Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Fue lo primero y único que pensé durante un largo rato tras leer un ruleman de Iria en el que invita a armar la lista de las cien mejores primeras líneas de novelas hispanoamericanas, y comienza proponiendo las primeras cinco:
Pedro Páramo, de Rulfo
El túnel, de Sábato
Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio Fernández
Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante
Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez
Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Resonaba con todo su vigor de primera línea inolvidable mientras repasaba la lista publicada por American Book Review que detonó la iniciativa de Iria.
Sé que Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. apareció porque ha sido tema de conversación constante con Justes, una y otra vez, sin saber de la lista, hemos inclinado el rostro (iluminado) en reconocimiento de la potencia, atractivo, vigor, etcétera de esa primera línea.
Traté de pensar en otra, apostando que llegaría a Cortázar, claro Rayuela… y derrapé al consultar qué seguía de lo que yo recordaba cuál era el principio (¿Encontraría a la Maga?), pues en mi neblina confundí esa pregunta con otra frase, me di cuenta que a pesar de ser una de las obras a las que regreso con ánimo de escuchar el oráculo no recordaba que esa era su frase primera y no la que yo tenía en mente: Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Es decir, la memoria me jugaba malas pasadas, en donde yo recordaba que iniciaba la novela ya Oliveira había pasado por la rue de Seine, el arco que da al Quai de Conti, el Pont des Arts, ya la Maga sonreía sin sorpresa.
Culpé al sonido con que retumbaba atrás de los ojos la primera línea pensada. Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Seguí intentando otras, esta vez con los libros a la mano. Apareció el inicio de La paloma, el sótano y la torre, de Efrén Hernández:
Y dudé, dudé de si no estaba pecando por gusto personal, si en verdad merecía estar en esta lista este arranque, si cumplía con las características no escritas de lo que debe de ser un inicio de novela, entre ellas las de hacerle crecer dientes al libro, manos a las hojas, que te muerda los pulgares y enganche los ojos, que no puedas soltarlo.
Llegaron otros inicios, tres novelas que no pude soltar, de escritores vivos, dos españoles y un colombiano:
Ah… mejor, tres novelas espléndidas, tres arranques de esos que te abrazan al libro, tanto como el de Pedro Páramo., tanto como la primera página de El apando de José Revueltas:
Y, de nueva cuenta, dudé, pues la iniciativa de Iria mencionaba “mejores primeras líneas”, ¿cuántas líneas son unas primeras líneas?, ¿cinco, tres?, ¿una oración?, porque de ser así, reconsideraría la inclusión del inicio de Suicidios ejemplares. Porque, dónde comienza una novela, en el caso de El apando no se detiene, toda la novela es una larga frase (no lo es, lo semeja), la acción contada en forma trepidante, toda la historia del encierro desde el encierro, sí, también Revueltas sabía que el infierno son los otros.
Y si de una sola frase se trata serían pocas las que nos quedaran, por ejemplo, las dos primeras palabras de La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes: Yo despierto… Porque ahí está la clave de toda la novela, sin embargo, no bastan para incluirla, tendría que citar, al menos, una buena parte de la primera hoja de la edición del Fondo de Cultura Económica:
Y si de una sola palabra se tratara, citaría Farabeuf, de Salvador Elizondo, no encuentro palabra más hermosa para iniciar un relato:
Y aún así se me fue la mano, cité un poco de más, pues una sola palabra, por hermosa que sea, no basta para insertar la novela en esta lista… Sigo pensando, ¿una sola línea?, me acuerdo:
Sólo que el texto de Reyes es más un ensayo que una novela. Además, todo el tiempo he estado pensando en la frase inicial: Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. , inicio de novela perfecto, primera línea sugerente, frase rotunda, invitación a la aventura, a la lectura de una obra maestra.
Con esa me quedo, si algo pudiera sugerir a la lista propuesta por Iria, sería la mejor novela de Juan García Ponce, ese enorme ejercicio (más de mil páginas en dos tomos) que presenta las vidas paralelas de Mariana y María Ines, mujeres idénticas, en medio del mundo y del tiempo: Ciudad de México, 1968; esa novela donde el yucateco recrea el mundo a partir de una sola una imagen (la mujer) al colocarla como centro del universo.
Sí, este inicio de novela propondía:
En unos cuantos días ya Iria ha logrado reunir 18 inicios de novela. Valdrá la pena unirse a su convocatoria para llegar a las 100.
Pedro Páramo, de Rulfo
El túnel, de Sábato
Museo de la Novela de la Eterna, de Macedonio Fernández
Tres Tristes Tigres, de Cabrera Infante
Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez
Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Resonaba con todo su vigor de primera línea inolvidable mientras repasaba la lista publicada por American Book Review que detonó la iniciativa de Iria.
Sé que Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. apareció porque ha sido tema de conversación constante con Justes, una y otra vez, sin saber de la lista, hemos inclinado el rostro (iluminado) en reconocimiento de la potencia, atractivo, vigor, etcétera de esa primera línea.
Traté de pensar en otra, apostando que llegaría a Cortázar, claro Rayuela… y derrapé al consultar qué seguía de lo que yo recordaba cuál era el principio (¿Encontraría a la Maga?), pues en mi neblina confundí esa pregunta con otra frase, me di cuenta que a pesar de ser una de las obras a las que regreso con ánimo de escuchar el oráculo no recordaba que esa era su frase primera y no la que yo tenía en mente: Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.
Es decir, la memoria me jugaba malas pasadas, en donde yo recordaba que iniciaba la novela ya Oliveira había pasado por la rue de Seine, el arco que da al Quai de Conti, el Pont des Arts, ya la Maga sonreía sin sorpresa.
Culpé al sonido con que retumbaba atrás de los ojos la primera línea pensada. Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Seguí intentando otras, esta vez con los libros a la mano. Apareció el inicio de La paloma, el sótano y la torre, de Efrén Hernández:
Cuando la inteligencia es ágil, fina sagaz, escurridiza, y puesto al lado opuesto, el corazón yace pesado, gordo, cegato, obtuso; digo, cuando la inteligencia sabe medio atisbar las cumbres y medio hurgar las sendas por donde se va a las cumbres, y el corazón no ayuda, no responde, ama sólo su lecho, sus golosinas y su comodidad, se engendra un desvalor, un hambre oculta, un amargor guardado. He aquí el origen del desvanecimiento, la altivez, la soberbia. Y sólo porque en ilusión e imaginando, se sabe discernir, llega a tomarse el infecundo y fraccionario pensar el bien, en lugar del sustancioso e integral vivir el bien, o sea el sutil ingenio, por la iluminada, auténtica, profunda, verdadera inteligencia.
Y dudé, dudé de si no estaba pecando por gusto personal, si en verdad merecía estar en esta lista este arranque, si cumplía con las características no escritas de lo que debe de ser un inicio de novela, entre ellas las de hacerle crecer dientes al libro, manos a las hojas, que te muerda los pulgares y enganche los ojos, que no puedas soltarlo.
Llegaron otros inicios, tres novelas que no pude soltar, de escritores vivos, dos españoles y un colombiano:
No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su propio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados.
Corazón tan blanco. Javier Marías
Hace unos años comenzaron a aparecer unos graffiti misteriosos en los muros de la ciudad nueva de Fez, en Marruecos. Se descubrió que los trazaba un vagabundo, un campesino emigrado que no se había integrado en la vida urbana y que para orientarse debía marcar itinerarios de su propio mapa secreto, superponiéndolos a la topografía de la ciudad moderna que le era extraña y hostil.
Suicidios ejemplares. Enrique Vila-Matas
Hay muchas maneras de contar esta historia –como muchas son las que existen para relatar el más intrascendente episodio de la vida de cualquier de nosotros.
La última escala del tramp steamer. Álvaro Mutis
Ah… mejor, tres novelas espléndidas, tres arranques de esos que te abrazan al libro, tanto como el de Pedro Páramo., tanto como la primera página de El apando de José Revueltas:
Estaban presos ahí los monos, nada menos que ellos, mona y mono; bien, mono y mono, los dos, en su jaula, todavía sin desesperación, sin desesperarse del todo, con sus pasos de extremo a extremo, detenidos pero en movimiento, atrapados por la escala zoológica como si alguien, los demás, la humanidad, impiadosamente ya no quisiera ocuparse de su asunto, de ese asunto de ser monos, del que por otra parte ellos tampoco querían enterarse, monos al fin, o no sabían ni querían, presos en cualquier sentido que se los mirara, enjaulados dentro del cajón de altas rejas de dos pisos, dentro del traje azul de paño y la escarapela brillante encima de la cabeza, dentro de su ir y venir sin amaestramiento, natural, sin embargo fijo, que no acertaba a dar el paso que pudiera hacerlos salir de la interespecie donde se movían, caminaban, copulaban, crueles y sin memoria, mona y mono dentro del Paraíso, idénticos, de la misma pelambre y del mismo sexo, pero mono y mona, encarcelados, jodidos.
El apando. José Revueltas
Y, de nueva cuenta, dudé, pues la iniciativa de Iria mencionaba “mejores primeras líneas”, ¿cuántas líneas son unas primeras líneas?, ¿cinco, tres?, ¿una oración?, porque de ser así, reconsideraría la inclusión del inicio de Suicidios ejemplares. Porque, dónde comienza una novela, en el caso de El apando no se detiene, toda la novela es una larga frase (no lo es, lo semeja), la acción contada en forma trepidante, toda la historia del encierro desde el encierro, sí, también Revueltas sabía que el infierno son los otros.
Y si de una sola frase se trata serían pocas las que nos quedaran, por ejemplo, las dos primeras palabras de La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes: Yo despierto… Porque ahí está la clave de toda la novela, sin embargo, no bastan para incluirla, tendría que citar, al menos, una buena parte de la primera hoja de la edición del Fondo de Cultura Económica:
Yo despierto… Me despierta el contacto de ese objeto frío con el miembro. No sabía que a veces se puede orinar involuntariamente. Permanezco con los ojos cerrados. Las voces más cercanas no se escuchan. Si abro los ojos, ¿podré escucharlas?... Pero los párpados me pesan: dos plomos, cobres en la lengua, martillos en el oído, una… una como plata oxidada en la respiración. Metálico, todo esto. Mineral, otra vez. Orino sin saberlo. Quizás –he estado inconsciente, recuerdo con un sobresalto- durante esas horas comí sin saberlo. Porque apenas clareaba cuando alargué la mano y arrojé –también sin quererlo- el teléfono al piso y quedé boca abajo sobre el lecho, con mis brazos colgando: un hormigueo por las venas de la muñeca. Ahora despierto, pero no quiero abrir los ojos. Aunque no quiera: algo brilla con insistencia cerca de mi rostro. Algo que se reproduce detrás de mis párpados cerrados en una fuga de luces negras y círculos azules. Contraigo los músculos de la cara, abro el ojo derecho y lo veo reflejado en las incrustaciones de vidrio de una bolsa de mujer. Soy esto. Soy esto. Soy este viejo con las facciones partidas por los cuadros desiguales del vidrio.
Y si de una sola palabra se tratara, citaría Farabeuf, de Salvador Elizondo, no encuentro palabra más hermosa para iniciar un relato:
¿Recuerdas…? Es un hecho indudable que precisamente en el momento en que Farabeuf cruzó el umbral de la puerta, ella, sentada al fondo del pasillo agitó las tres monedas en el hueco de sus manos entrelazadas y luego las dejó caer sobre la mesa.
Farabeuf. Salvador Elizondo
Y aún así se me fue la mano, cité un poco de más, pues una sola palabra, por hermosa que sea, no basta para insertar la novela en esta lista… Sigo pensando, ¿una sola línea?, me acuerdo:
Viajero: has llegado a la región más transparente del aire.
Visión de Anáhuac. Alfonso Reyes
Sólo que el texto de Reyes es más un ensayo que una novela. Además, todo el tiempo he estado pensando en la frase inicial: Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. , inicio de novela perfecto, primera línea sugerente, frase rotunda, invitación a la aventura, a la lectura de una obra maestra.
Con esa me quedo, si algo pudiera sugerir a la lista propuesta por Iria, sería la mejor novela de Juan García Ponce, ese enorme ejercicio (más de mil páginas en dos tomos) que presenta las vidas paralelas de Mariana y María Ines, mujeres idénticas, en medio del mundo y del tiempo: Ciudad de México, 1968; esa novela donde el yucateco recrea el mundo a partir de una sola una imagen (la mujer) al colocarla como centro del universo.
Sí, este inicio de novela propondía:
Quiero que me cojan todo el día y toda la noche. Lo dijo, eso fue lo que dijo. De regreso del baño, mirándonos a Anselmo y a mí acostados aquí en la cama y que la mirábamos también. Huelo a ella; todo huele a ella. Desnuda en el marco de la puerta. Alzó los brazos y era como si quisiera borrarse por completo. Pero su cuerpo no la dejaba.
Crónica de la Intervención de Juan García Ponce.
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Actualización febrero 4
Actualización febrero 4
En unos cuantos días ya Iria ha logrado reunir 18 inicios de novela. Valdrá la pena unirse a su convocatoria para llegar a las 100.

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