos para que pueda asumirlo y discutir conmigo. Pienso todo el tiempo en el lector, en las múltiples opciones de ese lector demasiado entrenado y con demasiada información, que no quiere leer en abstracto, sino que lee lo que quiere. Mi misión termina cuando logro convencerle de que debe terminar el libro. En contra del escritor dueño de una verdad y lleno de respuestas, yo estoy lleno de preguntas, que comparto con el lector.”
Mario Bellatin

Diálogo de la Lengua, conversación entre Jorge Volpi y Mario Bellatín sobre el fin de las ideologías, la desaparición de las tendencias literarias en Latinoamérica y la relación del escritor con el lector. Leer completo aquí


en otras partes


Salvo por casos como los de —entre otros— Oé, Jelinek o Lobo Antunes, la ficción actual parecería haber abdicado de la confianza en satisfacer ese deseo de conocimiento y no sólo sugeriría, en cambio, la existencia de identidades fragmentadas e inseguidas, sino que las postularía como inaprehensibles e ilusorias, por lo que la narrativa nada perdería al desentenderse de su exploración. Musil, con todo, no incurre en el error de considerar a sus personajes como entes positivistamente definidos, sino como identidades en conflicto y en crisis. Su prosa implica una visión optimista: ese conflicto y esa crisis, aunque delatores de inestabilidad, son analizables y cognoscibles racionalmente.

Lo que nos llevaría a una vindicación: la de la novela como una forma de conocimiento sobre la identidad humana, ante la fruslería con la que no pocos autores pretenden refutar la pervivencia del género con base en escolásticos juguetitos borgesianos y experimentos metaliterarios y minimalistas que nada original ni moralmente necesario informan de nuestra condición —o, peor aún, ante el servilismo con el que cofradías enteras de escribidores redactan descremadas “novelas de entretenimiento” que harían morirse de un coraje al mismo Dickens.

Lee completo el artículo de Geney Beltrán Félix "La novela de conocimiento después de Musil" en Nexos

diciembre 06, 2007

en letras de otros

Pues de muerte está impregnada toda simultaneidad; toda simultaneidad de la vida y de la poesía se halla conservada para la eternidad en su aniquilamiento total; la muerte está repleta del día y de la noche, juntos en la nube claroscura del crepúsculo; oh, la muerte está repleta de toda la multiplicidad que ha salido de la unidad, para volver de nuevo a la unidad en ella; está repleta de la sabiduría de rebaño del principio y del conocimiento individualizador del fin, ambos reunidos en un único segundo del ser, en ese segundo que ya es del no-ser, pues la muerte se halla en incesante interacción con el decurso del ser, y sin tregua se transforma en unidad de la memoria el curso de las edades que en ella desemboca, recibido por ella y vuelto de retorno hacia el origen, a la memoria de mundos y más mundos, a la memoria del dios: sólo quien asume la muerte, puede cerrar el círculo en lo terreno; sólo a quien busca el ojo de la muerte, no se le rompe el propio, cuando debe mirar la nada frente a frente; sólo aquel que acecha el paso furtivo de la muerte, no necesita huir, puede quedarse, pues su recuerdo se vuelve profundidad de lo simultáneo, y el que se sumerge en el recuerdo, percibe el rumor de arpas del instante en que lo terrenal debe abrirse al infinito desconocido, abierto al renacimiento y a la resurrección del infinito recuerdo...

La muerte de Virgilio. Hermann Broch

diciembre 02, 2007

¿culto o coolto?

Un artículo de Alejandra Folgarait en ADN:

¿Qué es ser culto hoy?


Los exámenes de cultura general suelen aterrar a los estudiantes que quieren ganar un viaje a Bariloche o una beca para una universidad. Y tienen razón. ¿Qué es hoy la cultura? ¿Puede hablarse todavía de una "persona culta", cuando Mario Pergolini hace un concurso en la televisión que juguetea con los héroes del imaginario social hasta seleccionar, sin ninguna pipeta, quién es el portador auténtico del ADN argentino?

Para el psicoanalista y escritor Germán García, lo que intentan Felipe Pigna y Pergolini con sus programas de historia es una operación posmoderna para mitificar el pasado, para meter en la cultura algo ejemplar, a través del soporte de la televisión. "No se trata de idealizar la cultura", afirma García. "Ser culto, hoy, es conocer qué del pasado se actualiza en nosotros bajo la forma de una memoria. En cambio, la ciencia es el arte del olvido, en el sentido de que está ligada a la tecnología, y el último celular deja en el olvido al anterior. El sueño positivista es unificar la cultura bajo la égida de la ciencia. Pero es en el interior de la ciencia donde este sueño se cae. El científico no es un sabio sino alguien que se ha alienado en un saber toda su vida. Y que no tiene que leer nada más que lo que compete a su ámbito."

Aunque la ciencia se arrogue el saber sobre el mundo, pocos premios Nobel de medicina, química o física se autocalificarían de "cultos". Encerrados en sus laboratorios, muchos apenas tienen contacto con lo que otrora se entendía por cultura. Son genios, sí, pero en su especialidad. Precisamente esa fragmentación de los saberes y de las técnicas hace que la figura de la persona "culta" se disuelva en el fango de la televisión cada vez más explícita y simple, al punto de que un programa desafía al público a saber más que un chico de quinto grado. Eso sí: hay que reconocer que la televisión no engaña a nadie; no promete cultura sino entretenimiento.

"A los científicos de las disciplinas naturales se nos critica el despreciar las ciencias sociales. Ese desprecio es una falencia. Hay que subrayar que la cultura solo se obtiene por transmisión social, que no está en los genes", reconoce Alberto Kornblihtt, profesor de Biología Molecular en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA e investigador superior del Conicet. "Pero, más allá del positivismo reduccionista, que no comparto, también hay que decir que la ciencia me dio la capacidad de saber lo que no sé, y eso también es un atributo de la cultura. No existe un humano que no sea culto. Hay científicos que solo leen literatura científica, es decir, papers , y saben mucho de eso, pero yo creo que eso no es bueno, porque restringe la capacidad de imaginar y crear libremente. Al mismo tiempo, hay que reconocer que todos somos cultos en algunas cosas y no en otras. A mí me gustan el cine, la literatura y la música clásica, pero soy un inculto en fútbol y mitos indígenas. En cuanto al arte, más allá de los gustos de cada uno, creo que tiene que producir una emoción. Tener apertura para las distintas formas de cultura es también ser culto", agrega Kornblihtt.

El filósofo alemán Peter Sloterdijk tiene fama de provocativo y definió la cultura de fines del siglo XX como producto de la razón cínica, de una mala conciencia iluminada que critica con hipocresía. "La cultura humanística, basada en el libro y en una educación monopolizada por el sacerdote y el maestro, ha perdido definitivamente su capacidad para moldear al hombre", sostuvo. Admirador de Musil y Heidegger, Sloterdijk define a los hombres como criaturas de civilización (o cultura). "Pero hay diferentes modos de civilización -aclaró en una entrevista realizada en 2004 por el diario español ABC - y por ello podemos hablar de ruptura de una época [ ]. La pedagogía que formaba al hombre con lo escrito y por la palabra de Dios se ha sustituido por otra en la que impera la voz del mercado y del dinero".

¿Para qué sirve la educación, entonces? La cultura general parece haber explotado en mil pedazos y muchos acusan a la escuela de haberse convertido en una cáscara vacía. Ni hablar de la Universidad, esa institución que alguna vez fue considerada el templo del saber y hoy parece condenada a la desidia de la masificación y la crisis económica.

Sandra Carli, doctora en Ciencias de la Educación e investigadora en el Instituto Gino Germani, de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, recuerda que uno de los grandes rectores de la UBA, Risieri Frondizi (doctor en Filosofía, hermano del sociólogo Silvio y del presidente Arturo), decía entre 1957 y 1962 que los estudiantes universitarios provenían de distintos lugares y que había que darles una formación cultural para que tuvieran una base común. ¿Es eso el CBC actual? "No, Frondizi no pensaba en una universidad masificada sino democratizadora, con exigencias de rendimiento, espíritu crítico, becas, bibliotecas, que pudiera lograr una cultura totalizadora, una unidad cultural. Hoy, eso que él pensaba en todo caso es un esfuerzo para construir todos los días", dice Carli.

Kornblihtt insiste en mantener encendida la antorcha de la educación pública. "Hay que rescatar la función de la escuela en la transmisión generacional de los valores y saberes de la cultura. La geografía, la historia y otras cosas que aprendimos en la escuela primaria y secundaria deberían acompañarnos toda la vida, porque eso nos da una identidad. Por ejemplo, si yo no sé quién es Sarmiento, ni siquiera puedo criticarlo. Y si la escuela no transmite estos saberes, ¿quién?", se pregunta. Aunque todo conocimiento tiene valor, sostiene, eso no significa que cualquier saber tenga el mismo valor: "Estoy en contra del relativismo, de los que dicen que hay una construcción cultural de la realidad. La realidad está ahí afuera, existen los hechos objetivos y nosotros podemos interpretarlos con mayor o menor grado de error. Y aunque la ciencia no es totalmente objetiva, tiene cierta rigurosidad al probar sus afirmaciones, aunque sean provisorias".

Sandra Carli está de acuerdo en que no todos los saberes son iguales. "Hay que restaurar la calidad estética de los productos culturales, ya sean libros, pinturas, cine o lo que se quiera englobar dentro de la cultura." De todos modos, aclara, la cultura común es un ideal, más producto de políticas culturales y de la masificación de la cultura comercial que de lo que antes se entendía por cultura. No se trata ya de cuál cultura es más legítima, si la alta cultura o la popular. "Si hay algo que se puede afirmar -señala- es que la cultura hoy lo atraviesa todo a través de la explotación comercial. Lo que hay que preguntarse es qué nuevos productos culturales tienen hoy hegemonía." ¿Cuáles son entonces esos productos culturales dominantes? "No es fácil identificarlos -contesta Carli-. Internet es uno; otro es el tango, no solo desde la tradición sino desde el rescate de las letras que hoy hacen los jóvenes".

Fantasmas nostálgicos

Como todas las certezas, se terminó la idea de que ser culto consistía en haber leído muchos libros, hablar francés y en lo posible inglés ( british , obvio), pertenecer a la aristocracia autóctona, tener un abono en el Colón o en el Mozarteum y apreciar las pinturas colgadas en los museos de aquí, allá y todas partes. Ser culto, en pocas palabras, ya no tiene el valor social que solía tener.

En estos tiempos, ser "culto" no vale lo que pesa la palabra. La cultura ya no es patrimonio individual sino social. No está únicamente en manos de artistas y literatos, sino también en los creadores de la cumbia villera, en los que interpretan los números del Indec, en los que están al tanto de las tendencias en diseño de ropa o muebles, en los que buscan fósiles de dinosaurios de millones de años de antigüedad, en los que disfrutan "La noche de los Museos", en los nuevos cocineros que dibujan nimiedades sobre enormes platos. ¿La forma acaso le ganó al contenido? ¿Es más culto quien sabe reconocer un traje de Armani por la calle que quien leyó el Quijote ? Los antropólogos dirían que los libros no vuelven más culta a una persona, ya que cada comunidad tiene su cultura. Por su parte, el escritor español Vicente Verdú confesó que muchos amigos suyos, todos ellos intelectuales, se jactaban de no conocer las marcas. Y él creía que era un nuevo tipo de analfabeto, puesto que las marcas son señales culturales de la época.

La cultura es expresión de una sociedad humana e, incluso, de unas pocas especies animales, como los chimpancés. "Hay cultura animal y hay animalidad humana. Pero el lenguaje vuelve contingente, en lugar de determinada, a nuestra especie. Es esa contingencia la que da lugar a invenciones singulares como la pintura, la literatura o el arte en general", afirma Germán García, mientras recuerda que Platón estaba en contra de la escritura, ya que ésta borraba la memoria. Los fantasmas de la pérdida del valor cultural por el advenimiento de alguna tecnología novedosa han cabalgado apocalípticamente desde los griegos. Los libros, la televisión, Internet: todos tuvieron su momento de crítica cultural por ser banalizantes. Eppur, si muove .diría Galileo.

"La cultura se ha democratizado mucho, a partir de la radio a transistores y los medios de información que vinieron después. Hoy puede existir alguien que haya leído a Proust pero no esté al tanto de lo que pasa en el mundo. En este sentido, ser culto es estar informado. El auge de la información es el gran cambio en la cultura", reflexiona Marcos Mundstock, integrante de Les Luthiers. "Nosotros parodiamos de alguna forma la ceremonia solemne de escuchar música, pero somos melómanos y cultos, en cuanto a saber de música y al oficio de hacerla. Nadie se siente más culto por ir a ver a Les Luthiers, pero nuestro público agradece que le ofrezcamos un espectáculo un poco menos brutal en el decir y con un humor más refinado que el resto", dice Mundstock, quien, como al pasar y sin ironía, subraya que la cultura musical se puede adquirir también escuchando las tandas publicitarias: "La música con la que se vende una mayonesa puede estar muy bien compuesta y ejecutada por músicos de primer nivel, así que no hay que descartarla como transmisora de cultura".

Ya ni se plantea si alguien es culto, coinciden varios especialistas consultados por adn CULTURA. "Ser culto no sirve ni para barniz hoy. Ser doctor no es lo mismo que ser docto. Es cierto que todavía hay un poder de enunciación, pero hoy no es necesario haber pasado por la Academia para ser culto ni intelectual", reflexiona Margarita Martínez, licenciada en Comunicación Social. "Hoy un intelectual se dedica a cambiar conocimiento por dinero y no hay diferencias entre alta cultura y cultura popular, hay una circulación permanente. La cultura no es manejar discursos ni escribir bien. Es una curiosidad, un movimiento tan vital como el aire que se respira, un recorrido individual que ni siquiera implica saberes técnicos, incluyendo al libro dentro de estos saberes. Desde Heidegger en adelante, hay filósofos que afirman que el hombre ha perdido el saber acerca de cómo habitar el mundo, ya que no se transmite de generación en generación ese saber que permite la supervivencia. La cibernética y la biología buscan información cifrada en un código, que permitiría dar una respuesta a lo inexplicable." Sandra Carli coincide en que "la cultura es un viaje espiritual, una experiencia personal que implica tanto libertad como una capacidad rigurosa para pensar críticamente".

De culto a "coolto"

La palabra "culto" derivó misteriosamente en cool . Así, en ciertos grupos, es más culto quien reconoce una marca famosa y exclusiva o un hacker que conoce las profundidades de la nueva caja boba que quien se especializa en primeras ediciones de textos inhallables. Pero ¿es esta cultura, "la" cultura? ¿O existen simultáneamente varias culturas que reflejan con precisión de madrastra de Blancanieves la fragmentación de la sociedad argentina, el individualismo consumista, la liviandad del ser tras la licuación de las ideologías políticas que dominó el fin del siglo XX?

"En épocas de crisis en lo público y en la política, existe una avidez por lo íntimo, que es aprovechado por los medios de comunicación, que resaltan lo privado y lo hacen público", reflexiona la socióloga Ana Wortman, quien investiga los consumos culturales de la clase media en el Instituto Gino Germani de la UBA. "Hoy se redefinen los límites entre lo que se consideraba culto y lo popular. La globalización hace inabordable el saber total. Y donde hay desigualdad social, la cultura y los públicos quedan fragmentados. El estilo de vida actual, vertiginoso, hace juego con la cultura del entretenimiento momentáneo que propone la televisión. Prima la banalización de los temas y el ser culto ya no importa tanto."

Pero todavía se aprecia a una persona culta, ¿o no? "La legitimación cultural viene más por el acceso a la tecnología, especialmente la banda ancha para las clases medias, que por los libros, el cine, la pintura, la música. La tecnología, en todo caso, permite un acceso a la cultura universal. La pregunta que hay que hacerse hoy es cómo procesar toda la cantidad de información que circula, cómo tomar distancia para pensar y fomentar la imaginación", apunta Wortman.

Tampoco parece interesar mucho la acumulación del conocimiento. "Googlear" es suficiente para acceder a cualquier saber. Y la velocidad con que se consumen nuevos saberes, experiencias reales o virtuales, documentales o noticieros convierte en "culto" a quien domina sin ayuda los secretos de las computadoras, hiperlinks, subidas y bajadas de contenidos, pixeles, Youtoubes y coartadas para acceder a lo que está prohibido sin tener que pagar por ello. Por supuesto, Internet es un mar donde hay que saber pescar. Navegar sin saber lo que se busca suele conducir a naufragios. "Hoy, cuando se bajan 3.000 libros por día de Internet en todo el mundo, hay que reconocer que hay una readministración de la lectura, además de una transformación de la cultura en diversas culturas", señala Aníbal Ford, profesor en la Carrera de Comunicación Social de la UBA. Por otra parte, existen seres "cultos" y, sin embargo, analfabetos en cuestiones tecnológicas. Es el famoso gap del que hablan los que piensan en términos de cibercultura, como el gurú Nicholas Negroponte, del MIT, quien hace campaña actualmente por vender laptops muy baratas para escuelas y chicos de países subdesarrollados como forma de cerrar la tan mentada "brecha digital".

Hablar lenguas -esa expresión que fue calificada como síntoma de posesión demoníaca- es una de las pocas características que conservan hoy su alcurnia cultural. Cuantos más idiomas habla una persona, más "culta" parece. O, por lo menos, tiene más oportunidades en el mercado globalizado. Pero hay otra dimensión del habla, que es el "saber decir", expresar lo que se sabe.

Articular una comunicación con los otros también es cultura, dice Oscar Steinberg, semiólogo e investigador de la UBA. Los "decires" son tan culturalmente importantes como las comidas típicas de un lugar y los estilos de crianza de las diversas sociedades. "Antes había un repertorio de libros comunes y de enciclopedias que, junto con la escuela, otorgaban una buena formación básica, tal como se solía decir cuando yo era chico. No sé si alguien se atrevería a decirlo en este momento -explica Steinberg-. Es que, además de esos saberes, hoy ser culto implica una constante actualización y la utilización de ciertos medios para lograrlo." El entrenamiento en la comunicación para saber decir y demostrarlo es una de las gimnasias más practicadas en el mundo actual. "La capacidad de expresar lo que uno sabe o siente y de abrirse a la pluralidad de decires es un atributo de la persona culta." No es que haya habido sustitución del significado de la palabra "culto", afirma el semiólogo, sino que se ha complejizado. "Los componentes de lo culto no han variado en sí mismos sino en su forma de organización. Todavía la posesión de saberes humanísticos y científicos es considerada condición de ´culto . Solo que hoy esos saberes tienen que ser actualizados constantemente para demostrar que se es culto", concluye.

Los íconos de la cultura universal ya no cotizan tan alto en la bolsa de valores de la sociedad argentina. En todo caso, sorprende como la excepción a la regla que un modelo como Iván de Pineda sea "culto" (según un test del programa de televisión CQC ), o pueda actuar en una película que se plantea como artística.

Reconocer al instante una marca con prestigio, eso es parte de la cultura. Dominar los chismes del star system y las módicas celebrities locales, eso también es cultura. ¿De qué se habla hoy en las reuniones sociales, sino del hijo de Facundo Arana, las tropelías de Britney Spears o la ambigüedad sexual de Ricky Martin? ¿Para qué está la realeza británica sino para conjeturar sobre la muerte de la princesa Diana o los avatares del díscolo príncipe Harry, quien mata los pájaros que su abuela, la reina Elizabeth II, califica como patrimonio cultural?

En cambio, hay quien sostiene que la cultura ya no cabe en sus orígenes lingüísticos ligados al cultivo del árbol del conocimiento, sino que "culto" es un individuo -o más bien una comunidad- informada. Estar al tanto de lo que ocurre, vía televisión o cualquier otra herramienta viva, es la cultura. Saber pensar es otra cosa, claro.

Pero el concepto de "cultura general" continúa apareciendo en las escuelas tanto como en los requisitos de empleo, al menos en España, donde hay decenas de institutos dedicados a preparar a los empleados administrativos para pasar un test de cultura general si quieren ambicionar a subir de escalafón. Es cierto que no se trata de cultura de elite o vanguardista. Tampoco de la idea setentista de la "cultura popular y nacional". Es una combinación que incluye saberes, decires, experiencias, sensaciones, una mezcla que no diferencia cuerpo de mente, naturaleza de cultura.

"No detecté en los últimos años una preocupación por ser culto, no funciona como imperativo social", dice el escritor argentino Daniel Guebel, autor de varias novelas y obras de teatro. "El saber es un modo de articulación a un objeto. La información, en cambio, no deja huellas. Yo utilizo el saber así. Mientras escribo leo azarosamente y sin clasificación valorativa lo que me sirve para escribir. Cuando termino un libro, lo olvido. En el caso del teatro, la lengua habla sola. Mi idea de la cultura es la vía que el lenguaje encontró para permitir que sea posible hacer obras organizadas a partir de la barbarie. La literatura, en este sentido, es un modo altamente sofisticado para ingresar en barbaries secretas".

¿Civilización o barbarie? La pregunta que instaló Sarmiento concluye hoy en el elogio de la barbarie sofisticada, o en el "no sabe/no contesta". El escritor y psicoanalista Germán García, recientemente designado "Ciudadano Ilustre de Buenos Aires", recuerda sus orígenes laborales en la publicidad y aporta una anécdota final: "Cuando Sarmiento viajó a los Estados Unidos y volvió con la idea de alfabetizar a todos no fue para democratizar la cultura sino para que todos pudieran leer los carteles de publicidad que vio por las calles norteamericanas". Si no es un chiste, merecería serlo.


Puede interesarte

Related Posts with Thumbnails