Griselda (cuidado: spoilers)
El domingo no me pude sacar de la memoria las lágrimas de Griselda, el rostro desencajado con que salió corriendo del salón de sexto de primaria para refugiarse en la dirección de la escuela: el cabello largo volando por la prisa, el sueter gris abombado, la ráfaga de las calcetas blancas... mientras agitaba la cabeza al ritmo de un frenético no, no, no. Y seguro que me estuve acordando de ella debido a que este fin de semana la señora de la casa no accedió a que malgastaramos el presupuesto familiar en un Darth Vader (versión unleashed) que encontré en la sección de juguetes del supermercado, ni siquiera porque lo subí al carrito y nos acompañó durante el recorrido, al final se tuvo que quedar en esa sección de las cajas donde el arrepentimiento abandona paquetes de jamón. Y me acordé de Griselda porque estuve a punto de utilizar la técnica de "compramelo o dejo de respirar" con tal de convencer a Laura de que me lo comprara, fue entonces cuando me acordé de las lágrimas de esa niña con la que nunca crucé una sola palabra, pues iba un grado arriba que yo y en ese entonces (bueno, todavía) la lengua se me traba ante cualquier intento de conversación con alguien que me atrae.
Griselda me gustaba por inalcanzable, pertenecía a la tribu de las niñas bonitas, las que durante el recreo se acomodaban en una banca a degustar su almuerzo, ese que surgía de loncheras rosas con los Ángeles de Charlie o Barbie, cruzaban las altas piernas y dejaban que el resto de los súbditos las admiraran.
Yo pertenecía a la clase de súbdito más baja en la escala, esos que se invariablemente traen amarrado el sueter en la cintura y no les preocupaba tener que sacrificar la limpieza del pantalón ante la posibilidad de robar la base en el juego de béisbol, al grupo que lo más que podía aspirar era a que las pestañas de Griselda abanicaran indolentes una mirada descuidada hacia uno, uno que se resignaba a ceder el paso, siempre con los ojos bajos, justo para descubrir que, una vez más, había olviddo bolear los zapatos.
Me gustaba Griselda pues, pero no tanto como para obsesionarme, regularmente sólo la observaba unos segundo antes de perderme en el juego de ese día. Y sin embargo, en el fondo, mantenía la esperanza de la ocasión propicia para brindarle ayuda, que ella necesitara algo y yo fuera el único a quien pudiera acudir... sí, esa esperanza de los perdedores que mantiene alerta los sentidos ante el paso de las inalcanzables.
Y el día se presentó. Era enero, todos esperábamos el toque que anunciaba el inicio del recreo, con un poco más de emoción que otras veces, ya que la mayoría de los niños traía alguno de los juguetes que les dejaron los Reyes Magos. Sonó la campana y salimos, con los madelman, las figuras de las guerras de las galaxias, con los lego y castillos exin, con los mocos de King Kong... También salió Griselda, ya lo dije: aullando que no.
Mi oportunidad.
La vi pasar corriendo, incapaz de extenderme en abrazo, en consuelo, me ganó Rosita, la esposa del Director de la primaria, quien recibió a Griselda, la niña no paraba de gritar que no, que no era cierto y nadie de los que estábamos alrededor entendíamos nada.
Pocas veces he visto a alguien llorar como ella.
Rosita nos alejó con un gesto de su poderoso brazo (además de ostentarse como la esposa del Director, era quien repartía los puntos extra por buena conducta, un vale color verde que distribuía de acuerdo a su antojo), el montón de niños nos fuímos alejando hacia el patio, ahí, gracias a una de las inalcanzables nos enteramos de lo que sucedió.
Estoy seguro que muchos, como yo, pensamos que era algo terrible, algo que podía cambiarnos la vida, tan grave que incluso transformaba el rostro de la reina de las inalcanzables.
-Bueno, ya digan, ¿qué le pasó?
-Nada, que ya se enteró.
-¡¿De qué, de qué?!
-Pues de que los Reyes Magos son los papás.
-¿Y?
-Y pues ya...
Eso era todo, algún compañero le había revelado a Griselda toda la mentira acerca de Melchor, Gaspar y Baltazar, nada de camello, caballo y elefante, nada de visitantes mágicos que surcan los cielos para cumplir los caprichos jugueteros que uno imponía a través de una carta. No, simple y sencillo: eran los padres quienes depositaban los juguetes al pie del árbol de Navidad.
Y Griselda, la inalcanzable lloraba desconsolada, a pesar de cursar el sexto grado todavía no sabía, no se había dado cuenta de lo que sucedía esos días de enero en su casa, mientras que el resto del mundo, al menos esa parte del mundo que conformábamos el grupo que atendía la noticia, ya lo sabía desde mucho antes, o al menos fingíamos que ya lo sabíamos.
Creo que ese mismo día me dejó de gustar Griselda, a pesar de ser mayor que yo se me hacía tan niña, tan pequeña, tan a la mano; dejé de mirarla deslumbrado por su actitud, ya su paso por el patio era el de alguien que no se había dado cuenta de eso, de nada.
Lo que restaba de ese año escolar preferí seguir jugando béisbol y brincando desde lo más alto de la escalera, perdió interés observar a Griselda.
Y este fin de semana me acordé de ella porque no me compraron mi Darth Vader (que ya tengo muchos dice). Y hasta este fin de semana, quizá, entendí la calidad del llanto de Griselda, cuando me di cuenta que ya no se lo puedo pedir a los Reyes.
Luego pensé en escribirlo aquí y me tardé, me tarde bastante pensando en cómo podía afectar a alguien que todavía no supiera lo de los Reyes o lo del Ratón que deja dinero a cambio de dientes o lo del Niño Dios o Santa Claus o... e irresponsable como soy, me bastó escribir entre paréntesis cuidado: spoilers, en el fondo resentido porque a alguien sí le van a comprar el Darth Vader unleashed que estaba en el super y ya sólo quedaban dos.