Salif Keita
Banda sonora

Suelo decir con énfasis que la música es otro lenguaje, lo digo con tal convicción que pareciera sé lo que digo (así suelo ser de irresponsable en los talleres), sin embargo, hay ocasiones en que tengo que explicarme, son minutos decisivos en los que debo de consolidar ante los otros las razones por las que estoy sentado en la cabecera y suelo tomar la palabra al final de las intervenciones. Diestro como me considero en el arte de darle vueltas al asunto, comienzo el rodeo, uno que va desde 1810 de Tchaikovsky, pasa por Stravinsky, planea largo tiempo por Philip Glass y comienza el aterrizaje en Piazzolla donde juego un rato con el lapicero para desviar la atención, con el fin de que miren las manos y no los ojos, con el oculto propósito de hipnotizar al auditorio y que no se den cuenta de los baches del discurso.
La próxima vez que tenga que arriesgarme a esa explicación y relacionarla con la narrativa intentaré ser más práctico, preguntar, por ejemplo ¿alguien asistió al concierto de Salif Keita?
Y con eso tendría que bastar…
Aunque cuando reciba la respuesta > No, no fui y no sé quién es emplearé esa línea para evitar el rodeo antes mencionado y cambiarlo por un intento de crónica sobre el concierto del 2 de mayo.
¿Quién es Salif Keita?, no importa, no importa la nacionalidad, ni los antecedentes, no se requiere de una presentación previa para escucharlo, para dejarse llevar, al menos así lo sentí durante el concierto, ahí, en ese momento, cualquier información previa estorbaba, ¿qué más daba si uno llegó a él buscando un disco de otro africano, si sabe que le dicen la voz de oro de África o que es descendiente de no sé qué rey guerrero… No, no importa, sólo se escucha atentamente, sin importar que no hable español y que su inglés esté champurreado de francés, se escucha.
El cuerpo responde a ese lenguaje, el cuerpo se mueve, tampoco importa que parezca imposible seguir el ritmo hipnótico de las coristas que en sí mismas son todo un espectáculo, uno desea bailar con ellas, bailar como ellas; muchos, lo más que podemos hacer es dejar que surja el cumbiero que uno trae por dentro, unos metros adelante un abandonado del ritmo agita la mano y se contonea, todos se mueven, asienten, se agitan… algo le dice la música al cuerpo.
¿Un cantante de Djoliba en Aguascalientes? Nada pareciera menos atractivo para una noche de calor, no cuando a unos metros uno se puede pasear con una litro de cerveza en mano o beber un mojito en el Pabellón Cubano o perder la camisa en el casino, pasear por la Feria con ganas de morder los hombros desnudos de las jóvenes que caminan con sus mejores prendas, de lamerles el ombligo a todas ellas que traen pintados los párpados con la máscara de fiesta… y en cambio, somos muchos los que piden otra y otra y otra… Keita responde y sólo pide que bailen, que por favor no se queden sentados, que bailen y se dejen llevar.
Bailamos sin entender qué dice la letra, de qué va o qué reclama, qué alegría mueve ese canto o cuál es la plegaria que lo alienta… Bailamos.
La música es otro lenguaje, he de concluir la crónica que hoy no he hecho, uno que no requiere de palabras para tener sentido… como el amor.