septiembre 28, 2006

narrativas


Disponible el número 3 de Narrativas, octubre-diciembre 2006



Relatos:

La amante de Hamlet, por José María Latorre

Serafín, por Adriana Serlik

La rebeca azul, por Carmen Fernández Etreros

De la tragicómica historia de cómo Tote pierde el tiempo, por Emilio Gil

Sueño con mariposas, por Jorge Gómez Jiménez

El beso de la luna, por Pablo Lores Canto

¿Quién eres?, por Julio Salinas Lombard

Los últimos días de la poesía, por Mauricio Salvador

Mercado de caricias, por Luis Martínez

A la espera de Carlomagno, por Ignacio Mondaca

Conductor, por Rolando Revagliatti

Espejos, por Salvador Alario

Tabahíta, no podía ser de otra manera, por Felipe Londoño

Breves lecciones de lepidopterología, por Efrén Ortiz Domínguez

Monólogo del vencido, por Víctor Coral

Discontinuidad en el vacío, por Hernán Tenorio

El autobús, por Luisa Miñana

Peregrina, por Moisés Sandoval

Caballitos del diablo, por Ángel Olgoso

La vida criminal de Adolfo Mirabén, por Antón Castro

La vida extraviada, por Cristina Rivera Garza


Ensayos:

"Imágenes de Vania" de Juan García Ponce, por Magda Díaz y Morales

Reconocimiento de las causas del malentendido y representación de los sujetos en el texto, por Ángel Díaz


Narradores:

Cristina Rivera Garza

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Banda sonora
Y sí, ahora si voy a escribir esa nota en el blog, me digo, me anuncio, pero Mi paisaje interior, contaminado, mi cabeza llena de pájaros enjaulados, las paredes de mi chabola aún guardan el recuerdo, de aquellas noches de invierno, es decir, me pongo a escuchar a La cabra mecánica y ya no puedo hacer nada más.

Que te follen (mp3): Mi paisaje interior, contaminado / mi cabeza llena de pájaros enjaulados / las paredes de mi chabola aún guardan el recuerdo / de aquellas noches de invierno / follando como perros.
Por si te acuerdas de mí / te he apuntado en una barra de hielo / mi dirección y mis mejores deseos...
¡Que te follen!
Desde entonces espío a las parejas en los coches / solitario y llorón me masturbo toas las noches / escribo canciones, me pongo de caballo / a ver si aunque sea después de muerto / me hago millonario.
¡Que te follen!

Aquí en vivo, con Ismael Serrano, con El último cantautor (mp3)

Esta, la primera canción que escuché gracias a Luis: Felicidad (mp3)

Otras más porque son adictivos: Cuando vuelve el amor (mp3), El amor es un deporte muy raro (mp3) y Palabras de gasolina (mp3).

Sì, también me doy tiempo para escuchar una y otra vez El tiempo de las cerezas de Bunbury & Vegas, aquí Días extranos en el reprise de Bunbury, pero en verdad que las cabras tienen algo que me hace regresar una y otra vez; será que la desquiciante falta de sexo enrevesa mis días y mis versos como ellos mismos dicen en Verborrea (mp3), en fin, ya me dirán si les gustan, mientras tanto, "que se abran las calles, que corra el aire, balcones en par, saldré a saludar la nueva mañana en pelotas"

septiembre 23, 2006

banda sonora

Días extraños Bunbury/Vegas del disco El tiempo de las cerezas

Hay días en que valdría más no salir de la cama...




Dos entrevistas a Vegas y Bunbury, una aquí y otra acá

Mi querido Boiler, siempre sí: El tiempo de las cerezas

septiembre 20, 2006

En letras de otros

El sexo nos descubre. El sexo nos revela como somos. Por eso es tan revelador. Nos Despoja de toda apariencia.

Don DeLillo


septiembre 19, 2006

memorias ajenas


Iré descubierto a tu palabra, sin necesidad de nombres.
Desnudo, como la palabra anterior, como el adjetivo siguiente: solo.
En tu mirada me conformo y este ir a ti sin nada, es llegar esperando todo.

septiembre 17, 2006

banda sonora

Ya ves Ismael Serrano

Ya ves, a veces me canso de ser hombre y también / me agota escuchar que todo va bien, / y ver tristes hombres mirando al sur, / y no existir si no me miras tú.
Ya ves, a veces me canso de perderte y saber / que estamos solos y no va a volver / Guevara para darme la razón / de no verte tendida en mi colchón.
Y mientras tanto, / estrépito de andamios, / pateras y naufragios, / desvelan nuestro sueño. / Y mientras tanto, / si hoy se cae La Habana, / ¿el día de mañana / quién será nuestro dueño?
Así yo canto para recordar / que sigues a mi lado, / que aún sueñas despierta porque así / vencemos el cansancio. / Así yo canto para recordar / que aún seguimos vivos, / si no ves más allá de tu horizonte / estaremos perdidos.
Ya ves, a veces me canso de ser libre, de ser / libre para venderme y caer / muerto donde mi libertad prefiera, / siempre al otro lado de tu frontera.
Ya ves, a veces me canso de mí y de no tener / valor para buscarte y cometer / todo delito que este amor exija. / "Quieta ahí, tus labios o la vida".
Y mientras tanto, / estrépito de andamios, / pateras y naufragios, / desvelan nuestro sueño. / Y mientras tanto, / si arde Lacandona / si Marcos abandona, / ¿quién será nuestro dueño?
Así yo canto para recordar / que sigues a mi lado, / que aún sueñas despierta porque así / vencemos el cansancio. / Así yo canto para recordar / que aún seguimos vivos, / si no ves más allá de tu horizonte / estaremos perdidos.




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septiembre 12, 2006

IX Encuentro Nacional de Coordinadores de Salas de Lectura
1er. Coloquio de Salas de Lectura, Espacios para la libertad

La pasión, canta, promotor, del autor en tus manos


Ernesto.- Pero… ¿cuáles son las dos artes supremas y más altas?
Gilberto.- La vida y la literatura, la vida y la expresión perfecta de la vida
Oscar Wilde. El crítico como artista



uno

A todo hombre, a toda mujer, se le regala una imagen del futuro, un instante que en su traducción carga consigo aquello que consideramos la felicidad. A veces en el sueño, otras durante la vigilia, invariablemente ese momento nos embarga, nos inocula su posibilidad y no queda otro remedio que perseguirlo con los ojos ya despiertos, condenados a una persecución que en el mejor de los casos le dará sentido a despertar todos los días, en el peor, alimentará el insomnio.

En mi caso, uno de esos momentos se encuentra ligado con el fervor por hallar al otro mediante la literatura, las ganas de escuchar, de contar, de acumular historias sobre historias, la multiplicidad de visiones del mundo, no necesariamente los demasiados libros, no: la lectura sin fin, la que sabe que unas cuantas páginas ya encierran universos enteros y busca compartir su descubrimiento.

No resulta difícil vincular esa intención con una sala de lectura, es ahí donde se materializa el deseo, donde una noche de invierno un viajero se sacude del afuera para unirse a los otros que alrededor de una mesa, quizá apoltronados en sillones, traen algo entre manos: un libro.

En la sala de lectura es donde encuentro la mejor posibilidad de arreglármelas, de cumplir, con esa imagen del futuro que alguna vez se me otorgó, bajo el entendido que así imagino el lugar donde se comunica el entusiasmo por la literatura: un espacio donde concurren libros y lectores.

Hasta hace poco pensaba, soberbio, que era una idea común, una imagen compartida con otros, no era difícil creer en esa coincidencia, el mismo nombre del programa que nos cobija así lo dicta; sin embargo, en un encuentro reciente de promotores de lectura, mientras seguía atento el entusiasmo con que otros coordinadores de salas expresaban su experiencia no podía evitar preguntarme: ¿y el libro?, ¿y la lectura?, ¿y los lectores?, pero sobre todo ¿y el libro?

No dejaba de ser fascinante atender la vehemencia con que algunos promotores daban a conocer los logros alcanzados: la forma en que habían hecho crecer el espacio de su sala, la cantidad de personas atendidas, las estrategias realizadas para obtener recursos, la serie de juegos con que buscaba convocar a los lectores, la mercadotecnia puesta al servicio de carteles, dípticos, trípticos y mantas… Cada una de esas experiencias más vehemente que la anterior, en aquella mesa los promotores se regocijaban en las anécdotas exitosas.

Recuerdo especialmente a una promotora que inició su disertación señalando: Mi nombre es Fulanita de Tal y en mi sala de lectura lo de menos son los libros, lo más importante es crear un espacio donde los niños se expresen con total libertad. Prosiguió contando que atendía a decenas de infantes, que en su sala disponía de diversos instrumentos musicales para que los niños se acercaran a la música, que una vez al mes realizaban expediciones a no me acuerdo qué cerro para reencontrarse con la naturaleza…

Mientras la algarabía de la promotora inundaba el auditorio, en una pantalla proyectaba fotografías que atestiguaban su profesión de fe, las imágenes no podían ser más evidentes: ahí estaba el cerro, una batería, unas maracas, niños bailando y dibujando… Ah, sí, en una de esas fotos se podía observar un librero, estaba en una esquina, relegado del reencuentro con la naturaleza, la creatividad, la libertad.

En el afán de narrar ese momento es posible que exagere un poco, pero lo cierto es que si algo caracterizó la mayoría de las experiencias que durante ese encuentro compartieron los promotores de lectura fue que las actividades reseñadas no se relacionaban con el libro, con la lectura.

Quizá en la necesidad de compartir un espacio, se esté dejando de lado el objetivo principal para el que fue creada la sala de lectura y se transforma en un lugar de encuentro para otros intereses: guardería, salón de dibujo, taller de escritura, sesión de padecimientos anónimos, reunión social con los compadres, tertulia previa al domingo futbolero, etcétera.

Lo anterior no está mal pero, reitero, ese no era el propósito original.

Habría que recuperar el sentido, me incluyo, para el cual establecimos una sala de lectura. Realizar una revisión del ánimo que impulsó el acercamiento a este Programa, la tarea, considero, así como no está en acrecentar el acervo para complacer las ansias de novedad de los lectores que llegan a la sala de lectura; tampoco se encuentra en disponer de la mayor cantidad de papel para que el otro dibuje o se reencuentre con la naturaleza.

Es una tarea todavía más solitaria y quizá por ello más ardua: volver al libro, leer.

Volver al libro implica olvidarse de uno mismo, ponerse al servicio del otro, dejar a un lado la necesidad de enseñar, de tener la sala llena de gente y no de lectores, requiere hacer una revisión del acervo que nos fue entregado y encontrar en esas páginas aquello que dice el autor, comprenderlo, entusiasmarse y compartirlo.

Dice Octavio Paz en Corriente alterna que “Comprender un poema quiere decir, en primer término, oírlo”; entonces a esa vuelta al acervo agregaría leer en voz alta.

Recordé esa cita porque hace poco un amigo a quien comentaba sobre el Programa de Salas de Lectura me decía que “ojalá pudiera contar con un espacio así”, es decir, imaginaba que era indispensable un área con todas las comodidades, libreros extensos, sillones mullidos, luz adecuada… Y le relaté una experiencia ajena, un ejemplo que yo mismo debería seguir: el de América Paniagua, promotora de lectura aquí en Aguascalientes que sesiona en las escaleras de su edificio, en la plaza pública coloca los libros sobre los peldaños y lee en voz alta a los niños que se acercan a esos escalones, todos los jueves a las cuatro de la tarde.

Cuando el desanimo se apodera por mi falta de tiempo para sesionar, de la ausencia de un espacio adecuado para la sala de lectura, cuando estoy a punto de caer en la tentación de desplegar las cajas de lápices multicolores o tender la promesa de una copa compartida a un posible lector, me avergüenzo a mí mismo al comparar esos pretextos con la acción directa de América Paniagua, esa es una sala donde una tarde de invierno, otoño o verano un viajero puede detenerse y escuchar, entusiasmarse, leer, ser fiel a esa imagen del futuro que nos fue dada, traducir la intención en contagio.

dos

Al enviar la primera versión de este texto se me solicitó que omitiera algunos chistes que sigo pensando que eran buenos, innecesarios pero buenos y los calificó así porque lograban, creo, a partir del principio del placer, girar la rueda del mecanismo a través del cual se escoge una víctima para mostrar algo, en este caso, que hemos dejado a un lado el libro para hacer de nuestras salas, reitero, estancia infantil, taller de artes plásticas o salón premier que antecede la tertulia jaibolera.

También se me indicó que para no dejar esta intervención en una “explosión visceral” hablara de mi propia experiencia para así defender la tesis de volver al libro. Lo intentaré, prometo ser breve.

Sostengo, con otros, que la conversación es un arte mayor, un arte conformado de afinidades que se construyen a partir de propiciar un espacio para el intercambio de historias, de lecturas, de los libros que nos apasionan, de la expresión perfecta de la vida, la literatura, como apunta el epígrafe de esta exposición.

Considero también que el cuidado de este arte de la conversación implica iniciar en el libro, partir del libro, colocar al texto en el centro mismo de cualquier iniciativa, pues toda dinámica de fomento a la lectura que no tenga como origen el libro está condenada al fracaso.

Perogrullada: como promotores de lectura estamos felizmente condenados a no alejarnos del libro, a revisar con ojo apasionado nuestro acervo para buscar las historias que han de propiciar la conversación, no hay bote de colores, excursión, juego al aire libre o puesta en escena que supere en efectividad compartir una lectura.

Mejor que yo lo señala Michèle Petit: Lo que pueden hacer los iniciadores de libros es introducir a los niños –y a los adultos- a una mayor familiaridad y a una mayor soltura en la aproximación a los textos escritos. Es transmitir sus pasiones, sus curiosidades, interrogando su lugar, su oficio y su propia relación con los libros. Es ayudar a los niños y a los adolescentes a comprender que, entre todas esas obras, habrá algunas que sabrán decirles algo a ellos en particular. Es multiplicar las ocasiones de encuentro, de hallazgos. Es también crear espacios de libertad donde los lectores podrán trazar caminos recónditos y donde habrá disponibilidad para discutir con ellos acerca de esas lecturas, si así lo desean, sin que se produzcan intromisiones si esos lectores quieren conservar sus descubrimientos para sí.[1]

No descarto la necesidad de prepararnos mejor mediante cursos de lectura en voz alta, narración oral, etcétera, siempre y cuando no se olvide que sólo son herramientas para alcanzar un propósito y no un fin en sí mismas.

Estoy seguro que más de uno hemos sido testigos de cómo el otro se hace de nuestra recomendación y se acerca al libro que antes nos ha emocionado, más allá de nuestras deficiencias como lectores en voz alta (es mi caso) o la endeble capacidad de generar dinámicas para acercar a los autores, más allá de nuestras propias limitaciones, sé (he estado ahí) en que el libro, lo que nos deja, se abre camino hacia el lector y lo toma, forja afinidades, propicia la conversación, permite el encuentro con el otro.

A estas alturas de la escritura estoy recordando que estas ponencias las cobijan temas específicos, espero que la homérica insinuación del título de estas líneas pueda considerarse como un plan de acción, ni modo soy monotemático: volver al libro: conversar.

Sé en cambio que he intentado, no necesariamente en ese orden: rendir tributo a América Paniagua al destacarla como ejemplo a seguir; compartir mi queja del encuentro de promotores al que asistí; confesar que sesiono poco y mal; y como en los cuentos de nunca acabar, regresar al principio con una invitación: La pasión, canta, promotor, del autor en tus manos, regresa, el libro te está esperando


[1]. "¿Construir lectores?"Petit, Michèle. Lecturas: del espacio íntimo al espacio público. Fondo de Cultura Económica. 2001. México



En letras de otros



Está bien que los jóvenes enfermen de poesía en ciertos años, pero, por el amor de Dios, hay que impedir que la contagien.

Lichtenberg

septiembre 11, 2006

cielo de Fraguas

Deja Viajero que esta luz te inunde el rostro, al frente se adivina que el paisaje es certeza y arribo la palabra que cambias en la estancia

Deja Viajero que esta luz bese tu espalda, prenda en tus brazos, brote surco del azar en la mano, extienda su calma en el pecho, pulse la brida de tus caderas, trace el laberinto de tu pubis, calcine las marcas antiguas del sexo, levanta la mirada, aquí todo es horizonte, deja a esta luz incendiar de novedad un cuerpo ajeno

Esta luz que otorga un rostro nuevo déjala ser cincel sobre tu frente, incendio en las pupilas, olfato renovado en cada trago, oleaje en las mejillas, labios que dibujan húmedos un ojo

He aquí el territorio de la luz, Tanto sol, tanto día, tanta nube reluciente, toda interrupción es un engaño: el árbol, el montículo, el camino,/ el lienzo / de piedras enllamadas, / la roja salazón del hormiguero, / un canto de torcaza solitaria,/ el pájaro que habla y el agua que camina,/ el huizachal, la nopalera, / mentiras con que justifica en juego sus dominios

No hay sombra posible en este mapa, aquí la única verdad es este cielo, el paso inagotable de las nubes, el manto de oro y su rebaño que anulan todo pliegue. Lo que toca el ojo, adivinanza para el forastero

Recuerda al hombre su origen el incendio de este sol bajo la lengua, el dulce juego de otorgar nombres, la golosina de ser Adán sin más tarea que el designio, Fraguas dices y mancha el horizonte una ciudad

No se conoce mejor un nombre, descubres, que en el centro de esta llama: un sol que baña todo y lo revela. Aquí la palabra repetida mil y un veces -moneda desgastada por el uso- relumbra con alas extendidas de otro aliento, se percibe en todos sus sentidos, siempre nuevos pues nada la contiene al ser reflejo

Abroja de sombras el camino, bautiza la puerta sur de esta villa, juega con la luz y su sentido para que espino, cardo y ortiga sean casas, edificios, muros que descienden del relámpago, mecanismo babélico que susurra perpetuo: aquí, esta puerta es la llegada.

Has llegado Viajero, al fin esta luz del sur, cielo de estrella inmóvil, te ha hecho suyo. No bajes la mirada, Fraguas es una hoja en blanco, aquí todo es horizonte, levanta la mirada, esta Ciudad no existe.



Cielo de Oriente de Juan Pablo de Ávila en Legión Aguascalientes
en cursiva versos de El fugitivo y sus presagios y La señal en el muro, de Víctor Sandoval

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