Lo más lejos que había viajado solo era hacia las fronteras de la colonia San Rafael: al este la infinita Avenida Insurgentes; al norte San Cosme y su comercio constante; en el oeste se encontraba el límite de mi civilización: cruzando el Circuito Interior -decían los mayores- estaban los bárbaros, la temible Santa Julia; y al sur el bosque de Sullivan, el Parque de las Artes, el Monumento a la Madre. Hasta ahí llegaba mi bicicleta naranja, esos sus límites.
Ya no recuerdo los motivos de la ira, sé que me subí al camión de redilas con la única certeza de que era para no regresar.
No tuve miedo una vez traspasadas las fronteras habituales, de hecho, no tuve tiempo de tener miedo, era demasiada la sorpresa, las sorpresas, la del atrevimiento, la de la Ciudad desde otra perspectiva (ese cielo en el que cruzaban otros edificios), el olor de la fruta que me bañaba... El camión al que subí cargaba cajas de melones y se detuvo hasta llegar a la Central de Abastos, ahí fui descubierto por el chofer cuando ascendió por las redilas para abrir las puertas para descargar.
De ese día en que amplié todas mis fronteras ya no recuerdo los diálogos, mas sé que expliqué las razones para escapar de casa y que la respuesta fue que me pusieran a trabajar: ayudé a bajar las cajas de fruta y acomodarlas en una banda sin fin que se adentraba en una bodega.
No tardé mucho en regresar, una vez finalizada la tarea el chofer me encaminó a un taxi para devolverme a casa, eran otros tiempos.
Me decepcionó un poco el que nadie se diera cuenta de mi fuga, pensaron que estaría en el parque. Así que guardé el secreto de mi escapatoria hasta muchos años después, cuando en una sobremesa, para recomendar un libro a mi hermano, comencé a contar esta historia, de la que me falta el final:
-No me dijeron nada en casa, no se habían dado cuenta de que no estaba. Con el paso de los años me cuesta más trabajo creer que me atreví a subirme a ese camión, que ayudé a descargarlo, que regresé sano y salvo. Me lo creo porque tengo una prueba: un libro. Cuando el chofer del camión me subió al taxi me dio un billete, mi paga por haberlo ayudado, con ese dinero me compre En el camino, no sabía quién era Kerouac, el libro me lo encontré en el puesto de periódicos de Don Pepe. No lo leí en ese momento, lo único que me interesaba era que su título me recordara que un día lo intenté.
Hoy retengo sólo sensaciones de esa lectura iniciatica, además de las sensaciones rememoro un comentario sobre México, en alguna parte de la novela se menciona que en este país pareciera existir únicamente el centro, la ciudad capital, ya que desde la frontera todas las señales viales que indican el camino al Distrito Federal dicen "México".
Hace mucho, demasiado que no regreso a Kerouac, al menos no a En el camino, prefiero mantener así de breve esa memoria. Pensar que sí es posible soñar con el paraíso y al despertar tener una flor entre las manos.






