septiembre 29, 2005

Banda sonora

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Vine a recuerdos inútiles porque me dijeron que acá andaba un mp3 de Los Luchadores...
Sí, ya la había subido antes, pero el respetable público la pide de nuevo, incluso ahora sé que la canta el Conjunto Africa. Bien, aquí están el Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog, aplicándose la Wilson, la Nelson, la Quebradora y el tirabuzón, quitándose candados, picándose los ojos, jalándose los pelos, sacándose del ring.


septiembre 26, 2005

Banda sonora


Por andar haciendo declaraciones basadas únicamente en mi gusto y corto entendimiento me gané una entretenida clase acerca de lo que es manga, hentai, anime y esas cosas que poco disfruto. Merecida me la tenía; agradezco el esfuerzo del Boiler, quien seguramente hubiera puesto menos empeño de saber que a las pocas horas ya había olvidado la mitad de los ejemplos y continuaba confundiendo manga con ikebane y hentai con ajinomoto. Más cuando en el capítulo de los Simpsons (Homero se hace pasar por esposo de Zelma para poder adoptar un niño) al cruzar el avión territorio chino aparecen unos dragones, parodia de eso que disfruta tanto como Girolamo y yo no acabo de comprender. Así que necesitaré una nueva clase, pero con manzanas y peras, bueno, con picachus y chihiros pues.

Lo que no esperaba era el golpe bajo de emplear como ejemplo de no tan buen cantante a Santiago Auserón o de Van Morrison como una voz que en ocasiones está por encima de lo que canta. Esperaré ese comentario en la cafebrería y literantro para poder contestar con otra cosa que no sea indignación ante los contundentes y eruditos desplantes del joven Boiler.

Mientras tanto puedo adelantarte que también en la música soy un autodidacta salvaje y mis listas musicales caben perfectamente como definición de terapia de shock; que coincido contigo en que Rosa Venus de Fobia no es tan bueno, pero no porque sepa quién lo produce sino porque me recuerda al comercial de Doritos durante todos los minutos que dura el disco; que con Casa Natalia Lafourcade ha pasado a otro nivel, francamente sorprendente, no porque sea una adolescente sino porque en verdad disfruté el disco (reitero: cualquier "artista" del que me presumas sus talentos juveniles tendrá que pasar por la prueba de mencionar a Rimbaud o Mozart); que estoy dispuesto a ser convertido a fan de Pedro Guerra, así de grandes son mis ansias de conocimiento, pero te enfrentas a un oído que pasa sin problema alguno de Escualo de Astor Piazzolla (
aquí un post de Salvador en su post-it cibernético) a las Variaciones Goldberg interpretadas por Gould haciendo escala en Since U been gone, ah eso sí, en la versión de Ted Leo (mp3) y nunca en la Kelly Clarkson y que a Van Morrison lo disfruta cantando con The Chieftains: Ta Mo Chleamhnas Deanta (My Match It Is Made) y hasta me divierto oyendo a Michael Buble interpretando You Must Have Been A Beautiful Baby...

En fin... aparte del pretexto que me da para compartir algunos mp3, lo cierto es que tiene un sisifesco trabajo enfrente, tarea que espero asuma porque la verdad disfruto el verme avasallado por sus conocimientos, son esas conversaciones las que le dan sentido a vivir en este lugar.





En letras de otros

A mí me gusta escribir para mí, tengo cuadernos y cuadernos, versos y hasta una novela, pero lo que me gusta es escribir y cuando termino es como cuando uno se va dejando resbalar de lado después del goce, viene el sueño y al otro día ya hay otras cosas que te golpean en la ventana, escribir es eso, abrirle los postigos y que entren, en un cuaderno detrás de otro
Julio Cortázar

septiembre 22, 2005

Banda sonora

Walt Whitman's Niece
Billy Bragg & Wilco(mp3)

Last night or night before that (I won't say which night)
A seaman friend of mine (I'll not say which seaman)
Walked up to a big old building (I won't say which building)
And would not have walked up the stairs (not to say which stairs)
If there had not have been two girls (leaving out the names of those two girls)

And I recall a door, a big long room (I'll not tell which room)
I remember a deep blue rug (but I can't say which rug)
A girl took down a book of poems (not to say which book of poems)
And as she read I laid my head (and I can't tell which head)
Down in her lap (and I can mention which lap)

Well, my seaman buddy and his girl moved off after a couple of pages
And there I was, all night long
Laying and listening and forgetting the poems

And as well as I could recall
Or my seaman buddy could recollect
The girl had told us that she was a niece of Walt Whitman
But not which niece

And it takes a night and a girl
And a book of this kind
A long long time to find its way back

Last night or night before that (I won't say which night)
A seaman friend of mine (I'll not say which seaman)
Walked up to a big old building (and I won't say which building)
And would not have walked the stairs (not to say which stairs)
If there had not been two girls (leaving out the names of those two girls)

And I recall a door, a big long room (I'll not tell which room)
I remember a deep blue rug (but I can't say which rug)
A girl took down a book of poems (not to say which book of poems)
And as she read I laid my head (but I can't tell which head)
Down in her lap (and I can mention which lap)

Pensaba en la inmortalidad del cangrejo, miento: pensaba en el crecimiento urbano ordenado, banquetas, empedrados, guarniciones y pavimento hidráulico cuando las bocinas de la computadora comenzaron a susurrar no sé qué cosas acerca de una sobrina de Walt Whitman.

Estaba escuchando a Wim Mertens, de ahí que me tardara en comprender quién y porqué alguien leía poemas mientras le recargaban la cabeza en el regazo, así que acuso a los nervios que provocan el desconcierto la primera risa. Una de esas risas que te desnuda cuando volteas la mirada en busca de alguien que comparta el chiste y no encuentras a nadie. Después me comencé a reir porque me estaba riendo solito y mi alma.

Enseguida ascendió el ataque de risa porque recordé cómo llegué a la canción sobre la sobrina de Whitman (yo tampoco voy a decir cuál sobrina); después ya solamente me sonreí al acordarme de una noche en que cuatro (no voy a decir quiénes) caminamos por el centro de la ciudad (no voy a decir cuál) buscando un bar abierto (no vale la pena decir para qué) y mientras alcanzábamos la siguiente cerveza (no voy a escribir la marca) discutíamos acerca de la teoría simplista con que divido el ánimo de un escritor: whitmaniano o eliotiano.

Los primeros cantan a las hojas de hierba con la certeza de que todo sale de las entrañas, que son las pasiones que incendian el cuerpo las que mueven el mundo de la escritura y sus textos, verso o prosa, están impregnadao de un vigor que ya quisiera uno para un baile de pueblo; mientras que los eliotianos creen casi lo mismo, sólo que el final es distinto: aprueban la idea de las pasiones, pero no creen que ninguna de ellas valga la pena si antes no pasó por la cabeza, y su escritura tiene el signo de una voz quemadura.

Whitmanianos contra Eliotianos, me descubro sonriéndome a solas, y no tengo que decirme de qué.


En letras de otros

No somos dueños de nuestros afectos, la felicidad nos llega y nos rehúye sin que lo deseemos, nos importuna cuando llega, nos aflige cuando se va.
Pascal Bruckner

septiembre 19, 2005


Debimos soñarlo.

A 20 años permanece el deseo: debió ser un sueño. Pesadilla, no importa, tarde o temprano hubiéramos despertado similares al momento previo a cerrar los ojos, no como ocurrió en la realidad, no ese despertar en que las cenizas se iban acumulando en los hombros a medida que se andaba el camino de regreso a casa.

No tengo la certeza de cuánto es veinte años, ¿qué cabe ahí?, ¿parejas distintas, mudanzas, años escolares...? Sé que no son suficientes para borrar de la memoria el olor con que se incendian los cuerpos atrapados.

Hace veinte años desperté recargado en el hombro de una compañera pidiéndole que no agitara la banca, que me dejara dormir otro rato mientras el maestro de electrotecnia hablaba de no sé qué circuitos. Después darse cuenta de que estaba temblando.

En ese momento realmente no había pasado nada, los temblores eran algo común, algo que se enfrentaba sin miedo (al menos yo), así que salí del salón para mirar desde el tercer piso el remolino de estudiantes que bajaba por las escaleras golpeándose unos contra otros, enseguida las largas filas frente a los teléfonos públicos, la suspensión de clases y nosotros, que no sabíamos nada, aprovechamos el tiempo para jugar un partido de tochito en el campo de Águilas blancas.

No se necesitaba ningún presagio -el ruido de las sirenas a lo lejos, el constante ulular de las patrullas y ambulancia bastaban para decirnos que algo fuera de lo común estaba ocurriendo en la ciudad- y sin embargo, en un pase largo largo largo Mauricio y yo competimos hasta el final del campo para atrapar el pase, yo perdí el balón, él se quedó colgado de una de las salientes de la reja metálica, el alambre le cruzó la muñeca.

Lo bajamos lentamente de la reja, cuidando de no lastimar todavía más su mano, lo tendimos en el suelo. Rápido rápido rápido una camisa, algo para vendarlo, algo para evitar más sangre y entonces, el ruido, el inolvidable ruido con que un edificio se rompe, frente al campo de futbol, al otro lado de la calle, las entrañas de un edificio se abrieron, dejando al descubierto los baños de al menos tres pisos.

Creí entonces que esa era señal suficiente para regresar a casa.

Caminé rumbo al metro por calles donde no había ocurrido nada más serio que el susto de un temblor. Al llegar a la estación seguí sin darme cuenta de que hubiera ocurrido algo, ni siquiera el que impidieran el paso al metro me indicó nada. Con la mochila al hombro seguí la recta con que la México-Tacuba se transforma en San Cosme.

Cuadras después llegué a mi recién abandonada secundaria, creo que ahí comencé a darme cuenta, desde ese punto se podía apreciar, hacia el rumbo de la Torre Latinoamericana, la enorme nube de humo.

En la que fue mi secundaria se habían desplomado unas escaleras, descubrí a mi maestra de Historia, me acerqué con ánimo de ser útil, Raquel me llevó al mundo real con unos cuantos gritos: ¿qué haces aquí?, ¿qué haces aquí?, ¿no te das cuenta?, vete a tu casa.

Entonces me di cuenta, entonces escuché todas las sirenas, todos los gritos, percibí los incendios unas cuadras adelante y corrí con miedo hacia el negocio familiar. Mi abuelo me recibió con ánimo de cachetada, con ganas de golpearme por haber retardado el regreso, sólo me abrazo para avisar de inmediato que ya estaba ahí, que ya estábamos todos. Mis hermanos en el cobijo de mi madre, mi padre en la cocina apurando el hervor de las ollas para poder llevar agua caliente al otro lado de la calle.

Entonces abrí los ojos, pero sobre todo, el olfato, supe que pronto apesta la muerte. Cruzando Insurgentes, apenas a unos pasos, el edificio de una aseguradora se había desplomado por completo. Las instalaciones de al lado corrían la misma suerte: estaban a punto de desplomarse o ya eran ruinas humeantes.

Y la gente gritaba, y ya olía a muerto.

No tengo la certeza de cuánto es veinte años, no estoy seguro de que sea una medida similar para todos, sé que ahí caben más muertos de los que uno debería ver, muchos más.





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Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.
¿Quién, en la noche que asusta a la rana
no miró, antes de saber del vicio,
del brazo de su novia, la galana
pólvora de los juegos de artificio?
Suave Patria: en tu tórrido festín
luces policromías de delfín,
y con tu pelo rubio se desposa
el alma, equilibrista chuparrosa,
y a tus dos trenzas de tabaco,
sabe ofrendar aguamiel toda mi briosa
raza de bailadores de jarabe.

Suave Patria (fragmento). Ramón López Velarde



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septiembre 15, 2005

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Escribí (cité Alta traición de José Emilio Pacheco) para decir que No amo mi Patria, quizá demasiado cercano a una fecha en que a muchos les surge lo "mexicano", en días próximos a la fiesta nacional de independencia... No me arrepiento, por el contrario reitero que eso a lo que otros llaman Patria me es inasible. A mí lo que se me da es la nostalgia del abrazo, el suspiro del oído, la evocación del olfato, la mirada del otro que me hace sentir en casa.

Al momento de escribir estas líneas estoy pensando en que Emilio me va a reconvenir, seguro que me va a recetar un tiempo lejos del terruño para aprender lo que es amor del bueno (él vive en California y aunque apenas he cruzado unas cuantas palabras, esas que bastaron para darme cuenta cómo alguien puede amar al lugar al que pertenece, el lugar en que nació, la pasión con que visita a los suyos y que la lejanía magnifican la nostalgia), si yo fuera más cortés le contestaría vía correo electrónico en que sigo sin coincidir, mantengo que no amo esa Patria con mayúsculas que nos enseñan en la escuela, ni a los héroes acartonados, ni la falsificada historia con que nos venden unos valores que no se pueden heredar por ósmosis.

Le diria: Emilio, no amo esa Patria, ni me sumo a los festejos de esa mayúscula; amo a mi patria, el mínimo grupo de personas, de lugares, que me dan aliento, que me devuelven la sonrisa, a los que añoro, con quienes he bebido una cerveza en el Café del Codo, con quien me permito la confidencia en la sala de su casa, la que me devuelve la sonrisa en el Café Terán, a quienes comparten el flan, al que me hace subir al ático de mis recuerdos literarios mientras colocamos una antena, con quien paseaba todas las tardes buscando la lógica de tener un intestino grueso y uno delgado, a la que me presenta como tío con su hijo recién nacido, a la que caía en mis bromas en las horas de oficina, el que en su paso por esta ciudad permite el reencuentro y trae consigo a quien fui hace nueve años, él que no ya no volverá a escribirme un correo electrónico, ella que se aparece siempre en los comentarios de este blog, ella que me canta...

¿Patria?, no sé; patría sí: dibujar el futuro en la planta del pie de la mujer a la que amo. Mi madre escribiendo sus memorias para regalármelas. Mi hermana y mis sobrinas hablándome desde el mar. Mi hermano y mi sobrino desde una ciudad que toca el cielo. La receta de los chiles en nogada susurrada por mi abuelo.

¿Patria? Recipiente del que se toman los nombres para todas las calles de todos los centros de las ciudades de este país. Pero patria sí: la lengua en la que pienso en todos los que conforman la lista de personas que merecen les ofrezca mi vida, ciertos lugares por los que transité hombro a hombro, incluso aquello donde solamente los pensé (que es tanto como estar con ellos).

Sé que con estas líneas no he dicho mucho, que a Mr. HB es posible que siga creyendo que no hay nadie que esté dispuesto a dar la vida siquiera por un sólo río. Lo que yo sé, lo que yo entiendo como patria es otra cosa: el lugar (a veces un río, otras un cruce de calles, siempre un punto en el mapa) por el que estoy dispuesto a dar la vida porque he estado con ellos.

Y también cierta música: Danzón 2 de Arturo Márquez, Orquesta Sinfónica Nacional, dirección Arturo Diemecke (mp3)


septiembre 14, 2005

En letras de otros

Esos papeles del pasado que guardo en un cofre son mi zoológico privado: se encierran allí bestias de tamaño reducido: lagartos, ratas, víboras de piel fría. Basta abrir la tapa para verlos bullir, diminutos, como los diminutos témpanos de hielo que navegan por mi sangre. En el redil de la historia apaciento los animales de la manada: los alimento con la carne de mis propios pensamientos.
Ricardo Piglia

septiembre 13, 2005

septiembre 12, 2005

Banda sonora

The book of love
The book of love is long and boring No one can lift the damn thing
It's full of charts and facts and figures and instructions for dancing
but I I love it when you read to me and you you can read me anything
The book of love has music in it In fact that's where music comes from
Some of it is just transcendental Some of it is just really dumb but I
I love it when you sing to me and you you can sing me anything
The book of love is long and boring and written very long ago
It's full of flowers and heart-shaped boxes and things we're all
too young to know but I I love it when you give me things and you
you ought to give me wedding rings I I love it when you give me things
and you you ought to give me wedding rings

Peter Gabriel (mp3)
Now over head (mp3)
Magnetic Fields (mp3)

Porque invariablemente, aunque no lo veas, siempre estás en estas líneas.

septiembre 11, 2005

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Sé que las nubes son solamente mínimas gotas de agua, que se forman en áreas de baja presión cuando las corrientes de aire húmedo se elevan y que la mezcla de temperaturas provoca que el vapor de agua se condense.

Sé que las nubes se dividen en cuatro tipos principales: cirros, cumulos, estratos y nimbos; que estas cuatro categorias se pueden combinar y derivar en otros nombres.

Sé que los cirros tienen aspecto de filamentos y pueden indicar la proximidad de un huracan; que los cumulos aparecen macizas y con la base plana; que los estratos suelen observarse por las noches e indican la proximdad de la lluvia; que los nimbos no suelen tener forma clara y son grises, nubes de lluvias y nevadas; sé...


Pero es un conocimiento imperfecto, hecho de palabras.

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Palabras que están ahí, en el borde de los labios, mas no son provocadas por la experiencia y, entonces, se quedan quietas, laxas entre los dientes, hasta transformarse en un suspiro, quizá menos: sólo capaces de imitar en aliento lo que intentan nombrar, uno suspira nubes por no saber nombrarlas.

¿Qué es lo literario?, me preguntaron el viernes y sólo se me ocurrió responder que es la traducción de la experiencia en algo bello (algo así, el intento de definición incluía el ánimo suicida con que los insectos mueren hacia la luz), todo el fin de semana lo he estado pensando, incluso en los momentos menos oportunos, cuando en medio de una jornada laboral sabatina levantaba la vista para llenarme de horizonte.

Y, de nuevo: entonces, pensar que saber no basta.

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No es que las palabras no sean suficientes, esa es la salida fácil, la explicación que justifica la parálisis ante las posibilidades infinitas de combinaciones que merece una nube, más que la nube el instante y la nube: un estar en medio de la sierra, el cielo a la mano, quieto el cuerpo, la mirada fija en el movimiento de eso que uno sabe sólo es condensación de agua y, sin embargo, provocan unas líneas mejor que las aquí escritas.

Alguien me toma del hombro, me trae de vuelta a tierra. Busca la causa de mi asombro y sólo encuentra las nubes, balbuceo una explicación sobre ese quedarme inmóvil... inútil, sólo he explicado eso, lo que el otro mira: sólo las nubes.

Algo se ha perdido. Lo he de encontrar.




Por una conversación con el Boiler me entero que has decidido imponer tu villamelones a la blogósfera. Decir que no me había dado cuenta es demasiado poco, quizá sea mejor: yo también extraño esas conversaciones. Bienvenido pingüino.


De un lejano viaje a Baja California Sur rescato la imagen de un barco pariendo automóviles y camiones de carga, la iluminación de saber que era así como llegaba algunos productos a La Paz.
Como nosotros, la mercancía cruzaba el mar de Cortés en un transbordador, mismo que depositaba los trailers en la península, "de otra manera tendrían que recorrer todo el camino hasta la frontera y regresar", no me acuerdo quién me explicó.
Los gansitos, pensé, viajan en barco.
Las novedades de la editorial Sexto Piso, pienso mientras paso de una mano a otra el libro recién llegado a una librería de esta ciudad, deben viajar en primera clase de aeroméxico o al menos en camión de primera, el sobreprecio que hay que pagar es increíble.
Me aguanto la muina y salgo de la librería sin Petrovic, en espera de que un alma caritativa (este es un mensaje para mi esposa) se apiade de este perseguidor de letras serbias. Y de paso incluya en ese regalo los tres libros de Calasso que tiene en su catálogo esta editorial, pues ya estoy acabando K.


septiembre 07, 2005

En letras de otros

La muerte de las aves.
Virgilio Piñera

De la reciente hecatombe de las aves existen dos versiones: una, la del suicidio en masa; la otra, la súbita rarificación de la atmósfera.

La primera versión es insostenible. Que todas las aves —del cóndor al colibrí— levantaran el vuelo —con las consiguientes diferencias de altura— a la misma hora —las doce meridiano—, deja ver dos cosas; o bien obedecieron a una intimación, o bien tomaron el acuerdo de cernirse en los aires para precipitarse en tierra. La lógica más elemental nos advierte que no está en poder del hombre obrar tal intimación; en cuanto a las aves, dotarlas de razón es todo un desatino de la razón.

La segunda versión tendrá que ser desechada. De haber estado rarificada la atmósfera, habrían muerto sólo las aves que volaban en ese momento.

Todavía hay una tercera versión, pero tan falaz que no resiste el análisis; una epizootia, de origen desconocido, las habría hecho más pesadas que el aire.

Toda versión es inefable y todo hecho es tangible. En el escoliasta hay un eterno aspirante a demiurgo. Su soberbia es castigada con la tautología. El único modo de escapar al hecho ineluctable de la muerte en masa de las aves, sería imaginar que hemos presenciado la hecatombe durante un sueño. Pero no nos sería dable interpretarlo, puesto que no sería un sueño verdadero.

Sólo nos queda el hecho consumado. Con nuestros ojos las miramos muertas sobre la tierra. Más que el terror que nos procura la hecatombe, nos llena de pavor la imposibilidad de hallar una explicación a tan monstruoso hecho. Nuestros pies se enredan entre el abatido plumaje de tantos millones de aves. De pronto todas ellas, como en un crepitar de llamas, levantan el vuelo. La ficción del escritor, al borrar el hecho, les devuelve la vida. Y sólo con la muerte de la literatura volverían a caer abatidas en tierra.


septiembre 05, 2005

septiembre 03, 2005

En letras de otros

Image hosted by Photobucket.comDECLARACIÓN DE AMOR
Efraín Huerta

1
Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.
Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón
desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.


2

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.
Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.

Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
nos entregara el corazón deshecho
del alba verdadera, ¿imaginas ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?

Porque yo creo que el corazón del alba
es un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.

Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad.

Mi gran ciudad de México:
en el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y lecho,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!

Septiembre 3, fecha que adquiere significado pleno en la memoria mucho tiempo después de realizados los ritos de celebración, una vez que se apunta en la agenda la vida paralela que se genera en el recuerdo.

Miro extrañado las líneas de otros años, la importancia que daba eventos que hoy apenas son bruma, mientras otros se arraigan para exigir una fiesta íntima, una que desea feliz cumpleaños a los ausentes, un brindis que en voz alta apuesta a que es posible dejar de ser extranjero en esta tierra, mientras entre labios susurra un canto de amor por lo que se ha dejado atrás.


septiembre 02, 2005

Los objetos están más cerca de lo que aparentan
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septiembre 01, 2005

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

Alta traición. José Emilio Pacheco.

Una vez establecido lo anterior, este dar la vida por quienes considero que dan cuerpo al fulgor, me confieso fácil de conmover por las expresiones de otros que rinden su emoción ante convenciones como el himno o la bandera; es posible que sea un rezago de la educación familiar: las tardes de infancia en que Madre intentó que nos pusiéramos de pie cada vez que se escuchaba el retiemble en sus centros la tierra o que irguiéramos la espalda al paso de la enseña nacional, o bien de las ceremonias escolares con que iniciaba la semana, esos honores donde más dormidos que despiertos los niños jurábamos que de ser necesario donaríamos valerosamente nuestra sangre si Masiosare, ese extraño enemigo, profanaba con sus plantas nuestros suelos ...

No, seguramente miento al darle origen en aquellos años a este conmoverme fácil, es la salida inmediata para explicar el descubrirme paralizado ante un anciano que se detiene en medio de la plaza, la lentitud del movimiento con que se lleva la mano a la cabeza y se quita el sombrero, nada existe para él en ese momento que no sea el ondular de la tela tricolor ascendiendo por el asta bandera, el sombrero ahora sobre el pecho, la cabeza altiva que asiente respetuosamente, la bandera que llega a la cima y él que se vuelve a cubrir y sigue su camino. Hasta ese momento me doy cuenta que he permanecido recargado en la pared, fumando, una mano en el bolsillo, absolutamente ajeno a la ceremonia. Recompongo al figura, avergonzado, no por la bandera, sino porque él va a voltear y no quiero que me descubra así.

No amo a mi patria pues, no me mueven los festejos de septiembre ni la celebración de mi país que en el noticiero nocturno se come el tiempo de las noticias para mostrar la fiesta en que los de siempre se reúnen en Bellas Artes para mirar bailables y hacer una fiesta que festeja el haber nacido aquí y no allá, cuando lo cierto es que lo superficial del motivo permitiría congratularse por haber nacido allá o aculla.

Miro en la televisión los rostros sonrientísimos, la satisfacción y orgullo de ser de aquí ¿De veras? Ninguno se parece al anciano que miré descubrirse, ni uno de los gestos se asemeja a la convicción con que ese hombre se detuvo a la mitad de la plaza, brindando su tiempo, dejando a un lado sus actividades para rendir un tributo.

Ellos, los que desfilan ante la cámara, quizá, sí amen a su patria mas de una forma que no entiendo, a mí lo que me mueve es cierta gente que se deja provocar por los símbolos y, sin intención, algo me enseña.


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