noviembre 30, 2004
noviembre 29, 2004
noviembre 26, 2004
en YouSendIt
noviembre 24, 2004
Todo premio literario es una valoración instantánea, efímera, de la obra de un escritor, trátese de los juegos florales del municipio insignificante o bien del Premio Nobel de Literatura, lo más que puede decir ese reconocimiento de un autor es que en un determinado tiempo un grupo de personas distinguieron sus textos otorgándoles un valor subjetivo sobre otras obras. Así, todo premio literario es injusto, el valor mayor que puede tener para un lector, es similar al de la recomendación que se da de boca en boca o aquella que se lee en una reseña literaria, sugerencia que puede o no ser tomada en cuenta.
El valor del Premio Nobel como sugerencia es altísimo en el mercado editorial, tras el anuncio del ganador, cierto tipo de lector corre al estante de novedades a buscar los textos del literato premiado, mientras que las secciones culturales de los medios, impresos sobre todo, buscan a quien les pueda decir “algo, cualquier cosa” acerca de ese autor. No importa leer la obra, analizarla, basta con que alguien diga algo, lo que sea, acerca de ese escritor, así ha sucedido con los ganadores más recientes (al menos en los medios de México), sobre Elfriede Jelinek se destaca que no asistirá a la ceremonia de premiación; con Coetzee se erraba una y otra vez en el nombre, pues resultó “difícil” adivinar qué ocultaban las iniciales J.M.; mientras que de Imre Kertész se repitió una y otra vez lo que de él indicaba la nota con que la fundación Nobel da a conocer al ganador; mientas que con V.S. Naipaul sucedió lo mismo del errar al descifrar las iniciales. ¿Y sobre la obra?, poco, muy poco. Me atrevo a generalizar, las obras de los premiados se compran por el status que da leer al Nobel, se comenta someramente al escritor, pero no se leen sus libros.
¿Cómo acercarse a Memorias de mis putas tristes? Sencillo, en una primera lectura, como a cualquier otra novela, como a cualquier otro libro que se tenga ganas de disfrutar, olvidando que es la obra de un escritor que obtuvo el Nobel, haciendo a un lado toda la información que no tenga que ver con la novela en sí, incluso aquella que podría ampliar el placer, por ejemplo, el cruce de lecturas, reconocer que la narración del colombiano está ligada con La casas de las bellas durmientes, de Yasunari Kawabata, otro premio Nobel, no sólo por el epígrafe, sino por el punto de partida anecdótico: un anciano encuentra en la contemplación de una adolescente dormida la pasión que lo redime.
La memoria enunciada en el título juega un papel excepcional en el tránsito del protagonista, pareciera que la premisa es que sólo a través del recuerdo es posible desvanecer los demonios que ciegan la mirada al amor. El personaje hosco y encerrado en sí mismo de las primeras páginas se transforma en un memorioso que tras el recuento decide experimentar la sorpresa de dialogar con el otro. Una historia de amor, de encuentro con el otro, que se cumple en la sentencia que cierra el libro: “Era por fin la vida real, con mi corazón a salvo, y condenado a morir de buen amor en la agonía feliz de cualquier día después de mis cien años”. La función de la memoria, junto con el destino del protagonista, se modifica: de ser una herramienta simple para el archivo de las catástrofes personales, se torna el motor para la búsqueda del placer.
El texto completo de esta reseña lo puedes leer aquí en la revista electrónica agseso
Al abrir los ojos en la oscuridad de la madrugada, en ese instante de desconcierto entre sueño y vigilia, me pregunto por qué hace tiempo no veo a Tansillo, mi amigo el poeta. Mis pies tocan el suelo frío y hasta entonces recapacito: estoy en Nápoles, en el convento de la Orden de los Predicadores, desde hace meses visto el hábito de novicio.
Después de lavarme ciño la túnica a mi cuerpo, sujeto el rosario del lado del corazón, acomodo el escapulario sobre mi pecho y me calzo. La capa negra eclipsa la sensación alada que me dejó la blancura de la túnica. Esta ceremonia cotidiana entre blanco y negro me reitera mi condición de hijo del cielo y de la tierra.
Luego de las oraciones voy a la biblioteca. Antes de sentarme frente al pergamino, recorro los estantes acariciando el lomo de los libros con el dorso de mi mano.
¿Qué conocimiento cautivo me aguarda en ellos?
Aquí recobro la libertad a pesar de la regla estricta: la mirada no debe levantarse de la página; el silencio sólo se altera por el rumor del paso de las hojas.
Elegí una mesa cercana a los vitrales, para ver entrar la luz a lo largo del día. En la mañana, sumisa, se filtra por los vidrios azules. No toca los libros ni los y decolora, negándose a ser cómplice del tiempo. Al final de la tarde, enardecida, traspasa el ventanal por los vidrios escarlata y la biblioteca se enciende. El rojo del ocaso lo abarca todo.
¿Qué día habrá creado Dios los colores?
Presentación de
GIORDANO BRUNO, forastero en el universo
de Laura Vit
Centro Cultural Casa Lamm
Ave. Álvaro Obregón # 99. Colonia Roma
jueves 25 de noviembre, 19:00 horas
Participarán:
Gerardo Estrada, José Gordon, Fernando Macotela
Moderador: Alberto Buzali
Una nota sobre este libro en La Crónica
noviembre 23, 2004
Roberto Bolaño
Yo no sé cómo hay escritores que aún creen en la inmortalidad literaria. Entiendo que haya quienes creen en la inmortalidad del alma, incluso puedo entender a los que creen en el Paraíso y el Infierno, y en esa estación intermedia y sobrecogedora que es el Purgatorio, pero cuando escucho a un escritor hablar de la inmortalidad de determinadas obras literarias me dan ganas de abofetearlo. No estoy hablando de pegarle sino de darle una sola bofetada y después, probablemente, abrazarlo y confortarlo. En esto, yo sé que algunos no estarán de acuerdo conmigo por ser personas básicamente no violentas. Yo también lo soy. Cuando digo darle una bofetada estoy más bien pensando en el carácter lenitivo de ciertas bofetadas, como aquellas que en el cine se les da a los histéricos o a las histéricas para que reaccionen y dejen de gritar y salven su vida.
noviembre 22, 2004
noviembre 21, 2004
En otras partes
Hacia el deseo
Estaba preparado para leerla, a este momento había dedicado toda su vida, abandonando todo por cumplir su propósito. No le importaba morir con tal de obtener el conocimiento. Su búsqueda, lo sabía, era solitaria, mucho tiempo atrás dejó mujer, hijos, colegas, amigos, país, nadie lo extrañaría. No le importaba morir sin haber gozado de otros placeres, no los extrañaría pues no los deseó.
Respirando profundamente, con satisfacción, contuvo el temblor para separar los folios, no en una sección especifica, no funcionaba así, la hoja sin numeración aparecía al azar, había que dejar al libro hacer su trabajo. Con los ojos cerrados apretó el tomo entre ambas manos, descansó el costado del libro en la mesa y dejó que se abriera donde la casualidad ordenara.
Abrió los ojos, ahí la página sin numeración, ahí en el centro de la página la palabra tanto tiempo buscada. Leyó.
Más que el súbito llegar de la muerte -la palabra había cumplido su misión- le sorprendió lo breve de la sensación, lo apenas perceptible del cambio. Leyó de nueva cuenta la palabra.
Agotó la noche leyéndola una y otra vez, el día lo sorprendió respirando, sin fuerzas para llorar, había cumplido su deseo, ya no tenía a donde ir.
Fabio Morabito
I
Nos desnudamos tanto
hasta perder el sexo
debajo de la cama,
nos desnudamos tanto
que las moscas juraban
que habíamos muerto.
Te desnudé por dentro,
te desquicié tan hondo
que se extravió mi orgasmo.
Nos desnudamos tanto
que olíamos a quemado,
que cien veces la lava
volvió para escondernos.
II
Me hiciste tanto daño
con tu boca, tus dedos,
me hacías saltar tan alto
que yo era tu estandarte
aunque no hubiera viento.
Me desnudaste tanto
que pronuncié mi nombre
y me dolió la lengua,
los años me dolieron.
Nos desnudamos tanto
que los dioses temblaron,
que cien veces mandaron
las lavas a escondernos.
III
Te frotabas tan rápido
los senos que dos veces
caí en sus remolinos,
movías el culo lento,
en alto, para arrearme
a su negra emboscada,
su mediodía perenne.
Abrías tanto su historia,
gritaba su naufragio…
Nos desnudamos tanto
que no nos conocíamos,
que los dioses mandaron
la lava a reinventarnos
IV
Te desmentí de cabo
a rabo devolviéndote
a tus primeros actos,
te escudriñé profundo
hasta escuchar la historia
amarga de tu cuerpo,
pues sólo el amor sabe
cómo llegar tan hondo
sin molestar la sangre.
Esa noche la lava
mudó el paisaje en piedra.
Tú y yo fuimos lo único
que se murió de veras.
(*) En Pompeya, entre otros cuerpos petrificados por las lavas y cenizas de la erupción del Vesubio (año 79), se conservan los de un hombre y una mujer en el acto amoroso.
Pompeya. Pavel Miguel, 1997. Material: poyester y tierra, 110 x 80 x 80 cm.
Feliz cumpleaños. Pff. Tú sabes, es una manera de llegar a donde el agua sacia esta sed, es una manera de acabar con este acecho, es tenderse a los pies para que acaricies las rayas, es limar los colmillos de tanto lamer la mano.
noviembre 20, 2004
Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.
Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.
Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.
Cuando la tosca llave enmohecida
tuerza la chirriante cerradura
en la añeja clausura
del zaguán, los dos púdicos
medallones de yeso,
entonando los párpados narcóticos,
se mirarán y se dirán: "¿Qué es eso?"
Y yo entraré con los pies advenedizos
hasta el patio agorero
en que hay un brocal ensimismado,
con un cubo de cuero
goteando su gota categórica
como un estribo plañidero.
Si el sol inexorable, alegre y tónico,
hace hervir a las fuentes catecúmenas
en que bañabáse mi sueño crónico;
si se afana la hormiga;
si en los techos resuena y se fatiga
de los buches de tórtola el reclamo
que entre las telarañas zumba y zumba;
mi sed de amar será como una argolla;
empotrada en la losa de una tumba.
Las golondrinas nuevas, renovando
con sus noveles picos alfareros
los nidos tempraneros;
bajo el ópalo insigne
de los atardeceres monacales,
el lloro de recientes recentales
por la ubérrima urbe prohibida
de la vaca, rumiante y faraónica,
que el párvulo intimida;
campanario de timbre novedoso;
remozados altares;
el amor amoroso
de las parejas pares;
noviazgos de muchachas
frescas y humildes, como humildes coles,
y que la mano dan por el postigo
a la luz de dramáticos faroles;
alguna señorita
que canta en algún piano
alguna vieja aria;
el gendarme que pita...
...Y una íntima tristeza reaccionaria.
noviembre 18, 2004
Es él a quien hay que reconocer como rey del tiempo.
noviembre 17, 2004
Al sentarme frente a la máquina, tenía toda la intención de escribir que ya no escribo poesía pues de cada intento obtengo siempre la misma respuesta, no estar preparado para alterar con eficiencia a través de la inteligencia; porque sí, sí creo que una de las definiciones de la poesía incluye conmover, pero como Lichtenberg desconfió de lo escrito con las entrañas, “Jamás hay que creerle a quien asegure algo con una mano en el corazón”.
Al sentarme frente a la máquina, justo antes de abrir este cuaderno, abrí los poemas de Kavafis:
RECUERDA, CUERPO…
Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto fuiste amado,
no solamente en qué lechos estuviste,
sino también aquellos deseos de ti
que en otros ojos viste brillar
y temblaron en otras voces – y que humilló
la suerte.
Ahora que todos ellos son cosa del pasado
casi parece como si hubieras satisfecho
aquellos deseos – cómo ardían,
recuerda, en los ojos que te contemplaban;
cómo temblaban por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.
FUI
Nada me retuvo. Me liberé y fui.
Hacia placeres que estaban
tanto en la realidad como en mi ser,
a través de la noche iluminada.
Y bebí un vino fuerte, como
sólo los audaces beben el placer.
LA CIUDAD
Dices "Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo mis ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí".
No hallarás otra tierra ni otra mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques
-no la hay-,
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.
Al sentarme frente a la máquina, después de leer a Kavafis tengo tres certezas mínimas:
1) La poesía debe conmover.
2) La emoción del arte es impersonal.
3) Yo no escribo poesía.
noviembre 16, 2004
noviembre 15, 2004
PorJosé Homero
En México, los blogs son escritos en promedio por personas menores de 35 años, lo que no impide que otros más viejos pero cercanos a la tecnología o a las manifestaciones en boga cultiven esta forma de la ociosidad. (Uno de los rasgos de quienes mantienen blogs es su conciencia de lindar con el vacío, con el tedio, con la nada: uno se llama Horror Vacui, otro Mismidad, otro Coleccionista de huecos, el Sitio vacío, Apuntes desde ninguna parte, No hay tal lugar, Limbo, Marasmo). ¿Mala conciencia nacida de la educación humanista o propiedad del blog?, ¿alguien que no sea escritor o aspirante se preocupa tanto por la naturaleza del blog?
noviembre 13, 2004
"The artwork is an artificial intelligence program, ready to play chess with the viewer. If the viewer confronts the program, the computer's thought process is sketched on screen as it plays. A map is created from the traces of literally thousands of possible futures as the program tries to decide its best move. Those traces become a key to the invisible lines of force in the game as well as a window into the spirit of a thinking machine."
En algún sitio debe haber un
error; al escribir, por más que me
exprese, nunca tengo la sensación
de expresarme de verdad. Y a tal
punto esto me aflige que me
parece, ahora, haber puesto más
atención en querer expresarme
que en la expresión misma. Sé que
se trata de una extravagancia
pasajera. De cualquier forma,
ensayaré lo siguiente: un modo de
silencio. Incluso al escribir, usaré
el silencio. Y si hubiera lo que se
llama expresión, que se
desprenda de lo que soy. No será
más: "Yo me expreso, luego soy".
Será: "Yo soy; luego soy".
Un momento de desánimo. Clarice Lispector
noviembre 12, 2004
El Instituto Cultural de Aguascalientes, a través de la Dirección de Enseñanza, el Departamento de fomento a la lectura y el Centro de Investigación y Estudios literarios de Aguascalientes, invita al espectáculo de lectura de cámara a cargo del grupo “Página de tiempo y sol”. A lo largo del día se estarán haciendo donaciones bibliográficas para los asistentes.
Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes “Fraguas”
Allende 238
Entrada libre.
noviembre 11, 2004
noviembre 10, 2004
Igual me sucede con la palabra Gandhi, es un sitio exacto. El lugar donde desboqué mi autodidactismo salvaje: la Librería Gandhi, donde la búsqueda se fiaba menos de los manuales escolares y más de la vibración de la mano al pasar por un estante, o el gusto por la colección de una editorial.
No soy capaz de precisar mi primera visita. Sé que fue, que es, un punto fundamental en el mapa de mis regiones: el punto más lejano al sur de la Ciudad al que podía llegar sin perderme; referencia exacta para el primer encuentro con una mujer; incontables sábados bebiendo café mientras devoraba libros; guarida designada para el complot de los años jóvenes con los cómplices de entonces; lugar del pecado donde se extasiaba mi consumismo voraz; pasillo donde suspiré más de una ocasión por el volumen de precio inalcanzable; estantes donde los ojos se perdían deslumbrados; cueva en la que me refugiaba cuando me invadía la angustía.
Después hubo otros Gandhi, sucursales a las que asistí por la cercanía: frente a Palacio de Bellas Artes, una por el centro de Coyoacán, la de Satélite y la de Lomas de Chapultepec.
Con el paso del tiempo, por motivos territoriales, fui infiel a la Gandhi original, visitaba con más frecuencia El Lugar de la Mancha o El Péndulo, pero siempre regresaba a la de Miguel Angel de Quevedo, incluso cuando abrieron el local de enfrente, al final del paseo, me daba una vuelta esperanzada por el antiguo local.
La última vez que estuve en Gandhi iba dispuesto a entrevistar a Javier Marías, esa también fue la última ocasión en que vi a Mauricio Achar, acodado en la mesa usual, cerca de las escaleras. Como todas las otras ocasiones, no hablé con él, nunca cruzamos palabra alguna, sabía que era el fundador, el dueño, de Gandhi, muchas ocasiones estuve en la mesa de al lado, lo miraba dirigir el negocio, jugar ajedrez, platicar con los escritores que llegaban por ahí. En silencio lo admiraba, mi admiración no tenía palabras, solamente ojos, ¿qué iba a decirle? Me entero de su muerte, no era mi familiar, ni mi amigo, alguien con quien haya sostenido una conversación, sería incapaz de contar alguna anécdota que lo implicara, los lazos que me unen a su nombre son los de una Ciudad de la que ya estoy lejos, sí, quizá por eso resiento su fallecimiento, resiento que ya nunca tendré la oportunidad de decirle algo tan sencilo como: gracias.
noviembre 09, 2004
Nada nos revela la verdad del otro como el acto físico del amor.
Lágrimas negras.
Hoy gracias a Fernando Trueba y la producción del disco del pianista Bebo Valdés y el cantaor Diego el Cigala, el son Lágrimas negras ya es del dominio y el gusto público, hoy ya se le puede reclamar a quien sea que no conozca esta canción, incluso en algún correo alguien me llamó la atención por no saber quién era Diego el Cigala.
Lo lamento, todavía no sé bien a bien quién es, sólo sé lo que puedo viviendo de este lado del oceano: que canta una canción que siento mía, que como tantos otros, ha elegido un son compuesto por Miguel Matamoros (1894-1971), que su versión la puedo agregar a mi colección, donde también la cantan Celia Cruz, María Dolores Pradera, José Feliciano, Compay Segundo, Olga Guillot, Marco Antonio Muñiz, Carlos Cuevas, Oscar Chávez...entre muchos, muchos otros.
Sé que la canción es mía en la medida que sonoriza el recuerdo del abuelo materno, ese a quien la memoria sólo recuerda en medio de la fiesta, siempre una fiesta, llegando a casa acompañado de Paulino y El Señor del Veneno (un estupendo apodo que alguna otra ocasión explicaré), dispuestos a la bohemia, a calentar la percusiones en la estufa, afinar el tresillo, la guitarra, mientras en la mesa aparecían los vasos, el ron, los refrescos, los hielos.
Madre vino de visita y levantó todos estos recuerdos, tiene esa peculiaridad, no sabemos hablar del ahora, nuestra conversación tiende a recuperar, al rescate de ese tiempo en que también fuímos felices. Vino Madre y trajo la música de esos días, la banda sonora con que siempre aparecerá el Abuelo, con el son de Matamoros, con Vete de mí de Homero y Virgilio, El andariego de Álvaro Carrillo, muescas el cuerpo, cicatrices que se resienten ante la música.
El Señor del Veneno calentando los bongos ante la mirada atónita de quienes no entendíamos qué necesidad de pasear por encima de la hornilla el cuero, Paulino deslizando el índice por el cuello del tresillo y Abuelo en la guitarra, las manos morenas, las manos grandes que no se heredaron, con las uñas de quienes tocan con frecuencia.
¿Que no somos normales?, preguntó Madre hace poco, recordando esas reuniones, comparando la herencia que mantenemos (hacer de todo encuentro un festejo) contra otras conversaciones a las que asistimos: donde la música suele sonar apenas perceptible, donde las piernas se mantienen cruzadas y las espaldas unidas al respaldo de los sillones, mientras que en casa la facilidad con que el espacio de la sala se convertía en pista o la posibilidad de sentarse sobre el suelo, con una copa en la mano, eran lo usual.
Diálogos donde cada canción, cada pieza musical es el hilo de Ariadna que permite ir al Minotauro para acariciarle el lomo, ahí donde una frase se transforma en el pie que requiere la memoria para pasear por todos los lugares que ya no existen pero fueron nuestros; por ejemplo, escuchar al Trío Matamoros y remitirse a un festejo navideño, de ahí a un departamento en Insurgentes, seguir, trazar ríos sobre el mapa. Construir ciudades, construirnos.
Dejar que la música suene para inventar esto que somos, pura memoria.
Aunque tú me has dejado en el abandono
Aunque tú has muerto todas mis ilusiones
En vez de maldecirte con justo encono
En mis sueños te colmo
En mis sueños te colmo
de bendiciones
(se repite)
Sufro la inmensa pena de tu extravío
Siento el dolor profundo de tu partida
Y lloro sin que sepas que el llanto mío
Tiene lágrimas negras
Tiene lágrimas negras
como mi vida
(se repite)
Tú me quieres dejar
Yo no quiero sufrir
Contigo me voy mi santa
Aunque me cueste morir
(se repite)
Lágrimas negras (mp3) con el Trío Matamoros
en YouSendIt
Trío Matamoros
El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA), el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) y Plan C Editores tienen el gusto de invitarlo a la presentación del libro
"Antología de lo indecible"
de Guillermo Vega Zaragoza
Presentan:
Mónica Lavín (Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen 1996 y Premio de Narrativa Colima 2001)
Josefina Estrada (Premio Nacional de Testimonio Chihuahua 2003 yPremio de Crónica Urbana Salvador Novo 2002)
Mónica Brozon (Premio de Literatura "El Barco de Vapor" 1996 y 2001)
Lectura de Matilde Samperio
Martes 9 de noviembre de 2004 19 horasPalacio de Bellas Artes Sala Adamo Boari
Antología de lo indecible obtuvo mención honorífica en el PremioNacional de Literatura "Efraín Huerta" 2001, convocado por elAyuntamiento de Tampico, Tamaulipas, cuyo jurado estuvo formado porSalvador Castañeda, Rafael Ramírez Heredia y José Ángel Leyva.
"Guillermo Vega Zaragoza es uno de los que suelen ser llamados"narradores natos". Y como corresponde a los escritores de esacategoría, es capaz de sacarle jugo temático aun a las cosas, escenas,ambientes o personajes que en apariencia son intrascendentes: es unacualidad envidiable, porque de ese modo no padecen por escasez de material narrativo". Ignacio Trejo Fuentes, Revista Siempre!
"Los mundos de Guillermo Vega son, como los de sus maestros Raymond Carver y Charles Bukowski, terribles, y sus paseos por ellos se concentran siempre en los momentos del dolor o la muerte". Alberto Chimal. Arena de Excélsior.
"Guillermo Vega Zaragoza es un escritor con un olfato narrativoenvidiable, sabe que el cuento se gana por knock out y lo busca, sabehacer amenos los momentos agrios y no teme dejar la voz cantante a sus personajes cuando de hacer avanzar la acción a través del diálogo se trata". Edilberto Aldán. Cibermagazine agseso.com
noviembre 08, 2004
noviembre 07, 2004
La “Y”
En los muros ruinosos de la capilla
florece el musgo pero no tanto
como las inscripciones: la selva
de iniciales talladas a navaja en la piedra
que, unida al tiempo, las devora y confunde.
Letras borrosas, torpes, contrahechas.
A veces desahogos o insultos.
Pero invariablemente
las misteriosas iniciales ligadas
por la “Y” griega:
manos que se acercan,
piernas que se entrelazan, la conjunción
copulativa, acaso vestigio
de cópulas que fueron, o no se consumaron.
Cómo saberlo.
Porque la “Y” del encuentro también simboliza
los caminos que se bifurcan: E.G.
encontró a F.D. Y se amaron
¿Fueron “felices para siempre”?
Claro que no, tampoco importa demasiado.
Insisto: se amaron
y al fin
la vida los desunió o los separó la muerte
(una de dos sin otra alternativa).
Dure una noche o siete lustros, ningún amor
termina felizmente (se sabe).
Pero aun la separación
no prevalecerá contra lo que juntos tuvieron:
Aunque M.A. haya perdido a T.H.
y P. se quede sin N.,
hubo el amor y ardió un instante y dejó
su humilde huella, aquí entre el musgo
en este libro de piedra.
La "Y". José Emilio Pacheco. Los trabajos del mar
La “Y” (mp3) en voz del autor.
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noviembre 05, 2004
y puto el que sus gustos apetece,
puto es el estipendio que se ofrece
en pago de su puta compañía.
Puto es el gusto, y puta la alegría
que el rato putaril nos encarece;
y yo diré que es puto a quien parece
que no sois puta vos, señora mía.
Más llámenme a mí puto enamorado,
si al cabo para puta no os dejare;
y como puto muera yo quemado,
si de otras tales putas me pagare;
porque las putas graves son costosas,
y las putillas viles, afrentosas.
noviembre 04, 2004
Busco trabajo, uno que esté relacionado con lo que disfruto, así que reviso el currículo, busco una fotografía (la solicitud dice: incluir fotografía) y, lamentablemente, comienzo a decepcionarme. No tengo ninguna fotografía donde esté presentable, es decir, una que transmita confianza, una imagen que al verla el lector piense: “ah, caray, pues lo contrato de inmediato”, no, ninguna, en la mayoría estoy acompañado de gente que quiero, mientras que en las que aparezco solo regularmente me estoy divirtiendo, en alguna fiesta, con la copa en la mano, cantando (mal pero con ganas), son imágenes que cumplen el dictum de Sy Parrish (Robin Williams) en la película One hour photo: “Y si estas fotografías tienen algo importante que decir a las generaciones futuras es: Estuve ahí. Existí. Fui joven. Fui feliz, y alguien en este mundo se preocupaba lo suficiente como para tomarme una foto”
Así que ninguna presentable.
¿Presentable?, es decir: el disfraz: traje (tres piezas de preferencia), corbata, peinado, nada de carcajadas, apenas un esbozo de sonrisa… caray.
Deberé encontrar una de esas fotografías, aunque no le veo sentido, eso no soy yo.
Aunque si uno dijera, escribiera, quién cree que es, seguramente se anularía cualquier posibilidad de ser contratado.
¿Qué puede decir uno de uno que diga algo?
¿Terminé de leer Memorias de mis putas tristes y enseguida fui a La casa de las bellas durmientes de Kawabata para hallar las relaciones entre García Márquez y la novela de Yasunari? No
¿Fumo?, tampoco, ni aunque describiera el ansia que me provoca estar disminuyendo el número de cigarros a la cuarta parte de lo que normalmente consumo… No, de plano no, sólo me haría ver culpable.
Como la mayoría de mis placeres.
En parte eso somos, nuestros placeres, quizá ellos sean los que mejor nos definan. Si fuera posible escribiría entonces:
Lector. Melómano. Televidente… y lo lamentaría al momento de explicarlos.
En mis lecturas no cabe el arrepentimiento, bueno, tropezaría al momento de recordar Once minutos de Coelho, que cayó en mis manos por un error y perdí mi tiempo durante un buen rato
Melómano, tendría que ocultar algunas cosas, pero en primer lugar resaltaría el embriago que me provoca todo Astor Piazzolla, lo mucho que disfruto a Bach (las Variaciones en manos de Gould y las suites para cello en las de Casals), satisfecho agregaría algunas piezas de Monteverdi, subrayando El retorno de Ulises a la Patria, por supuesto, me daría lustre incluyendo a Mozart...
¿Qué ocultaría?, bueno, que hay música que me levanta el ánimo y me hace reír de una manera distinta a los compositores enumerados, que persigo cualquier versión de Lágrimas negras, que soy capaz de nombrar más de tres canciones de Benny Ibarra y Los Yakis, que me sé la letra de Yu yu mata yu yu ye, o que ayer me emocioné al finalmente conseguir Los luchadores, que en lugar de escuchar alguno de los conciertos para violín y para piano de Carlos Chávez, en este momento suena una y otra vez “La arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción, en el ring luchaban los cuatro rudos, ídolos de la afición”
Y de la televisión, mejor ni hablar. No llego a niveles degradantes como ver a Ortiz de Pinedo, pero si más de una vez me he encontrado haciendo la defensa del humor de Seinfeld, lo que hasta ahora no he podido hacer es justificar que la hora de la comida, invariablemente la acompaño con las caricaturas de Mucha Lucha.
Placeres todos, culpables.
No. Mejor sigo buscando la foto “presentable” y me conformo con enlistar los empleos desempeñados y la experiencia adquirida.
Los luchadores.mp3
en YouSendIt
Los Luchadores
Respetable público
¡Lucharán dos de tres caídas
sin límite de tiempo!
En esta esquina:
El Santo, el Cavernario
En esta otra
Blue Demon y el Bulldog!
La arena estaba de bote en bote
La gente loca de la emoción
En el ring luchaban los cuatro rudos
Ídolos de la afición
(se repite)
El Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog
El Santo, el Cavernario, Blue Demon y el Bulldog
Y la gente comenzaba a gritar
Se sentía enardecida sin cesar:
Métele la Wilson
Métele la Nelson
La quebradora y el tirabuzón
Quítale el candado
Pícale los ojos
Jálale los pelos
Sácalo del ring
(se repite)
La casa de las bellas durmientes. Yasunari Kawabata.
noviembre 03, 2004
En El agua y los sueños, Gaston Bachelard señala: "Lo que amamos por encima de todo en el hombre es lo que de él puede escribirse. Lo que no puede ser escrito, ¿merece ser vivido?"; en la antología Letras sobre Aguascalientes de Antonio Acevedo Escobedo el lector se enfrenta a la forma en que otros amaron esta tierra, una pasión así merece ser leída.
Para leer el texto completo de la reseña sobre Letras de Aguascalientes de Antonio Acevedo Escobedo la puedes leer en agseso.com
La verdadera imagen del pasado es fugaz. El pasado sólo puede asirse como imagen que centellea en el último instante en que puede ser reconocida, y luego desaparece para siempre… Toda imagen del pasado no reconocida por el presente como algo que le incumbe, corre el riesgo de desaparecer irremediablemente.
Walter Benjamin, Iluminaciones.
noviembre 02, 2004
Un correo de Patricia L. Boero, editora de Zona Moebius:
Dos trailers comentados por Iria Puyosa en 'A Primera Vista': 'Nadie sabe' de Hirokazu Koreeda y 'Mar Adentro' de Alejandro Amenábar. Si tienen dificultades para ver el trailer de 'Nadie sabe', insistan. Vale la pena. Marcos Vieytes y 'La Doméstica ilusión': guía mensual para el perplejo abonado al cable. Noviembre será menos duro.
En 'Azogue', Matías Maldonado os ilumina y os salva, haciéndose eco de un manager del alma en 'Un espíritu maligno'. Tremendo. Mauricio Mex Faliero nos convence de la redondez del cine de Coppola en 'Lost in Traslation' (Perdidos en Tokio) y Edilberto Aldán, se ocupa de cuestiones menos carnales en 'El Espinazo del Diablo' de Guillermo del Toro.
Marcos Vieytes inaugura 'Libro Albedrío', la subsección de Marca de Agua, dedicada a libros no editados recientemente. En esta entrega: 'El sentido de la creación' de Nicolas Berdiaev, 'El laberinto de la apariencia' de Edgardo Cozarinsky y 'Cuentos extraños' de Ivan Turgueniev.
En 'Letra Viva', Pablo Gamba nos adelanta un capítulo de su novela inédita 'Pez en el aire': 'La utopía postmórtem de Rosa Fuguet'. En 'Piolines y Rulemanes', Stilya y Marcos Vieytes se dejan intoxicar por mis imágenes sobre el Japón que nunca existió y les ponen palabras. Te aconsejo: no mires, no entres, no comprendas.
Juan Raigón González vuelve a ocupar el territorio de Durar o Arder, la columna del menú principal, con 'Defensa de San Sebastián'.
Espero que disfruten de esta actualización.
noviembre 01, 2004
Lecturas: Memorias de mis putas tristes de GGM recién leído, apenas comienzo la segunda vuelta, la que ayuda a escribir la reseña, y ya en mis manos El despertar de México de Julia Preston y Samuel Dillon.
Mientras que en el procesador cuatro recuerdos inútiles se niegan a la corrección.
Trabajo, pero trabajo sin sentir que esa escritura tenga mucho sentido, quizá es que simplemente estoy cansado, quizá es que este cansancio facilita la rendición del cuerpo, simplemente sentarse a escuchar música, leer, fumar... Quizá es que los motivos personales, los entornos donde los amigos se distancian, los amantes se separan y un cúmulo interminable de trabajo (el otro trabajo, ese que da para comer) se acumula.
Entonces, dejarse ir, nomás, atendiendo el consejo que trae la taza de café: todo puede esperar. Y mientras todo espera ir a los primeros poemas de López Velarde, a una edición ajada de Poesías completas y El minutero de Editorial Porrúa que ya muestra el paso de casi dos décadas de manos sobre sus páginas.
Entonces un hilo de recuerdos, de memorias sueltas que apenas encajan por la orilla formando un collar, saltos:
Si López Velarde, entonces, José Antonio Alcaraz, su capacidad de contagiar el amor al poeta zacatecano, de su departamento en la Colonia Del Valle, del incendio, de la poca sorpresa que mostró al decirle que se había incendiado su casa, -salto- la cena de esa noche, tras el ensayo de la obra de Luis de Tavira con que se conmemoró el centenario de Alfonso Reyes, como siempre, un Vips -salto- Vips entonces las interminables tardes de conversación con Castre, la tarde en que fuímos a pedir trabajo a la sección cultural de El Universal, el desdén con que el editor nos dijo que sí, que cómo no, para ver si así se deshacía de nosotros y al final, un artículo sobre la música de Carlos Chávez, primera plana de la sección, mi firma, pero sobre todo la imagen elaborada por Castre que acompañaba ese texto -salto- los miércoles día de cobro y el inevitable paso por las librerías del centro, por la tienda de discos, las mismas calles transformándose al recorrido, luz de día el Centro Histórico con su mar de gente y las historias en otro escrito, luz de noche y los viernes de cantina La Ópera, los litros de ron bebidos al amparo del disparo de Pancho Villa -salto-, ¿me he traicionado?, ¿qué me diría si me viera? -salto- los amigos que se pierden, los amigos que se dejan sin ningún motivo en especial, que vamos abandonando, que difícilmente se recuperarán -salto- los amantes que se separan, un fin de semana difícil, ¿qué se le dice al hermano que ya está cansado y no quiere continuar? -salto- y los recuerdos inútiles que no se dejan, a los que se regresa por disciplina pero sin el ánimo de verlos impresos... y tanto por leer mientras uno se deja ir en la música y entonces López Velarde y un verso poderoso: tu música es historia de poéticos males y un texto, una historia que podría retomar para salir del círculo vicioso de la corrección, buscar el texto, hallarlo, mejor la música, sólo por hoy -salto- y encontrarme con Eugenia, y suspirar cansado -salto:
Piano llorón de Genoveva, doliente piano
que en tus teclas resumes de la vida y el arcano;
piano llorón, tus teclas son blancas y son negras,
como mis días negros, como mis blancas horas;
piano de Genoveva que en la alta noche llorar,
que hace muchos inviernos crueles que no te alegras:
tu música es historia de poéticos males,
habla de encantamientos y de princesas reales,
de los pequeños novios que por robar los nidos
una tarde nublada se quedaron perdidos
en el bosque; y nos cuenta de la niña agraciada
que recibió regalos de sus once madrinas,
que no invitó a la otra a sus bodas divinas
y que sufrió por ello los enojos del hada.
Me pareces, ¡oh piano!, por tu voz lastimera,
una caja de lágrimas, y tu oscura madera
me evoca la visita del primer ataúd
que recibí en mi casa en plena juventud.
Piano de Genoveva, te amo por indiscreto;
de tu alma a todo el mundo revelas el secreto;
cuentas, uno por uno, todos sus desengaños.
Piano llorón, la hermosa más hermosa del valle,
se nos ha vuelto tristes porque tiene treinta años
y no hay por todo el pueblo quien ronde por su calle.
Genoveva, regálame tu amor crepuscular:
esos dulces treinta años yo los puedo adorar.
Ruégala tú que al menos, pobre piano llorón,
con tus plantas minúsculas me pise el corazón.
El piano de Genoveva
en YouSendIt
Ramón López Velarde.
Música de David Haro
Interpreta Eugenia León
Un hamletiano Jack Skellington, aburrido ya del Halloween, vaga por el bosque y descubre que hay algo más allá, algo que se llama Navidad, ¿qué otra cosa podría ocurrírsele que no fuera raptarla? The nightmare before Christmas, una de las mejores historias que se le han ocurrido a Tim Burton y, sin duda, una película que hay que ver.
Milorad Pavić. Siete pecados capitales. Editorial Sexto Piso.















